Sonora: identidad fragmentada y patrimonio huérfano


Lo que hoy llamamos Sonora es una realidad geográfica compleja, que abarca manglares, desiertos, planicies, valles y montañas en una gran extensión que incluso en el atiborrado siglo XXI mantiene una baja densidad de población.

 

A pesar de las huellas de ocupación humana desde hace casi diez mil años y la supervivencia de grupos originarios la identidad sonorense sigue siendo una construcción pendiente, una tarea relegada para mejores días, sin tanto frío, sin tanto calor, con mejores lluvias, con otra alineación de las estrellas.

 

Sin una unidad cultural o ecológica evidente, la idea de una región llamada Sonora surge de manera tardía en el periodo colonial, donde escasearon los centros urbanos al igual que en el periodo prehispánico y proliferó la división en regiones menores ya fueran alcaldías mayores, gobernaciones, o muy mayores como la intendencia de las Provincias Internas de Occidente de las últimas décadas del virreinato.

 

Ni siquiera la esfera eclesiástica ofreció un asidero a la unidad, aunque el obispado de Sonora abarcara las tierras que para lo civil se conocían como la gobernación de Sonora, Sinaloa y anexas. Arizpe fue elegido como centro político de manera tardía y poco efectiva, los obispos residían en Culiacán hasta que Hermosillo tuvo catedral a finales del siglo XIX.

 

Formado de pedacitos y recortes como las colchas de las abuelas la identidad era más un asunto local que regional, como se vio en el fracasado experimento del Estado de Occidente, separado por la renuencia de los bajosonorenses a pagar por las guerras contra los apaches de los altosonorenses.

 

Y es quizá la idea de frontera, de ocupación reciente y voluntariosa la que permea y unifica la identidad sonorense hasta la actualidad, se es sonorense frente al otro, sean los apaches, seris y yaquis rebeldes o los gringos, los sinaloenses o los guachos.

 

El alto volumen típico del español regional vendría de la costumbre racista de alzar la voz para que el otro, siempre el otro, nos entienda, es un castellano de capataces, de castas y criollos empobrecidos que llegan a la frontera a darse aires de españoles frente a la indiada, y hay quien a pesar de los siglos transcurridos sigue en esa idea.

 

A diferencia de otras zonas, en Sonora las mejores tierras para la agricultura las conservaron los indios a través de las misiones, mientras los “españoles” ocupaban tierras de agostadero y soñaban con hacerse ricos con las minas (cosa que pocos lograron).

 

No tenemos entonces las grandes haciendas del Bajío, ni ciudades comerciales ni conventos (el primero convento de monjas de clausura se estableció en 1983), tampoco hubo instituciones de educación superior hasta el siglo XX y las élites se educaban en Guadalajara o San Francisco como ahora lo hacen en Monterrey o Tucsón.

 

La larga resistencia indígena al despojo de sus tierras y su modo de vida marca la historia de Sonora y genera una desconfianza y un racismo primordial que se alimenta de la inestabilidad de las fortunas, que cambian de manos cada dos o tres generaciones impidiendo la formación de una burguesía culta y acomodada.

 

A la sombra del éxito económico de Nuevo León y la influencia política del centro lejano y siempre envidiado la identidad local se alimenta del particularismo más básico y debe reinventarse ante cada nueva oleada de inmigrantes: los funcionarios de las reformas borbónicas, los extranjeros en el siglo XIX con la invención de la frontera, los militares del Porfiriato, los funcionarios federales de la posguerra y la gran oleada migratoria a partir de la pavimentación de la carretera Guadalajara-Nogales en los años cincuentas.

 

Así que las marcas negativas de la identidad serían la violencia interétnica, la inseguridad económica y el aislamiento, que se inventan el mito de una cultura del esfuerzo a mediados del siglo XX cuando la población deja de habitar en los valles serranos para bajar a la planicie costera irrigada gracias a la infraestructura federal financiada por préstamos del Banco Mundial.

 

Es hasta el periodo posrevolucionario, mientras se inventan los símbolos nacionales del charro, el mariachi y la vendedora de alcatraces, que los sonorenses empiezan a forjar una identidad propia, con los recursos que les acerca la mitografía del suroeste de Estados Unidos, que encuentra en Eusebio Francisco Kino un padre fundador que no es indio ni español ni mexicano.

 

A Kino se agregan en el altar de la identidad regional los cuatro presidentes de la república, aunque para fines del siglo XX aparecen solo como borrosas figuras de bronce de un pasado lejano y ajeno.

 

Sin pirámides prehispánicas, sin catedrales barrocas y con un patrimonio republicano abandonado en Álamos y revaluado solo después de su recuperación por los extranjeros los sonorenses parecen aborrecer los testimonios de su historia como los malos hijos de Libertad Lamarque se afretaban de su madre en aquellas películas en blanco y negro.

 

En la vociferancia del regionalismo se transparenta una inseguridad ante las otras identidades, sean los gringos, los chilangos, los guachos, los sinaloenses o los monterreyenos, siempre hay una mezcla explosiva de desprecio y envidia que impide mirar con serenidad hacia lo propio.

 

La comida regional fue relegada a los puestos de los mercados y los fogones domésticos hasta hace bien poco, pero el recetario editado por el Instituto Sonorense de Cultura es el besteller de nuestra literatura. Vende más la receta de la gallina pinta que los versos de Abigael Bohórquez.

 

Respecto al patrimonio construido, patrimonio material o edificios la actitud es de abandono cuando no de franco desprecio. La Capilla de San Antonio, uno de los edificios más antiguos del Pitic yace vandalizada a pesar de sucesivos intentos de restauración.

 

El pasado urbano es de adobe y eso parece atormentar las pretensiones de una neoidentidad encarrilada en la huida hacia delante de la modernidad. Abandono, derrumbe y demolición ha sido el destino de muchos edificios del centro histórico de Hermosillo, Navojoa, Caborca, Ures, Moctezuma y Nogales, donde el azar de la ubicación de la zona de tolerancia ha permitido preservar una zona de unidad arquitectónica que los locales se niegan a ver, no digamos apreciar o proteger.

 

Nuestras ciudades son tan jóvenes que algunas conservan sus primeras paredes, como la línea de casas de adobe, siempre el humilde adobe, en San Luis Río Colorado, que espero no hayan sido ya derrumbadas para construir un estacionamiento. Grave pecado de juventud, ya que los edificios construidos a partir del primero de enero de 1901 quedan fuera de la jurisdicción del INAH, aunque el Instituto Sonorense de Cultura cuenta con facultades legales para registrar y proteger ese patrimonio desde la publicación de la Ley Estatal de Fomento a la Cultura y las Artes en enero de 2000.

 

Estas facultades fueron ampliadas y clarificadas en la reforma a esta ley en octubre de 2011 que le cambió el nombre a Ley Estatal de Fomento a la Cultura y Protección del Patrimonio Cultural, sin embargo, estas facultades no se han ejercido, la ley no se ha reglamentado y no se ha establecido una unidad administrativa responsable del tema.

 

La ley de 2011 señala un largo camino para la declaratoria de monumentos de carácter estatal y una vía corta por el proceso legislativo regular, que ha permitido la declaración hasta la fecha de dos monumentos: el estadio de béisbol Héctor Espino en Hermosillo y el monumento a Benito Juárez en Nogales, popularmente conocido como El Mono Bichi.

 

El ISC no ha recibido presupuesto para registrar, investigar y proteger el patrimonio material y mucho menos el inmaterial o intangible. Ni el ejecutivo lo ha solicitado, ni el congreso lo ha asignado ni la ciudadanía lo ha demandado hasta ahora, aunque empieza a reconocerse la necesidad de hacerlo, quizá no como una prioridad ni como una urgencia, pero se empieza a reconocer que quizá sería bueno hacer algo.

 

Uno de los problemas es que el presupuesto de inversión del ISC está ligado a los programas federales del extinto CONACULTA, hoy Secretaría de Cultura, y como las obligaciones de protección al patrimonio federal se cubren por el INAH, cada estado destina lo que le parece de manera exclusiva en el presupuesto local.

 

Y sí, hay estados que efectivamente asumen este reto, como San Luis Potosí que mantiene un registro de su gastronomía regional como patrimonio inmaterial o Sinaloa que opera una red municipal de protección de su patrimonio construido después de 1900.

 

Por lo pronto el tema de protección, investigación y difusión del patrimonio no aparece en las prioridades del Plan Estatal de Desarrollo 2015-2020, quizá si insistimos mucho y bien logremos que aparezca en el programa sectorial que elabora el ISC y si nos organizamos y nos movemos hasta podría asignarse un presupuesto, que si las estrellas se alinean podría ir creciendo. Se vale soñar.

 

Como aficionado de los Mayos de Navojoa sé que hay que luchar sin esperanzarse mucho, que hay que apoyar cada avance con entusiasmo y aguantar las malas rachas esperando que pasen pronto y alcancemos a calificar, ya nos hemos colado un par de veces a la Serie del Caribe… Esperemos que los adobes y las tradiciones a punto de perderse resistan en lo que nos sacudimos las telarañas mentales y organizamos el rescate.

 

Por José René Córdova Rascón

Fotografía de Benjamín Alonso

C A P I L L A   D E   S A N   A N T O N I O

IMG_1092

IMG_1098

IMG_1088

IMG_1100

P L A Z A  D E  L O S  T R E S  P U E B L O S

IMG_1118

IMG_1113

IMG_1120



Acerca de

José René Córdova Rascón es Antropólogo Social por la ENAH, maestro en Salud Pública con especialidad en Políticas Públicas por la Universidad de Arizona en Tucsón, director de Espacios Expositivos, S.C. y curador externo de la nueva exposición permanente del Museo Comcaac (antes Museo de los Seris) en Bahía de Kino, Sonora. Contacto: rrenecordova@gmail.com


'Sonora: identidad fragmentada y patrimonio huérfano' tiene 9 comentarios

  1. enero 13, 2016 @ 9:13 am José Portolés

    ¿Cómo puedo colaborar desde Madrid (España)?

    Responder

  2. enero 13, 2016 @ 1:45 pm Héctor Rodríguez

    Excelente artículo el de René Córdova Rascón. Hay mucho que aportarle a la construcción-deconstrucción de la identidad a partir de estas visiones propias de la vida, del quehacer profesional y de lo que nos duele por lo que se pierde. Se pueden plantear acciones más constructivas desde la experiencia propia, desde la perspectiva del ciudadano que habita y sacraliza su espacio dándole voz al sentido común. En términos de la cultura el adobe nos deja una gran enseñanza; resiste el paso del tiempo, se deslava, se pueden tumbar las edificaciones construídas con el, pero esa misma tierra, ese mismo barro, sin importar los años que tenga se puede volver a amasar, elaborar de nuevo sólidos ladrillos para reconstruir nuestra vida de una forma más edificante. Felicidades por darle voz y cauce a preocupaciones comunes René.

    Responder

    • enero 15, 2016 @ 12:08 pm René Córdova

      Muchas gracias por tu comentario, efectivamente necesitamos revalorar la cultura del adobe en estos tiempos de cambio climático y aumentar los esfuerzos ciudadanos por el patrimonio.

      Responder

  3. enero 14, 2016 @ 11:12 pm Patricia Diaz

    Interesante articulo, aunque discrepo de algunos planteamientos, es evidente que el titular del articulo esta bien documentado.
    Pero se evidencia una marcada soberbia intelectual que raya en lo peyorativo a la comunidad Sonorense sean estos conscientes o no de su identidad y/o orfandad .
    Como oriunda de Sonora no me siento ni mas ni menos superior a ningún otro habitante de algún otro estado de la República Mexicana.
    Pero eso no me limita a opinar sobre cualquier literatura, artículos y consideraciones que sobre mi Tierra se haga. Y su articulo SONORA: IDENTIDAD FRAGMENTADA Y PATRIMONIO HUÉRFANO no me gustò.

    Responder

    • enero 15, 2016 @ 12:10 pm René Córdova

      Patricia, esa es la actitud deseable, después de todo el lugar donde uno nace es un asunto de suerte más que otra cosa. Gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar el artículo. Esperamos seguirte viendo por aquí.

      Responder

    • enero 24, 2016 @ 4:51 pm Sergi Rodrigues

      Patricia, como barcelonés de nacimiento residiendo en Hermosillo desde hace casi una década, puedo entender muchas de las cosas que René Córdova expresó en este artículo, no solo desde la razón sino también desde mi experiencia, no solo acá sino también en contraste con la del otro lado del océano. Provengo de una tierra -Cataluña- que ha sido tierra de paso de aventureros y comerciantes desde hace más de 2.500 años… puedes imaginar la dificultad (y el hermoso reto) de construir una identidad, que tengo que decir que si merece algún calificativo es el de diversa y hospitalaria en el caso de Barcelona. Aún a pesar de sus momentos oscuros y sus errores.

      Sonora también me parece un sitio de paso para mucha gente del pasado y del presente, tal como René manifestó. Así que veo natural esa fragmentación cultural/histórica. Sin embargo, puedo decir como buen barcelonés (más de 40 años allá) que tal diversidad es la mejor OPORTUNIDAD para la creación cultural, social, económica, y a todos los niveles. Pero esta oportunidad no sirve de mucho si no hay una voluntad política por aprovecharla. Algunos dirían que son los ciudadanos quienes deberían reivindicar ese proyecto de construcción, creo que René es uno de ellos. Es una polémica antropológica y filosófica ancestral: ¿quien lidera o ha de liderar el cambio y la evolución cultural? Pero en fin, sea como sea soy de los que creo que una tierra sin una ciudadanía activa no tendrá nunca unos gobernantes activos (en pro del bien común), y sin unos gobernantes con activa vocación no hay visión de futuro a largo plazo, y sin eso… las décadas y los siglos pasan dejando a esa tierra anclada en la nostalgia.

      Quiero entender este escrito de René Córdova como un llamado a la reflexión y la acción en consecuencia, de unos y de otros. Los que me conocen saben que a pesar de venir de fuera estoy haciendo lo posible por la cultural local. Les invito a conocer mi proyecto kultube.net, desde el cuál -con ayuda de mi esposa (hermosillense)- pretendo desde hace unos 6 años acercar la agenda de eventos artísticos escénicos al ciudadano sonorense, con la finalidad de que eso ayude al crecimiento cultural y por tanto personal y social (finalmente económico) de la región.

      El entusiasmo es algo contagioso, y más cuando apunta en la dirección correcta… la del bien común, diría Platón. Y hoy he sentido una profunda tranquilidad y alegría al descubrir este proyecto periodístico llamado CronicaSonora.com… tan cargado de senera, documentada y activa reflexión. Gracias!!! Ya están entre mis feeds diarios 😉

      Salud y prosperidad!
      Sergi Rodrigues Rius

      Responder

      • marzo 7, 2016 @ 3:51 pm Patricia Diaz

        Hola Sergi siempre resulta interesante las variadas opiniones que sobre cualquier tema se expresen en el amplio panorama que la diversidad de una Nacion, poblacion y/o estado de cualquier paìs se manifieste.
        Fijate lo que son las cosas y que paradójico resulta todo este tema precisamente en estas fechas, curiosamente yo vengo llegando de Barcelona (hace 4 dias)(2da. ocasion que estoy allà) Ya que una hija mia trabaja y reside alla allá desde hace mas de 14 años, (Ella tiene doble nacionalidad ya que su padre es Vasco de nacimiento) Y justamente sè de la variedad de culturas que se han gestado en aquella region asi es que entiendo perfectamente lo que comentas sobre Tu ciudad de origen.
        Y de igual forma celebro que Cronicasonora.com contribuya a la informacion de los valores culturales de Sonora. Mas como Sonorense de origen (nacì en Santa Ana Sonora) ratifico y sigo sosteniendo mi opinion sobre el articulo en cuestion que sobre Sonora se escribiò.
        A sus apreciables ordenes
        Patricia Diaz

        Responder


Quieres compartir tus ideas?

Tu email no será publicado

Crónica Sonora