Hoy se cumplen cinco años del sismo que también cayó en 19/S y no habrá mejor relato conmemorativo que el de Carolina da Cunha, desde el Brasil para México y el mundo.

¡¡Muito obrigado, menina!! Y a Samyra también 😉


Brasilia, Brasil.-

Hay una superstición familiar que dice que la primera música que se escucha en el primer minuto del año nuevo será aquella que va representar tu año como un todo. En mi caso, la música Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones sonaba en algún rincón de la fiesta en que yo estaba justo en el minuto 0h01m de 2017. Creo que solo yo me fijé en eso y me aferré a la superstición como típica latinoamericana que soy. Me encanta la música, pero en aquel minuto estremecí un poquito. Empecé el año nuevo escuchando un clásico del rock que es una especie de misa macabra, de ritmo afro-latino, oficiada por el señor de las tinieblas. En la canción, el chamuco narra cómo fue testigo privilegiado en diferentes eventos históricos como la crucifixión de Jesús Cristo, la caída de los Romanov o el asesinato de Kennedy. 

Aquel año yo también fui testigo de algunos eventos raros a nivel individual y colectivo (en mi país un vampiro tomó el poder e inició una era de caos hasta la elección del propio anticristo en 2018), pero nada comparado al gran terremoto de grado 7.1 que hizo temblar la Ciudad de México, Puebla y Morelos y otras zonas cercanas. 

El 19 de septiembre de 2017 viví mi primera real aventura sísmica y con ella toda la sensación de arrebatamiento que un terremoto provoca. Estaba en un restaurant que tenía paredes de cristal y sujetaba en la mano mi taza de té. De la nada sentí una fuerte presión en el oído como si algo estuviera por explotar. Los muros de cristal estaban curvos. Los cubiertos se movían solos y emitían un tintineo metálico. Esos indicios fueron suficientes para que mis amigos mexicanos, mucho más experimentados en esos temas que yo, se esfumaran como por arte de magia. Sonó la alarma sísmica. Yo me quedé por unos segundos sola, totalmente cristalizada. Una fracción mínima de tiempo, pero suficiente para que me conectara con un poder totalmente desconocido. Las rocas estaban vivas, se movían en círculos, like a rolling stone, literalmente. Y sí, a pesar de todo, el sismo dispersa una energía extremadamente intensa, hipnótica y, porque no decir, bonita. Pasado el temblor, sentí alivio y al mismo tiempo dejé escapar una risa nerviosa, pero liberadora. A salvo, yo seguía con la taza en la mano y no lo había notado. 

Sin embargo, los efectos de un temblor solamente se sienten horas después de su pasaje. Al intentar volver a mi casa, el tráfico, habitualmente caótico, estaba infernal, como si las puertas del inframundo hubiesen sido abiertas y todos los espíritus en desesperación estuviesen en búsqueda de un refugio. Yo era uno de ellos. No había taxis, ni ubers, los camiones estaban llenísimos y las rutas intransitables. No sabía cómo regresar a casa. En este instante de casi desesperación, escuché una voz suave preguntándome cómo llegar a Coyoacán. Alcé la mirada y encontré a Hiro, un joven japonés muy elegante, alto y ligero, de esas almas nobles que exhalan un perfume bueno desde lejos. Como yo, Hiro estaba confuso. Descubrí que éramos vecinos e Hiro me indicó que lo mejor sería caminar juntos hacía nuestro barrio para salirnos del caos. Yo sabía el camino y él no, pero hasta hoy me pregunto quién orientó a quién en este destino. Éramos como Dante y Virgilio.

Eso porque Hiro me contaba, en un español casi perfecto, como era un terremoto en Japón. De alguna manera su explicación del sismo me calmaba y con él aprendí la palabra que definía muy bien nuestra situación: Kitakunanmin (帰宅難民), algo como la junción de las palabras “refugiado” y “persona que camina”. En síntesis, el término intenta definir esa multitud de personas que como nosotros caminaba en búsqueda de refugio en sus casas, pero sin saber al cierto si ellas seguían existiendo. Obviamente un sismo en Japón, no es el mismo que en un país como México, con tanta gente viviendo en malas condiciones, en estructuras irregulares y en obras sin fiscalización del Estado.

Quizá por eso, Hiro y yo, poco a poco, en nuestra jornada conjunta, descubríamos la gran generosidad mexicana en esos momentos de horror. Después de una hora de caminada, de la nada, como que, enviado de los cielos, paró delante de nosotros un carro blanco muy sofisticado. Adentro, Miguel, el conductor, nos ofrecía un aventón, sin que Hiro o yo hubiéramos hecho señal para que alguien nos ofreciese ayuda. Miguel, de modo totalmente altruista, nos libró de una grande parte de nuestra caminada. Más adelante, él invitó a otras tres personas a que se subiesen en su carro, entre ellas un deficiente visual. Adentro, nos enterábamos de las tragedias vividas en otras partes de la ciudad: edificios enteros habían colapsado. Una escuela había sucumbido. Había gente soterrada. Cada uno de nosotros, a su manera, estábamos en la oscuridad, e intentábamos tantear las formas que el evento iba asumiendo. Incredulidad, mudez. El silencio era roto solamente por los incontables mensajes que sonaban en los celulares de los pasajeros. Todos intentaban confirmar si sus entes queridos estaban bien y seguros. En mi mente, los rostros más queridos se sucedían en una especie de remolino: pensaba a la gente que estaba cerca y a gente que estaba a 8 mil km lejos, como si el temblor pudiera nos tocar a todos independiente de la geografía.

Cuando bajamos del carro de Miguel, el calor era intenso, lo que hacía todo más angustiante. Los semáforos ya no funcionaban y lo que más nos impresionó fue como voluntariamente hombres y mujeres, sin ganar nada para eso, asumieron el papel de policías del tráfico y de modo hercúleo ordenaban con sus lienzos y franelas los cruces y vías de la ciudad. Ya en mi casa, Hiro, yo y otros compañeros seguimos intentando saber las noticias del fin del mundo. A este punto, la energía eléctrica de parte de la ciudad fuera suspendida para evitarse otros desastres. Tampoco había internet. Bajo la luz de las veladoras y sentados alrededor de una radio de pilas, mis compañeros de terremoto y yo escuchábamos el contaje de muertos y heridos. 50, 100, 200, 300 personas habían sucumbido. 1985 era tomado como año de referencia para la medición de los daños en una increíble coincidencia de fechas: el mismo 19, el mismo septiembre. “Shoganai, shoganai…” (しょうがない) repetía Hiro a voz baja, hablando más para sí mismo que para los demás, utilizando una expresión nipona muy llena de sentido. “Nada más que hacer” (el famoso: let it be). Ante algo que no puede ser cambiado, es necesario actuar en una nueva dirección.

Probablemente sin que conocieran la expresión nipona, muchos mexicanos y mexicanas intentaban arreglar lo posible y emprendieron actos grandes y pequeños de solidaridad: creación de centros de acopio; distribución de comidas y productos de higiene; trabajo voluntario en la organización de remesas; y, lo más impresionante, apoyo directo en las zonas soterradas y/o destruidas. Esta actuación valiente y desinteresada de tantas personas asumió una fuerza tamaña, un espectáculo natural tan poderoso comparable solamente con la acomodación de las placas tectónicas en el subsuelo. Muchos de los innúmeros rostros desconocidos, de esos que uno encuentra diariamente en el metro o en los tianguis, fueron los héroes anónimos que actuaron bravamente en los rescates de modo mucho más rápido y efectivo que el propio gobierno. Una actitud de kikubari (気配り), decía Hiro: distribución de energía vital con gentileza, una mezcla de fuerza, delicadeza y bravura para solucionar los problemas ajenos.

A pesar de este escenario tan conmovedor, yo, en todos los días siguientes al terremoto sentí la presencia del chamuco. Él olor a azufre estaba en todas partes. Obviamente que él no era el culpable por las fuerzas originadas de la tierra, las que hicieron sacudir no solo los edificios como también la sensación de seguridad cotidiana de los mexicanos. Creo que Mefistófeles se presentó bajo disfraces más sutiles, como la corrupción inmobiliaria en la construcción de los edificios, en el desvío de donaciones y víveres, en el uso del dolor de los más afectados por los medios de comunicación, pero, sobre todo, en los políticos que hacían campaña política en los escombros. 

Para los que sepan leer las sutilezas del fenómeno, el sismo de 2017 nos deja algunos mensajes. Uno es democrático: sea pobre o rico, héroe u oportunista, ángel o demonio, todos estamos sujetos al impacto de las piedras movedizas bajo nuestros pies. Otro es un llamado a la gentileza: a todos los rostros desconocidos que encontramos en el cotidiano que tratemos con respecto, quizá ellos serán nuestros salvadores de mañana. Por fin, a pesar de que la confusión provocada después de un sismo es parte de la naturaleza del juego del señor de las tinieblas, tal como cantan los Stones en su canción, pienso que Hiro tenía razón al repetir una frase muy común en Japón: “Nankurunaisa” (難来る無いさ), así como las placas en el subsuelo, al final todo se arregla. 

Texto y fotografías por Carolina da Cunha

Arte by Samyra Lima

 

Sobre el autor

Fotógrafa amateur, flâneur profesional.

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3 comentarios

    1. Obrigada, Rita! Nenhum dos dois, foi só o realismo mágico mexicano em atuação. Diga-se de passagem que publicamos a crônica antes do terremoto. Puro mistério esse México…

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