Tres historias de autobús


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Cuando decidí irme de mi ciudad -y eso que no me fui lejos, a una hora de casa- estaba muy nerviosa, pero más que nada ansiosa por hacerlo. Muchos dicen que lo bueno de irse es la aventura y las personas nuevas que conoces, los retos que te implica estar solo, entre otros. A mí solo me movía una cosa: la oportunidad de volver a empezar.

Y suena tonto porque con dieciocho años, ¿qué es lo que podría volver a empezar? Cuando miro en retrospectiva todos esos años se ven muy bien, decentes. Pero la realidad es que en esos momentos de mi vida lo necesitaba con ansias, lo imploraba. Poder comenzar de cero. En un lugar, en una universidad, donde nadie te conoce. Donde puedes ser quien quieras ser, pero decides ser tú mismo. Y creces. Esa es la primera decisión importante.

***

Cuando me fui, el nuevo lugar tenía que ser conocido. Para conocer un lugar debes caminar en él. Subir a sus autobuses, hablar con su gente. O al menos en mi caso, intentarlo. Pero por alguna razón, cada vez que intentaba conocer la ciudad algo me detenía. Fuera una razón real o una excusa barata.

Sentía -aún lo siento, a veces- que no era de ningún lugar. ¿En mi ciudad natal? Ya no conocía nada, había días en los que llegaba y edificios nuevos se levantaban por unas calles y desaparecían en otras. ¿En la nueva ciudad? Me sigo perdiendo entre las avenidas, no hay rostros conocidos y cada vez que alguien sale de su casa existe un miedo constante a no volver y se ha convertido en algo normal para toda la ciudad.

Aún así, me armé de valor y salí a conocer lo que me quedara cerca. Subí a un camión y me sentí en paz. En paz porque todos los que viajan tienen un lugar a dónde llegar, aunque no lo sepan. Personas que jamás se volverán a ver compartieron un asiento y quizá una sonrisa. Por esos detalles me gusta pensar que todo lo que hacemos tiene algún efecto en otros, para bien o para mal. Que esas coincidencias pasan por algo.

Así que me subo a varios camiones en la ciudad y la voy conociendo. Sin rumbo fijo. Sólo cuando veo un lugar por la ventana que capta mi atención decido bajarme y he ahí mi destino.

Pero hay un autobús que siempre tiene el mismo destino y ese es el que tomo cuando vuelvo a mi hogar. Lo divertido es que, aunque me sé la carretera de memoria, siempre hay algo o alguien nuevo que me acompaña en el trayecto.

***

Una de esas veces me tocó sentarme con un señor ya mayor. Se veía cansado, no por la edad, sino por otra razón que después descubriría. Saqué mis audífonos y me disponía a ponérmelos pero algo me detuvo. Los dejé en mis manos conectados al celular, mas nunca tocaron mis oídos. El señor se rió conmigo como cualquiera lo hace al sentarse al lado de otra persona, y me hizo recordar en sus arrugas a mi nana Monchi, la madre de mi abuela, a quien tanto extraño.

Se me hace un nudo en la garganta e intento recuperarme. No han sido más de dos segundos pero su impacto se ha quedado en mis ojos y volteo a otro lado esperando a que se me pase.

El autobús avanza y después de un tiempo en silencio el señor me pregunta que si a dónde voy. Yo respondo que a Navojoa, que de ahí soy. Y comenzamos a hablar. Yo me siento en las nubes. Es como si mi Monchi estuviera a mi lado y me preguntara por la escuela, por la familia, de qué se trata mi carrera. Siento que ella me escucha mientras se lo cuento al señor, como si pudiera contarle todo lo que en vida no escuchó.

Es algo que no se puede explicar, sólo sé cómo se sintió. Le conté muchas cosas y el señor a mí también. Me cuenta de su familia. Si mal no lo recuerdo tiene tres hijos, dos hombres y una mujer, y vive en una pequeña casa en uno de los pueblos entre Obregón y Navojoa (perdón por olvidarlo). Se empieza a reír y yo pregunto qué pasó. Y me cuenta que ese día había ido al hospital por un chequeo general, ya que estaba enfermo… “Nada grave, nada grave”, asegura entre risas tímidas y continúa.

En el hospital se desocupó rápido y se estresó por estar esperando a su nieto; se quiso ir por su cuenta a tomar el autobús para volver a su casa pero los enfermeros no lo dejaron. “Y me decían: ‘Señor, espérese tantito, ya viene su nieto, no se puede ir solo’. Y yo me quedaba pensando: ‘’Toy viejo pero no es pa’ tanto’”. Yo reía encantada mientras escuchaba su voz. Entonces el señor dice que le pidió al enfermero agua y cuando este se fue a buscarla el señor huyó. ¡Huyó del hospital!

– Agarré camino y pues aquí estoy. Ai’ cuando llegue, mi nieto me va a matar

Ambos reímos y yo sólo podía pensar en lo afortunados que eran sus hijos y nietos por tenerlo y cuidarlo como se debe. Pensé en todos los escenarios que pasarían una vez que el señor llegara a su casa y todos se veían felices en mi mente. Pensé, también, en la dicha de tener a su padre y abuelo con ellos, poder hablarle y contarle cosas nuevas, devolverle la vida que les dio. Si lo hizo o no en el pasado no es algo que me corresponda juzgar, sólo habló por un instante. Por treinta minutos exactamente.

El autobús se detiene en una parada, ayudo al señor a “saltarse”, camina lento y con mucho cuidado, se despide antes de darme la espalda, caminar por el pasillo y bajar. En ningún momento voltea. Y mientras yo lo observo por las ventanas el autobús se pone en movimiento. Tengo un nudo en la garganta, me río y sólo el audio de la televisión se escucha.

Llego a Navojoa y cuando mi mamá pasa por mí me pregunta:

-¿Cómo te fue, mi niña?

-Me tocó sentarme con un señor que dijo que huyo del hospital, le digo entre risas.

«Mamá lo hubieras escuchado y»… enmudezco. Se me quiebra la voz y mis ojos se cristalizan. Miro por la ventana y mi mamá decide ignorar lo que pasó. “Tu papá compró pizza”, me dice, y yo únicamente asiento.

***

En otra ocasión me tocó sentarme al lado de una joven, parecía de entre veinticinco y treinta y cinco años, tenía los ojos hinchados y cargaba unos pañuelos. Me senté del lado de la ventana y me puse los audífonos. El autobús avanzó y salió de la ciudad. En el camino me dispuse a comer unas galletas que había comprado, me quité los audífonos para ofrecerle a la joven y ésta aceptó con una pequeña sonrisa. Me comenta que es lo único que ha comido en el día.

Yo dudo en preguntarle por qué, quizá sea entrometerme. Como tardé en responder, ella me lo cuenta; yo escucho absorta. Me cuenta que su niño falleció el día anterior y que estuvo en vueltas con lo del funeral.

Yo nada más escucho. ¿Qué podría decirle? ¿“Lo siento»? “¿Quiere mas galletas?”. No sé qué responder, pero ella no necesita que alguien le responda. Sólo quiere que alguien la escuche y lo hago.

La joven madre sigue con su relato sobre cómo los del auto funerario no la quisieron llevar con ellos, con el cuerpo de su hijo, “porque no era su trabajo llevarme, así que me vine en camión”, ríe con sarcasmo y yo siento un enojo que aún me persigue.

Trago saliva para quitarme el nudo y el enojo combinados que tengo y me como otra galleta para no responder. Asiento de vez en cuando para que sepa que la escucho, aunque temo el momento en el que el relato termine, porque no sé qué diré.

Su familia la está esperando en Navojoa, en la funeraria. Después de eso ella no dice nada más. Espero pero no continúa. Cobarde, cobarde, cobarde, pienso. Di algo. Abro la boca pero nada sale. No tengo valor para hablar. Ella lo nota y lo acepta. No me juzga. Toma la última galleta y con una sonrisa me agradece por escucharla.

Ella ya no me mira y yo sigo buscando palabras, oraciones, qué decir. Todo lo que pienso suena falso en mi mente. La miro pero ella está en otra parte, pensando, recordando. El autobús pasa por la ciudad y la joven pide detenerse antes de llegar a la central. Me mira, se levanta y se va sin mirar atrás.

Yo la veo con palabras que se quedarán conmigo por siempre y nunca me he sentido tan inútil en mi vida.

Espero en la central y mi mamá pasa por mí.

-¿Cómo te fue, mi niña?

-Normal.

***

En un viaje a Hermosillo me tocó que nadie se sentara a mi lado, lo agradecí para poder estirarme y dormir. Al salir de Ciudad Obregón me quedo dormida casi inmediatamente. Despierto en Guaymas. Según yo había comprado un boleto directo, al parecer me equivoqué.

Me despierto y me enderezo. Al llegar a la central de Guaymas un hombre de unos cuarenta años se sienta a mi lado. Porta ropa normal, un poco vieja, y tiene un bigote con canas. Me da los buenos días y le digo lo mismo. Me pongo los audífonos y el autobús sale.

Me quedo dormida y después de un rato me despierta el dolor de cuello. Hago una mueca que creía nadie veía y el señor a mi lado me ofrece una camisa doblada. “Para que sea la almohada, ¿no?”, y se ríe. A mí me da mucha vergüenza. Dudo si aceptarla o no, suena tentador.

Le digo que ya no me dormiré pero muchas gracias, y por primera vez en mucho tiempo soy la que habla primero. “Y… -dudo- ¿va a Hermosillo?”, “No, no, voy a Nogales, a visitar a mi familia”, “Ah…”. Ya no sé qué decir. Aun así el señor continua. “Voy a visitar a mi familia, aunque yo soy de aquí, de Guaymas…”. Después de eso no dejamos de hablar.

Fue muy gracioso porque el señor me contó su vida, o al menos las partes que quería que yo supiera. Aunque para ser sincera creo que nunca eligió sus recuerdos para parecer otra persona que no fuera él.

Primero me cuenta sobre su mamá, ahora él vive con ella para cuidarla y, según recuerdo , “poder regresarle todo lo que me dio”. Me habla sobre ella y yo le hablo de la mía, él se ríe al recordar viejos regaños y yo pienso en las similitudes.

La conversación es amena y fluye. Le platico de mi escuela, de mis amigos y lo que me gustaría hacer con mi vida. Él me escucha, me presta atención, y en ningún momento piensa que estoy “soñando muy alto”. En cambio se emociona y me desea lo mejor, que “el arte es lo que nos mantiene vivos”, y yo siento un nudo en la garganta. Qué bonito que crean en ti. Aunque sea un momento, aunque sea un desconocido.

Me enseña fotos de sus hijos y al final de su hija, quien cumpliría 15 años en esos días. “Por eso quiero ir a Nogales. Es su cumpleaños, tengo que cumplirle como su papá”. Me platica mucho sobre ella, cómo espera que vaya a la universidad y sea una gran mujer, que nadie le haga daño porque él se muere. Que espera algún día ella encuentre a alguien especial. “Sea hombre o mujer, no me importa, mientras sea amor sincero. Así debe de ser”. Yo asiento y le digo que tiene toda la razón.

Por la plática supe que se había separado de la mamá de sus hijos, pero que estaban en buenos términos. Que todo pasó cuando fue a la cárcel. Yo me sorprendo porque me imagino mil cosas que pudo haber hecho, pero al fin y al cabo no pregunto. No tiene caso hacerlo, si él quiere decirlo me lo contara. Y si no, tiene todo el derecho a guardárselo.

Escucho sus relatos y el los míos, le ofrezco mi lunch y él lo acepta. No me doy cuenta cuándo entramos a Hermosillo. Todo el camino hablando, escuchando, riendo. Me despido y le deseo un buen viaje. Tomo mi morral y voy bajando. Esta vez soy yo la que se va primero. Me detengo y volteo a verlo, me mira y le ofrezco una última sonrisa y un ademán de despedida. Sonríe y yo me voy.

***

Hay muchas otras personas que se han cruzado conmigo, cuando voy de una ciudad a otra, en el simple camión urbano o caminando por la calle. Pero lo chistoso es que siento que cada vez que se cruzan conmigo me dejan algo. Y quiero creer que yo a ellas, por mínimo que sea. Un recuerdo, una risa, una ayuda.

Quizá ahora que pienso en lo que sucedió tengo mejores respuestas y no silencios extendidos. Podría haberle dado mi pésame a la joven que iba, posiblemente, al momento más duro de su vida. Podría haberle ayudado al señor a bajar del autobús u ofrecerle mi celular para que llamara a su nieto. Podría haberle preguntado a aquel señor por qué estuvo en la cárcel o cómo se llaman sus hijos.

Pero no lo hice.

Me pregunto si ellos se acordarán de mí. Supongo que nunca lo sabré.

Por Mónica Ramos

Ilustración de Ángela Mariann

Ángela Mariann (1994) nace y vive en Hermosillo.

Es diseñadora gráfica, ama la ilustración y al cine también.



Acerca de

Mónica Lara Ramos estudia Ingeniería en Producción Multimedia en la Universidad La Salle Noroeste (Ciudad Obregón), hace teatro y juega softball. Nació en Navojoa el 1 de mayo de 1996.


'Tres historias de autobús' tiene 5 comentarios

  1. septiembre 4, 2017 @ 4:59 pm LuphytAndrade

    Me encantó! Me senti tan identificada contigo. Amo conocer personas y hablar con ellas. Ser mejores amigos por unos minutos, unas horas…

    Responder

    • septiembre 5, 2017 @ 8:36 am Mónica L Ramos

      Muchas gracias! Mas que nada, dejarle un pedacito de nosotros a alguien, y que ellos nos enseñen en un ratito tantas cosas. Que no se pierda la costumbre ☺

      Responder

  2. septiembre 5, 2017 @ 10:29 am Gloria

    Me hiciste recordar las veces que he viajado en camion y las increibles historias que me ha tocado escuchar…

    Responder


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