Un «no» me convirtió en licenciado


Un chiste sobre la carrera de diseño gráfico consiste en que el primer trabajo del profesionista siempre será un establecimiento de comida rápida. En vez de llamarnos licenciados en diseño gráfico, deberíamos llamarnos licenciados en entrega de comida rápida.

Yo vencí esa maldición cuando un colega diseñador me compartió la publicación de solicitud de trabajo de una agencia de trabajo con el puesto de animador, el cual aspiro desde niño. Mando mi currículum vitae y se me agenda una cita al día siguiente, a la cual asisto entusiasmado por ser mi primer trabajo profesional.

Dentro, había un ambiente de compañerismo en el cual todos se ayudaban y tenían un equipamiento extenso para todo lo que se ofreciese; desde Macs para cada trabajador, micrófonos especiales y un monitor para presentaciones en las juntas. Valores de producción altísimos.

Parecía una empresa seria, hasta que después de la primera semana de trabajo desapareciera mi Mac, haciéndome perder un día de trabajo y obligándome a llevar mi laptop. Está bien, uno de los jefes (cuyo apodo será “el señor Hemp”) prometió devolvérmela eventualmente.
Llega el día de la quincena y no hay paga; pero mañana sí nos darán lo que merecemos, sólo recibimos $500 pesos.

A lo largo del mes, nos fuimos quejando amargamente de eso, sobre todo porque el fruto de nuestro esfuerzo no daba la ganancia que merecíamos. Por mi parte, yo terqueaba el regreso de mi equipo de cómputo pues no podía llevar mi laptop todos los días, incluso perdí otro día por creerles que mañana estaría. Esa espera e incertidumbre por la paga se fue alargando hasta que el 29 de Noviembre se cortó el agua en las oficinas. Pero eso sí, uno de los socios (a quien llamaremos “el Pato”) me abonó otros $500 pesos con la condición de que no se lo revelara a los otros compañeros.

Las condiciones no iban a mejorar, eso era claro. O al menos, para el 30 del mismo mes, volvió el agua, dimos nuestro mejor esfuerzo haciendo videos y publicaciones para los variados clientes de la empresa; pero no hubo paga, así como nunca volví a ver mi Mac.

A partir de ese punto, fui a hablar con el Pato haciéndole saber que renunciaría en tanto me sentí estafado y usado. Y me despido de mis compañeros, quienes me apoyaron en mi decisión.

En Enero, un mes en el que vuelvo a la escuela a terminar mi tesis, recibo un mensaje del “Hemp”, diciendo así:

-David, ¿todavía buscas empleo?

-Sí.

-Pues estás contratado.

Mi misión con él sería hacer videos para una tienda de parafernalia. Sin embargo, al término de un mes, el dinero no alcanzaba; así que tendría que ir hasta las oficinas del nuevo negocio para poder tener más.

La instalación daba la misma vibra de compañerismo de la anterior empresa, si bien no tenía los grandes gadgets de la misma, tenía un Nintendo 64… y debía llevar mi laptop.

El Hemp contaba sus experiencias en su antigua empresa como malas, acusando a su antiguo socio El Pato como un hombre sin talento para los negocios, tampoco se ahorraba palabras para atacar al jefe de la cual una vez fue la agencia de publicidad más grande de Hermosillo (apodada cariñosamente “Mate” para tener una referencia obvia sin ser directos), tachándolo de drogadicto, todo eso dicho con una bonga llena de marihuana.

Dentro fue donde diseñé la portada de la Sección Amarilla edición 2017 así como también a veces metía la pata por falto de experiencia, hay que ser honestos.

Pero el dinero seguía faltando. A todos los que trabajaban ahí, a tal grado que vi cómo cada uno de ellos se iba uno por uno. Notable fue el caso de un examigo de ese “Hemp”, quien como protesta no terminó uno de los videos pedidos, desatándose en una pelea a gritos donde ese exempleado ganó, pero se fue sin su paga.

Al final, sólo quedaba yo.

Cumplía con los videos, pero la paga completa llegaba tarde y la inteligencia emocional  del señor Hemp brillaba por su ausencia, molestándose ante pequeñas inconveniencias y recurriendo a sus adicciones constantemente.

El colmo llegó cuando se organizó un evento de un Car Wash para rifar un ticket para un concierto en la ExpoGan, todo en plena oficina. Tuve que quedarme horas extra para terminar ese video mientras había alcohol y marihuana de por medio

Fue ahí donde decidí decirle al Hemp que renunciaría en dos semanas. Él sólo asintió.
Pasó el tiempo y al final me fui, sin mi quincena correspondiente.

En una llamada telefónica, le pido una explicación, él sólo dice que no alcanzó con lo que hice pues faltaron publicaciones (a las cuales él no dio prioridad en su momento) y ahora está en ceros, pero me dará la paga pronto.

Una semana después, recibo otra llamada telefónica.

-David, ¿todavía buscas empleo?

-Sí.

-Pues estás contratado.

Ahora su plan era recogerme a casa para llevarme a su oficina y hacer los videos correspondientes. Estaba desesperado por el dinero en tanto tenía que titularme; pero dice el antiguo dicho: “en la multitud de consejos se encuentra la sabiduría”, todos concordaron que no hiciera caso y así fue como le dije que no habría trato.
A los minutos, empiezo a recibir audios, él me pedía que no fuera un rockstar y vuelvo a recibir una llamada, la cual no contesté porque iba camino a dibujar para despejar mi estrés.
Ya era noche y vuelvo a recibir nuevos audios. Esta vez, era bastante evidente que estaba altamente intoxicado de cualquier sustancia imaginable; su imaginación bajo ese estado daba para hacer las siguientes analogías:

“David, sé parte de la historia.”

“Mi estimado. Antes, las antiguas civilizaciones pensaban que la tierra el centro del universo. Después se dieron cuenta de que sólo era un planeta más en el sistema solar. Tal vez el planeta más importante del sistema solar, pero no el centro. Una historia propia no siempre significa que vayas a estar en el centro, puede que seas una parte muy importante del sistema solar. Así que déjate de cosas, David, aquí sí hay chamba.”

“A lo que me refiero, mi Deivid, es que no seas egocéntrico. Osea participa en equipo y luego vemos si te conviertes en el centro del universo. Pero ahorita tu talento le ayuda a –editado- y –editado- le ayuda a tu bolsillo y (…) a tu desarrollo profesional.”

Decidí hablar con su socio, segundo al mando, compadre y ultimadamente amigo de la infancia, quien tenía el transporte puesto que el coche del señor Hemp se descompuso por su irresponsabilidad.
En la primera llamada, se le veía titubeando, como si estuviera ocupado en algo; me pide que marque un tiempo después.
Pasa media hora, me da la señal para que marque y las palabras con las que se refirió a él me impactaron.

“Hemp se convirtió en un –jefe de Mate-.“

Esa llamada se dio después de que Hemp se fuera de la casa de su compadre; pero ese fue el último clavo en el ataúd.

Es el día siguiente y sólo faltan pequeñas pero molestas correcciones en la tesis. Recibo una llamada, es del señor Hemp, dejo que suene, hay nuevo mensaje de voz por WhatsApp:

“David. Si no quieres que te hable, bloquéame. Pero por favor, no me hagas esto.”

Le contesto con la verdad: estaba muy ocupado con mi trabajo para titularme como para atender un ruego.

“Ok, gracias”. Fueron sus últimas palabras.

Al tiempo en el que escribo esto, el señor Hemp está en un círculo de autodestrucción. No se develarán detalles por cuestión de respeto.

De la misma manera, uno de los compañeros de la anterior empresa (del señor Pato) mantuvo una promesa conmigo: la de avisarme cuando renuncie, y la cumplió contándome que renunció organizadamente junto con los miembros restantes. El señor Pato convocó una reunión de importancia para al menos terminar en buenos términos ante la falta de paga.

El tiempo corre y tanto el señor Pato como Hemp tienen muchas deudas por pagar antes de que la justicia se haga a cargo de ellos.

Puedo concluir que por aprender a decir que no, pude obtener el título de diseñador gráfico; más que por terminar la tesis, más que por completar cualquier Ceneval, el ejercer mi derecho privado y decir ‘no’ me abrieron muchas puertas.

Texto e ilustración por David López Portillo



Acerca de

David estudió para animar, dibujar e ilustrar. Licenciado en Diseño Gráfico por la Universidad de Sonora.


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