Abrimos semana con el filósofo de cabecera de Crónica Sonora, desde Chilangolandia para el mundo


Ciudad de México.-

Hace unos días tuve de nuevo el deleite de participar en vivo en la radio gracias a Rubén Pineda y a Edmundo Armenta, quienes me invitaron a colaborar en un programa para conmemorar la muerte del fabuloso David Bowie a través de la frecuencia de Política y Rock & Roll Radio (106.7 FM) en Hermosillo. Lo que sigue es más o menos algo de lo que improvisé en esa ocasión.

Qué buena idea ha sido ésta de recordar el aniversario luctuoso de David Bowie (1947–2016) a través de la lista de las 100 lecturas favoritas del músico inglés y que recoge el periodista John O’Connell en su libro El club de lectura de David Bowie, publicado apenas el año pasado en nuestro idioma. En esa lista hay, previsiblemente, más o menos de todo: desde clásicos como Homero y Dante, modernos y contemporáneos como Flaubert, Elliott, Camus, Burgess, Mishima, Kerouac, Amis y DeLillo, hasta tiras cómicas de los cincuenta y ochenta. También hay obras de reflexión sobre asuntos culturales, políticos y artísticos. De este último grupo me llamó la atención de inmediato el libro de un filósofo del arte: Más allá de la Caja Brillo. Las artes visuales desde la perspectiva posthistórica, de Arthur C. Danto.  Pero, ¿qué tienen que ver —me pregunté— Bowie y un pensador más bien académico como Danto? Pues Andy Warhol, desde luego. Ambos fueron subyugados por las innovaciones y el hálito glamoroso del artista de las latas de sopa Campbell’s y el peluquín plateado.

La mentada Caja Brillo

En la obra Más allá de la Caja Brillo Warhol es el héroe de una reflexión que concluye ni más ni menos con la proclamación del fin del arte. Según Danto, todo ocurrió con la exposición de 1964 en la Stable Gallery de Nueva York. En ella, Warhol presentó unas cajas de madera de los productos de limpieza Brillo que resultaban prácticamente indiscernibles de las cajas originales que se apilaban entonces en cualquier supermercado. Con ello, el artista visual literalmente igualó a los objetos artísticos con los objetos cotidianos y detuvo de una vez por todas cualquier pretensión de “desarrollo” o “sentido histórico” en el mundo del arte. A partir de entonces, todo podía ser arte, y los creadores no estaban ya obligados a entender nada, explicar nada ni a expresar nada. Tampoco los espectadores que visitaban entre incrédulos y divertidos la exposición requerían de un conocimiento especial para entender lo que pasaba ahí porque lo que veían eran objetos muy familiares de su entorno. Libertad, pluralismo y accesibilidad fueron las nuevas consignas, y algunas de esas actitudes persisten aún hoy en el mundillo del arte.

En 1972 apareció el álbum Hunky Dory, de David Bowie. Es uno de mis discos favoritos del de Brixton y resulta que contiene una canción sobre Andy Warhol. Dice Bowie que comenzó a admirar a Warhol desde muy joven y que se entusiasmó muy pronto por sus propuestas estéticas (y quizá también por la historia del hijo de inmigrantes pobres que alcanzó la cúspide del éxito en Nueva York). Según el propio músico, la canción pretendía ser una oda (algo oscura, si se quiere) a Warhol y la compuso antes de conocerlo. “Andy Warhol looks a Scream / Hang him on my wall / Andy Warhol, Silver Screen / Can’t tell them apart at all”, repite el estribillo. Cuando por fin pudo estar frente a su ídolo, y con el afán algo inocente de hacer buenas migas, se le ocurrió presentarle la canción. Fue en septiembre de 1971. Ahí estaba Andy, con su tez cadavérica rodeado de su séquito habitual de jóvenes hermosos. Todos escucharon con atención, pero a Andy no le gustó en absoluto. Al terminar la pieza, simplemente se puso de pie y se marchó a atender otros asuntos. Uy. Mal rollo. “¿Qué no sabes que él es muy quisquilloso con cualquier mención sobre su aspecto?” Al poco tiempo Andy regresó a la habitación y esta vez sí congeniaron. Pero no fue la música de Bowie lo que llamó la atención de artista norteamericano, sino sus extravagantes zapatos amarillo canario con hebillas doradas estilo Mary Jane. O algo así. Resulta que, antes de ser Warhol, Andrew Warhola (su verdadero nombre) fue un artista comercial de éxito y una de sus ocupaciones predilectas consistió en diseñar anuncios para calzado. Charlaron un rato sobre zapatos y otros temas simplones, y Warhol hasta aprovechó la ocasión para sacar varias fotografías del atractivo rostro del joven y (me imagino) de sus esplendorosos zapatos. Tiempo después, en alguna entrevista, Bowie afirmó que ni los que conocieron a Warhol conocieron realmente a Warhol. El tipo era un enigma.

Parte de la colección dedicada a Bowie por Vans en 2019

Warhol murió en 1987, unos años después tanto Danto como Bowie volvieron a establecer un vínculo signficativo con su ídolo; el primero con un libro y el segundo como actor en una película. Danto publicó en 2009 Andy Warhol, que no es precisamente una biografía, sino “un estudio sobre aquello que hace de Warhol un artista fascinante desde una perspectiva filosófica”. También, podría decirse, es una ofrenda de gratitud y un recuento maravillado de la “experiencia transformadora” que, de acuerdo con Danto, “me convirtió en filósofo del arte”; un filósofo del arte, cabe añadir, que hoy puede considerarse uno de los más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

Por su parte, Bowie participó como actor en 1996 en la estupenda película Basquiat, del neoyorquino Julian Schnabel. La cinta trata sobre la vida del artista callejero, autodestructivo y muy talentoso Jean-Michel Basquiat, quien alcanzó cierta fama durante los ochenta y fue protégé de Warhol. Bowie aparece, por supuesto, como el mismísimo Warhol. Y ahí lo podemos ver, batallando con sus (hay que decirlo) exiguas cualidades histriónicas, interpretando con respeto y devoción a su ídolo de juventud. Sin embargo, hay algo que me parece muy rescatable en esta actuación de Bowie, y es que muestra a un Warhol otoñal y algo desvalido que revela lo que han afirmado muchos biógrafos y fans del gurú del pop, a saber, que detrás de la fachada del astro refulgente, del sujeto frívolo, fiestero y autoritario se escondía un individuo profundamente solo, inseguro de sí mismo y necesitado de amor. El niño enfermizo de mamá, el chico pobre de Pittsburgh, víctima de la crueldad de sus compañeritos de escuela y de la pobreza extrema. En sus propias palabras: “La gracia difractada, la decadente palidez, el glamour que arranca de la desesperación”. “Aún estoy obsesionado por la idea de verme en el espejo y no ver a nadie, nada”.

Habría mucho más que decir sobre las afinidades entre la figura de Warhol y la estética de Bowie, así como de las interpretaciones tan sugerentes de Danto sobre la relevancia de las creaciones del primero. Por lo pronto subamos el volumen de nuestra radio y deleitémonos con las gozosas estridencias de “Andy Warhol”, canción de 1972 del álbum Hunky Dory. Con ustedes, el gran camaleón, Ziggy Stardust, el Duque Blanco, David Jones, David Bowie.

Por Héctor Islas Azaïs

Sobre el autor

Filósofo, ensayista, editor y traductor cajemense. También le hace a la promoción cultural y ha sido profesor en diversas instituciones de educación superior en Hermosillo, Cajeme y la Ciudad de México. Lleva ya un rato trabajando en la UNAM. Se obsesiona con la ética y la filosofía de la religión, aunque en su siguiente vida quiere ser compositor o novelista —o, si las anteriores opciones fallan, cronista de béisbol—. Últimamente le ha dado por averiguar cómo hacerle para que la filosofía vuelva a ser una actividad relevante en los espacios públicos y educativos.

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