De cuando ellos se narraron, o la recuperación de los personajes netamente humanos en la narrativa sonorense


Ya extrañábamos la pluma de Gerardo H. Jacobo por este barrio.

Feliz inicio de semana para todas y para todas 😉


Conocí a Selene a través (o gracias a) la Literatura, y mi vínculo con ella ha sido desde entonces, eminentemente literario. Nunca he ocultado la admiración que profeso hacia su poética y su prosa, ni he dudado en incluirla como un referente siempre que se toca el tema de los creadores jóvenes y la calidad de su producción. Empecé escuchándola cuando compartimos mesa en las Horas de junio del 2012 y continué leyéndola cada vez que se presenta la oportunidad. Soy, ya lo dije, su admirador. En ese sentido deben entenderse mis siguientes palabras.

 

Quisiera decir que, hace cuatro años, cuando tuve el privilegio de leer una novela inédita llamada Chocolate y ají, supe que no habría de tardar mucho en ver el nombre de su autora, Selene Carolina Ramírez, en coloridas portadas que engalanarían las librerías. Hoy constato que no me equivocaba. No sólo estamos hablando del primer libro de Selene, sino de un primer libro que es obra ganadora de un premio nacional de narrativa. Más allá de la discusión sobre la arbitrariedad de los premios, me parece incontestable el hecho de que avalan, o por lo menos, filtran, la calidad de una propuesta literaria. Una calidad que, en De cuando ellos se narraron, se reúne con frescura, con audacia, con una franca camaradería con el lector y con un manejo del lenguaje que es exquisito en su riqueza.

 

Los personajes de estas narraciones son dolorosamente humanos. Si alguien, alguna vez, está sufriendo porque sus personajes no consiguen palpitar, no suenan vivos, no emiten aromas animales, no tendría más que acercarse a estos relatos y encontraría en ellos un brevísimo manual de construcción casi ingenieril. Selene ha conseguido un libro que suda, eructa, late y se pedorrea. 23 relatos en los que hay visitas guiadas a la oscura miseria del alma, el parque de diversiones de las debilidades de la lujuria y la psique disfuncional, parachuting en el abismo de las neurosis y la esquizofrenia. En definitiva, no hay maniquíes ni guiones teatralizados. Pura vida.

 

Si no es eso, qué puede ser una mujer que dice, al descubrirse sola y en busca de trabajo:

 

“Soy medio pendeja porque el dolor me atontó. Neta que cuando llegó el Jacinto a mi vida me volví más platicadora y entendía algunas cosas medio difíciles. El amor me abrió el entendimiento. Luego nació mi Rosita del alma y como que me volví más lista. Cuando la Rosy tenía dos meses, el Jacinto me dio el primer putazo y la tristeza me volvió a apendejar”.

 

O el ratero que se queja de lo difícil de su chamba diciendo:

 

“Putas leyes, siempre defendiendo al que más tiene, al menos jodido. Por ejemplo, si me agarra un loco cuando le quiero robar su tele, él puede hasta hacerme el setso adentro de su casa y yo sería el malo. Podrían agarrarme a batazos, darme un tiro, o como le hacen las doñas solteronas, chingarme todititos los ojos con esa madre del gas pimienta. Ya ve… eso de andar de ratero es bien peligroso. Pero ni pedo, uno debe de sacrificarse”.[ii]

 

La sordidez de algunas escenas sólo puede conjurarse a través de una mirada lúdica, y pocas personas son tan ácidas como Selene para arrojar esa luz sobre las cosas que mira. De cuando ellos se narraron hace un metabolismo efectivo de rutinas cotidianas, pero arroja sobre ellas la lucidez de una nueva mirada: ver un asesinato sangriento desde los ojos ingenuos de un deficiente mental, la pederastia desde la piel de una niña que no conoce ninguna otra manera de contacto humano y que, lejos de aborrecerla, se conforta en ella; o considerar que somos el perro de una zoofílica y no tenemos las convenciones morales o sociales para evaluar, sino que partimos del instinto para hacer las clasificaciones en base nada más a me gusta y no me gusta.

 

Con Selene he seguido, y espero seguir, coincidiendo en el caminar del oficio. No es raro que compartamos otras mesas, otros foros. La considero una lectora excelente y no dudo en pedirle que revise mis textos (aunque siempre me posterga y es odiosamente cordial e irreprochable), la he visto atravesar la maestría y avanzar por el doctorado, con una gracia que no creía posible, de atravesar el pantano intelectual sin mancharse las alas de la creatividad. Ella sigue construyendo su obra con una paciencia y una pasión que son merecedoras de este libro y de todos los que sigan.

 

Siempre nos preguntan, ¿qué libro puedo leer si nunca leo? Puedo decir que este en particular sería una gran idea. Únicamente habría que matizarlo con una cáustica advertencia final: leer este libro puede volverte cuerdo.

 

Selene Carolina Ramírez García, De cuando ellos se narraron, Instituto Sonorense de Cultura, Hermosillo, 2016

[ii] Íbidem

 

Por Gerardo H. Jacobo

portada selene

portada gerry

Selene y Gerardo durante la presentación del primer hijo de Carolina. Fotografía de Ramón Castro



Acerca de

Gerardo H. Jacobo es narrador que emigró del Valle del Mayo a Hermosillo. Ha publicado las novelas Dos píldoras azules y Crucigrama. Dirige la revista cultural Abrapalabra.


'De cuando ellos se narraron, o la recuperación de los personajes netamente humanos en la narrativa sonorense' tiene 2 comentarios

  1. octubre 11, 2016 @ 1:57 pm Guadalupe García Alegría.

    Qué magnífico comentario. Gracias. Me has hecho el día. Soy la fan número uno de Sekene. Su maná. Bonito día.

    Responder


Quieres compartir tus ideas?

Tu email no será publicado

Crónica Sonora