«Dime como quieras, pero no me digas güera»


La rubia mística alzó la voz: «¡Dime como quieras pero no me digas güera!». El regaño no era para mí, era para un directivo de Tv Azteca Sonora. La frase no era para mí, pero su poderosa psicología inversa me hizo llamarle Güera varias veces, mentalmente. Enseguida la concebí en el centro histórico de la Ciudad de México, espetándole esa consigna a una horda de vendedores ambulantes, uno por uno. Fue en un café.

Han pasado tres días. Me dirijo de Hermosillo a Sahuaripa, para realizar un reportaje acerca de las mujeres que trabajan en la mina de oro Mulatos. Recuerdo a la rubia y me lamento por no conectar con ella, mujer de psique ancha, cuya buena vibra le hace congeniar con mucha gente pero que a mí ni me peló, a pesar de compartir mesa. «Otra vez repruebo un examen de metafísica», pienso. Algo debe significar que personas transparentes como ella, bebés y mascotas, no tengan química con alguien. Después contemplo por primera vez Mazatán, lugar que ostenta un monumento al queso.

Suena el disco 3 de La Absoluta Colección Ranchera.

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Luego de unas tres horas de camino, faltan tres horas de andar entre cerros verdes y lo azul del cielo; se hace necesario recargar combustible. Pero «váyase la luz», dijo Dios un día antes, cuando mandó una tormenta a tumbar unos postes más allá del Novillo. Eso explica la parvada de pick-ups de la CFE que vimos al doblar una curva. Váyase la luz en Arivechi, Bámori, Sahuaripa, Güisamopa, Tacupeto, Cajón de Onapa, Tarachi…

Recorremos Arivechi y sus dos gasolineras en suspenso, comercios cerrados, incluso los  omnipresentes Oxxos. El meridiano pasó hace rato, mas parece medio día. Nos atienden en una fonda oscura. Los lugareños no se andan con ceremonias, herencia ópata, supongo. Dos órdenes de carne con chile para llevar. Se estima que la luz volverá en cuatro horas. Tal vez habrá que conseguir hospedaje en Arivechi. Hablo por teléfono. Presumo el contratiempo. Por su parte, la interlocutora me comenta que está llevando clases de manejo con un anciano bien gritón. Más tarde irá a la penúltima clase. Pido un audio por WhatsApp de cuando regañen al otro alumno. Audio que no recibiré.

A través de su Samsung S7, el camarógrafo, quien también hace las veces de chofer, llama al contacto de Minas de Oro Nacional, subsidiaria de Alamos Gold que opera la mina Mulatos. Acuerda regresar a un punto de inspección militar próximo, donde está emplazado un aeródromo. Ahí nos darán gasavión para acabar de un solo golpe lo que nos queda de trayecto. Descubro que se le puede poner gasavión a los carros.

Llegamos al punto y nos reciben dos soldados, muy afables. Bajo de la camioneta y extiendo una cajetilla de Marlboros rojos. «¿Gustan?», uno rechaza con la cabeza, el otro explica orgulloso: «No fumo, ni siquiera de la otra». Le digo: «Mejor. Vas a vivir más«. Mis palabras portan el tono de una maldición. Los encargados del aeródromo también son amables. Colmado el tanque, damos la media vuelta.

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Rumbo a la sierra mojada la vegetación abunda y es boscosa, mas distingo sahuaros desbalagados, que me recuerdan a mí cuando he estado valiendo madre en una fiesta chila. Abrimos los lonches. Están sabrosos. Pero nos han dado bistec, no carne con chile.

Llegamos a Güisamopa, compro una cerveza al tiempo; no ha vuelto la luz. Cuando mi celular vuelva a tener señal quiero enviarle una foto del paisaje y el bote -de cerveza- a mis amigos del desierto, para que piensen que disfruto mi trabajo. Luego me percato de cuán ridículo es mandar una foto de un paisaje y un bote.

Me sorprende ver muy pocas señales balaceadas, como es costumbre en caminos poco transitados. Por lo visto la gente de acá sí respeta la señal que vi como tres veces: Respete las señales de tránsito.

Finalmente llegamos a la mina Mulatos. Cenamos. Dormimos. Desayunamos. Recorremos diversas áreas donde trabajan mujeres. Sin afán de sonar chairoso, reporto que en el área de exploración percibo una energía muy plácida, independientemente de que estemos junto al bosque; de que ahí viva Mina, una pastora alemana que come paletas de sandía con chile; de que una granizada nos atrape en el área de núcleos de perforación; de que todo mundo adopte el buen humor de la gente atrapada en contingencias inofensivas posiblemente breves; y de que ahí conozca a una geóloga proveniente de Georgia, con ese color de cabello cuyo nominativo vulgar me retrotrae la advertencia de la rubia mística.

Me queda claro, voy a olvidar muchas cosas, pero su frase jamás.

Texto y fotografía por Alán Santiago Sainz

Nota del editor

Este relato es producto del genio de Sainz y de algún modo de ‘Crónicas Marcianas. Taller para cronicar, editar y publicar’, que Crónica Sonora ofreció el pasado mes de julio.

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Acerca de

Licenciado en Literaturas Hispánicas, oriundo de Caborca, redactor y corrector en Mundo Minero. César Costa con suerte. Dueño de proyectos que amenazan con morir en su mente, es un insomne ocasional. Ubica en el juego uno de los más altos edificios de la coherencia. Procura callar cuando gana y felicitar cuando pierde.


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