De carne y de trigo


Deje todo y póngase a leer.

El imperdible regreso de Beto Duarte​ a Crónica Sonora


Esta tarde es fría, más fría que la noche que la parió. Más fría y menos etílica y menos humeante. Tiene más abejas, hay una abeja. Tiene más libros, cientos de libros tras el cristal. Tiene más cineteca, aquí hay media cineteca, y las mismas películas: ninguna.

En esta tarde hay menos yo que la noche anterior. El mismo metro con setenta y dos centímetros pero más muerto, pero más decidido a vivir. La plaza está más sola, que anoche y que nunca, y su pasto igual de plástico que siempre.

Hay un cigarro mentolado, de esos que se fuman cuando se acaba el tabaco. Ya no hay un cigarro, pero hay un paso, dos pasos, tres pasos; todos entorpecidos por una mano que busca monedas manchadas de nicotina y sereno. Hay café en el aire y un café semivacío que lo exhala, semivacío de gente y de mí. Hay monedas: esta vez son suficientes. Una moneda, dos, tres: veintiséis. Hay arroz relleno de pez muerto, pescado, ardiendo en aceite hirviendo.

Hay uno, dos, tres; hay más de tres estacionamientos vacíos, privados. Todos resguardados por un resguardador de espacios vacíos. Hay un cruce de miradas en el que entendemos que no me será posible estacionar mi automóvil aquí. Porque no tengo automóvil, porque el sitio está resguardado y porque no tengo la clave secreta: un trabajo importante en el edificio que une el cielo con el estacionamiento. El cielo con el estacionamiento. Medio segundo y hay un descruce de miradas.

En la calle aparece otra calle. Al final de la nueva calle hay una tienda de autoservicio. Roja, amarilla y próxima. Fuera de la tienda de autoservicio hay un perro, un hombre, dos; hay un perro y dos hombres. El perro tendido y los hombres henchidos sobre el suelo que soporta una banca vacía. Hay una cara en uno de los hombres y hay una barba blanca que la sostiene. En la cara hay dos orejas: una se enfrenta a los treinta espeluznantes metros de la espeluznante catedral de Hermosillo. La otra se perfila ante una de las más de catorce mil espeluznantes tiendas idénticas que hay en este espeluznante país. Hay en la cara una mirada y hay en la mirada un Yo.

Es un nuevo cruce de miradas. Esta vez entre el hombre de la blanca barba y el yo de la nueva calle, que no es el yo de la vieja calle. Esta vez son uno, dos, tres; más de tres segundos hasta que ninguno se rinde y entro en la tienda. El daltonismo no me deja distinguir la mitad de los colores que golpean mi miopía. El olfato es más afortunado: todo huele a plástico. Un hombre quejumbroso excita mis oídos: no puede comprar lo que quiere comprar porque no tiene el cambio exacto. La catedral me observa tabaquear el botín y salgo a enfrentar el mundo carente de melanina. Ahí está, es un rayo que no cesa.

Cuatro, cinco, seis; reanudamos. La lengua de la cara de la barba se mueve. Sigo aquí porque aquí soy más real. Espero porque no quiero esperar, porque la humanidad nos desborda y porque nadie ha dicho nada. Siete, ocho. Soy un hombre nuevo, dispuesto a marcharse. Nueve, diez: doy un paso, medio paso. El rabillo de mi ojo me traiciona: la catedral sigue ahí. Yo sigo aquí. Él sigue aquí. Resignados, terminamos con lo nuestro: no tengo nada que dar, no tiene nada que recibir:

«¿Estás

                          malito,

                                                     verdad,

                                                                                  mijo?»

No puedo más que volver a fumar mientras la catedral, y el mundo, se derrumban ante sus fríos y descalzos pies hechos de carne caliente y de trigo.

Texto y fotografía por Beto Duarte



Acerca de

Beto estudia la Licenciatura en Física en la Universidad de Sonora.


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