Ciudad de México.-

Another head hangs lowly
Child is slowly taken
And the violence, caused such silence
Who are we mistaken?

The Cranberries

Hace unas semanas comencé a ver por recomendación de mi hijo la serie de Netflix The Walking Dead. Jamás se me habría ocurrido ver algo relacionado con zombies, pero fue más por su insistencia y por mi curiosidad que accedí a verla. Apenas voy en la tercera temporada y aunque la serie es entretenida, no es mi intención ver las otras siete u ocho. La serie trata de un apocalipsis zombie en donde varios grupos de sobrevivientes a una pandemia deben no sólo eliminar a los “caminantes” sino pelear contra otros grupos humanos por los recursos y enfrentarse a dilemas éticos y morales respecto del nuevo orden de cosas debido a sus diferentes ideologías y creencias. El protagonista, Rick, es un ex policía que despierta de un coma luego de un accidente sólo para hallarse conque el mundo conocido ya no lo es y ahora habrá que luchar por sobrevivir junto a su familia y a otro grupo de personas.

 Los “caminantes” o zombies (previamente humanos) contraen una enfermedad que los convierte en muertos vivientes y la pandemia se esparce rápidamente ya que se alimentan de carne humana y de otros animales. Para sobrevivir, los protagonistas deben permanecer juntos, armados, recluidos en una ex prisión y deben salir sólo por provisiones, medicamento, armas y cualquier cosa que pueda resultarles útil. Hasta ahí los pormenores. 

Pero lo que realmente llamó mi atención de la serie, no son los zombies o el fin del mundo, sino las relaciones entre las personas en una situación límite,

como la pandemia (esa sí, real), que estamos viviendo. Cómo nos solidarizamos o no con los otros para lograr salir de ella lo antes posible. Y también cómo estamos enfrentando como sociedad la pandemia más dañina y más contagiosa: la de la violencia y el crimen.

Me he preguntado si hemos cambiado nuestros hábitos por el bien común o seguimos haciendo lo mismo de antes sin importar los riesgos. Si hemos cambiado nuestra conducta frente a las restricciones sanitarias siguiendo las recomendaciones de las autoridades médicas y a los expertos o los hemos ignorado. Si hemos hecho cambios en nuestra actitud frente a la vida, a la fragilidad de ésta, si la hemos apreciado más o no. Si hemos mejorado nuestras relaciones con nuestra familia, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, si hemos hecho las paces con aquellos que nos han perjudicado o a quienes hemos perjudicado. Si nos hemos hecho las grandes preguntas de la vida y hemos visto hacia el interior de nosotros mismos o si seguimos evadiéndolas y volteando a ver sólo “la paja en el ojo ajeno”. Si hemos buscado a Dios o nos hemos vuelto más espirituales, en fin.

Tristemente, he concluido que no sólo no hemos cambiado un ápice sino que algunos nos hemos vuelto peores. Más egoístas, más envidiosos, más crueles e incluso más violentos. No nos hemos vuelto mejores personas, ni más generosos, ni más compasivos, sino todo lo contrario. La prueba de ello es que, desde el inicio de la pandemia, hace dos años, cuando aún no sabíamos algo al respecto salvo que debíamos permanecer en casa el mayor tiempo posible, usar una máscara, evitar aglomeraciones y guardar sana distancia, muy pocos lo hicimos. Los resultados fueron terribles y hubo miles de muertes innecesarias y otros miles de contagiados con secuelas graves.  Familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo fueron víctimas de la pandemia y la crisis económica golpeó más a los más vulnerables.

Mientras los científicos del mundo luchaban a marchas forzadas por hallar una vacuna, nosotros seguíamos “haciendo vida normal” sin pensar en las consecuencias de nuestro comportamiento y en cómo podía afectar a los demás. Y no sólo eso, sino que la otra pandemia, la que inició desde hace muchos años, la de la violencia, se intensificó. Los índices criminales siguieron al alza y los años de pandemia han sido los más altos en cuanto a homicidios, secuestros, feminicidios, y otros delitos que han quedado impunes y que han sacado a relucir un sistema legal y de gobierno fallidos e incluso, cómplice de los crímenes.

The Walking Dead plantea el problema filosófico de las consecuencias a largo plazo

The Walking Dead plantea el problema filosófico de las consecuencias a largo plazo de las decisiones éticas, sociales y morales de cada persona y en cómo éstas afectan a los pequeños grupos de sobrevivientes y a sus relaciones con la comunidad. Las armas automáticas, los cuchillos, las hachas y machetes sirven para defenderse de los invasores pero, ¿cómo defenderse del enemigo humano, del “igual” a nosotros? ¿Se puede regir el mundo post apocalíptico con las mismas normas, la misma ética, la misma civilidad o se debe inventar otro código de valores? ¿Se deben borrar de tajo dos mil años de “civilización”? ¿Se tendrán que reinventar las ideas de paz, de justicia social, de igualdad? ¿Se deben replantear los valores para permitir que matar, saquear, depredar sean aceptados bajo la nueva realidad? 

Los zombies son estúpidos. Sus movimientos son torpes y erráticos y por eso es fácil acabar con ellos (a menos que lleguen en hordas). Su único fin es el de devorar personas. Ni siquiera pueden compararse con animales, puesto que éstos son inteligentes, sintientes e incluso protectores de los de su especie. Los zombies no piensan, no razonan, sólo deambulan por la tierra depredando, sembrando el terror, devastando todo a su paso.

Cuando pienso en ellos no puedo evitar la comparación con los criminales en México,

¿quiénes son? O mejor dicho, ¿qué son? ¿Piensan? ¿Sienten? ¿Están vivos o muertos en vida? ¿Son iguales al resto de las personas como usted o como yo? ¿Tienen vínculos afectivos con alguien? ¿Son capaces de compadecerse, de enternecerse, de entristecerse, de arrepentirse, de pedir perdón o de perdonar? ¿Quién los crió? ¿De qué leche podrida y amarga se amamantaron? ¿O es que no nacieron así sino que las mismas drogas y las armas con las que trafican les mataron el alma? ¿Qué sistema de gobierno y qué tipo de sociedad permitió que surgieran, se reprodujeran, se dispersaran y adquirieran poder? ¿Bajo qué leyes se rigen? ¿A quién obedecen? ¿Sus líderes son elegidos democráticamente o se hacen del poder eliminando a sus oponentes? ¿Quiénes son sus cómplices en el gobierno y entre los funcionarios y cuánto dinero destinan para comprarlos?

Para que un sistema político colapse deben conjuntarse una serie de elementos: corrupción, ignorancia, desigualdad, inseguridad, falta de garantías, de protección, de oportunidades, impunidad, entre muchas otras. Pero también debe contar con aliados en todos los ámbitos del quehacer social y político. Desde funcionarios menores hasta jueces, servidores públicos, líderes sociales, empresarios, gobernantes y gente común y corriente. Todos somos, en mayor o menor medida, responsables de haber engendrado a esta nueva clase de autómatas, a estos zombies que nos acechan constantemente.

En México, al igual que en The Walking Dead, los sobrevivientes (la sociedad civil) debemos organizarnos en comunidades en donde cada uno cumpla una función específica y cuyo propósito sea no sólo el de mantenernos vivos sino el de protegernos unos a otros no sólo de los criminales autómatas, sino de los de cuello blanco, los que se parecen más a nosotros. Sociedades cuyo eje central sea el bien común y donde no haya líderes absolutos ni tiranos, sino que se consideren a sí mismos uno más entre la gente. Que estén dispuestos a escuchar propuestas, soluciones, alternativas y que sean justos, honestos, valientes y compasivos. 

Líderes inteligentes que crean en la educación como el arma más poderosa contra la desigualdad y la descomposición social. Que persigan la justicia, la paz y la igualdad porque esas son las condiciones indispensables para reconstruir la sociedad y revertir, a largo plazo, el estado de terror en el que vivimos. Al igual que en la serie, sólo sobreviviremos si nos reorganizamos como sociedad y nos concebimos como iguales y luchamos contra el enemigo común, los criminales (zombies) y sus aliados en el poder.

Pero si preferimos vivir enajenados, indiferentes a lo que pasa, apartados unos de otros y haciéndonos daño entre nosotros, ellos, los zombies y sus aliados, seguirán reinando y nosotros seguiremos viviendo en un estado de terror y desconfianza indefinidamente hasta volvernos como ellos, insensibles, crueles, autómatas. Y ya casi lo conseguimos.

Por Teresa de Jesús Padrón Benavides

Sobre el autor

Originaria de Mexicali, avecindada en el DF, con casa en Hermosillo. Estudió las licenciaturas en Traducción en la UABC y en Letras Inglesas en la UNAM.

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2 comentarios

  1. Desde mi punto de vista, Teresa de Jesús Padrón, hace y se hace las preguntas pertinentes cuando pasa al caso de México. ¿Qué fue lo que originó nuestra actual condición de violencia y muerte? ¿Fue en las familias? ¿Fue a causa de la droga? «¿Qué sistema de gobierno y qué tipo de sociedad permitió que surgieran, se reprodujeran, se dispersaran y adquirieran poder?». Entre otras preguntas que se hace la autora de este artículo, son las adecuadas, y qué corren a lo largo y ancho del país. Atina después en describir el colapso de lo que podríamos llamar el Pacto social que existía hace unas décadas y que se fue descomponiendo año tras año. Sin embargo, a mi parecer sus recomendaciones finales no son las más congruentes con su diagnóstico. Diría, al respecto, que tal vez no hicimos antes lo que debíamos para evitar la descomposición social que hoy vivimos pero que el gobierno federal trata de recomponer, si bien no sabemos a ciencia cierta si lo logrará. Lo que sí podemos saber es que se intenta y que de nuestra parte, habrá que poner de nuestra parte todo lo que tenemos, nada más pero nada menos. ¿Qué tenemos? Cada quién lo sabe y lo tendrá que poner en juego en estos momentos. Algo muy sencillo: hacer más de lo que hacíamos. Como alguien ha dicho: tenemos talentos, capacidades, educación, ánimo, historias, hijos. Es una riqueza que no podemos menospreciar ni dejar de utilizar y defender y multiplicar. Felicito a la autora por su escrito.

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