Hermosillo, Sonora.-

Fíjate, Magali, que en mis años mozos el deporte era mi pasión, lo mismo el fut que el basquet. La desaparecida cancha de Villa Juárez, mi pueblo casi natal, fue testigo de ello. Me pasaba las horas chiroteando, compitiendo. Poco o nada le hacía sombra a la adrenalina vespertina, de lunes a sábado y a veces los domingos.

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Ayer, treinta años después, fue una jornada encontrada: entre la presión laboral y el impacto por tu súbita partida se dio una extraña mezcla, porque soy el editor de un medio cultural y a la vez conocido, cuate o camarada tuyo. No alcanzamos la categoría de amigos, es verdad, pero te guardé un aprecio suficiente para verme sacudido por la noticia y, por ende, para verme atrapado entre la chamba a contrarreloj (estamos desbocados en la edición impresa, esa que celebraste en el último café que topamos), el luto y la necesidad de decir algo, de publicar algo, sobre la partida de una colega generosa en sus conceptos para con Crónica Sonora (nos diste un diploma simbólico, cuando te topé en otro café, esa vez con el tremendo Carlos Sánchez en tu mesa), y por demás amable en el trato, para conmigo o quien fuere, nunca parada sobre el ladrillo de la fama, como suele pasar en estas nobles tierras.

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Anoche, cumplidos los deberes, me volviste al pensamiento y al mismo tiempo una imagen de aquellos años infantiles en el pueblo: un contragolpe en un juego de basquet y el Hermes gritando: «¡Te fuiste, Magali!». Bien a bien, nunca supe si esa Magali existía en carne y hueso, pero ese grito de guerra era chusco y potente a la vez: a correr como locos al grito de: Te fuiste, Magali.

Y anoche, mientras cenaba con mi familia, me vino esa frase, pero no como arenga sino como asimilación. Te has ido, Magali, te has ido pero queda tu sonrisa, tu inteligencia y tu pasión por la vida, la que en charlas recientes dirigías al estudio de la tanatología, qué ironía… doble ironía, si me apuras, porque hoy necesitamos una compañía que nos ayude a comprender las repentinas partidas de los seres queridos, de los seres admirados.

Por cierto, buscando una imagen tuya de cuando atendías el teléfono de “Entre Líneas” (programazo de Telemax de los años 90, creado y conducido por tu señor padre, recién fallecido también), que fue cuando te conocí y hasta me alboroté, di con una videonota en la que apareces junto a otro personaje de la cultura sonorense y nacional, el Armando Vega-Gil, también partido repentinamente…

Te fuiste, Magali, pero aquí seguirás. Como Sergio o como Armando, pero con tu sello propio. Gracias por esas lecciones, las de periodismo y, sobre todo, las de humanidad. Descansa en paz, querida Magali.

Sobre el autor

Premio Nacional de Periodismo 2007. Director de Crónica Sonora. Escríbele a cronicasonora@gmail.com

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