Jarocha


Amalia Zamudio tenía veinticuatro años de edad y los había vivido muy de prisa. Tenía un hijo en el kínder y uno más que era parte de un recuerdo fatal. Emigró de Veracruz siendo una adolecente a esa tierra afamada por un caballo ligero y un grupo de música rock: Agua Prieta, Sonora. Llegó con su familia buscando el sueño Americano, o llegó, simplemente buscando un sueño. Desertó de la preparatoria, trabajó en las maquiladoras, tuvo amores, fríos como el invierno del norte, áridos como esas tierras fronterizas.

 

Llegó el día anhelado cuando se arreglaron con un coyote que los llevó hasta el estado de Utah donde radicaban unos familiares. Trabajó limpiando casas y cuidando niños. Allá también tuvo amores, tan fallidos como los de Agua Prieta y los de Veracruz. Juntó algunos dólares para regresar a México.

 

–No es vida estar aquí – les dijo a sus parientes – Vivir en un país donde sobra trabajo y todo es muy bonito, pero te explotan y vives con miedo escondiéndote de la migración. Es como vivir en una jaula de oro.

 

En Nogales, Sonora tenía paisanos de Veracruz que se dedicaban a vender elotes cocidos. Llegó con ellos pero no le gusto Nogales. No quiso regresar a Agua Prieta y mucho menos a Veracruz. Se fue a Hermosillo porque le dijeron que en la capital había más oportunidades y que además no se veía tanta perdición. En Hermosillo comenzó a trabajar de sirvienta y después se dedicó a lo que su mamá le había enseñado, a vender tamales que al no encontrar hojas de plátano aprendió a prepararlos al estilo Sonora. Y le salieron muy bien.

 

Llegó un momento en el que a Amalia se le complicó la vida como tantas veces: el compañero que tenía, un trailero fantasioso y fanfarrón, decía que quería ser un chofer de grandes ligas. Salió de la costa con un flete de naranjas a Tijuana, allí se brincó el muro, se internó en San Diego y ya no supo más de él.

 

***

 

A la vecindad donde vivía Amalia llegaba un chavalo a comprar tamales, Ramón Moroyoqui Wong. Llegó del valle del Mayo a la ciudad de Hermosillo con el propósito de estudiar la carrera de derecho en la Universidad de Sonora. Tenía vocación para estudiar otras carreras pero guardaba siempre el ideal de ayudar a la gente por el camino de la legalidad. Vivía en un taller donde trabajaba su hermano mayor que siempre andaba fuera de la ciudad y su única compañía era “El Simi”, un gato siamés que se encontró por fuera del Hospital Materno frente a la plaza de la Madre. Su pasatiempo era asomarse a una papelería donde practicaba el grupo Interrogación.

 

Ramón le tenía gratitud a Amalia porque le fiaba tamales cuando tardaba en llegarle el giro de Etchojoa, o bien cuando no podía trabajar como mesero los fines de semana con amigos de la casa de estudiantes de Cananea, la que estaba por la calle Reforma frente a una discoteca.

 

Cuando Ramón se enteró de la situación que estaba pasando Amalia, sintió que era el momento de corresponder. Era para él un reto que lo tomó como un escenario en el que se podía divertir y al mismo tiempo cooperar. Ramón se sabía de verbo fácil, de niño le gustaba declamar en los honores a la bandera y siempre escribía algo para el día de las madres; por lo demás, tenía una enorme creatividad, eso también lo sabía pero nunca lo pregonó. Se le ocurrían travesuras que servían para ganarse la admiración de muchos, procuraba mantenerse en esa línea desde que en Navojoa un comerciante le dijo: “Me gustaría tener una hermana soltera para emparentarme contigo, Ramón”.

 

Amistades tenía de sobra, aunque también había muchos que lo tenían por loco ya que era obstinado en llevar a cabo las cosas que se le ocurrían. Para eso contaba con la complicidad de tres amigos de la preparatoria.

 

Una ocasión en la que era el cumpleaños de una compañera del salón, una que se creía la crema y nata de Huatabampo, la más bella pero la más pretenciosa de la generación, acordaron llevarle serenata. Ella hubiera deseado algo fresa pero la serenata consistió en música de protesta de Oscar Chávez con canciones como La Calaca Flaca – para que se le quite – dijeron– pero salió el viejo, que era un dinosaurio de la clase política en la tierra de los caudillos, y apareció con los perros gritando “Lárguense bola de arrastrados comunistas”.

 

En otra ocasión, en el laboratorio de Química les pidió a sus amigos que lo cubrieran con un trapo, estando él acostado boca arriba como si hubiera muerto. Sus amigos le avisaron al resto del grupo que Ramón había muerto asfixiado con unas papitas que se la habían atorado en la garganta. Al llegar los compañeros hubo asombro, después se espantaron cuando Ramón se sentó en la mesa con los ojos saltones preguntando “¿quiénes son ustedes? ¿dónde estoy?”. Al momento en el que unas compañeras corrieron aterradas él soltó una carcajada y no paró hasta que llegó la directora del plantel. Los expulsaron por una semana, misma que aprovecharon para ir a trabajar en el campo moneando ajonjolí.

 

La única fechoría que les rindió frutos fue cuando un tío suyo en franco estado de ebriedad quería agredir con un mango de hacha a un vecino que además era su compadre. Pero le había robado unas coquenas y no se la iba perdonar. Quien sabe que hubiera pasado de no ser porque llegó Ramón y sus amigos para vaciarle una cubeta de agua fría en la espalda. El señor al instante soltó el arma, se le quitó lo ebrio, se le quitó el coraje y rápidamente recapacitó. Quedó muy agradecido con ellos y un día les pagó llevándolos al estadio a ver un juego entre los Mayos de Navojoa y los Ostioneros de Guaymas.

 

Además el Ramón sabía muchas cosas, no obstante su juventud. Sabía cómo quitarle el hipo a cualquiera en un instante. Sabía cómo sacar un carro de la arena o de un lodazal sin un empujón. Sabía cómo desescamar pescados y preparar ceviche.

 

Cuando era estudiante en Hermosillo tenía muchas mañas para sobrevivir. Como no contaba con licuadora en el taller donde vivía, para hacerse un licuado compraba un litro de leche, le sacaba una porción, batía un huevo crudo, lo echaba al litro de leche con azúcar y choco milk, agitaba el litro de leche con los ingredientes adentro, pelaba un plátano y a comer. Cuando se le perforaban los calcetones en la parte de los talones cortaba la parte perforada, unía los dos segmentos completos y los volvía a usar.

 

Al parecer todo respondía a su mapa genético que era todo un coctel del cual tenía mucho que heredar. Sus abuelos paternos: él, un mestizo que tenía más de mayo que de yori, trabajó como mayordomo en los campos de trigo de los Robinson Bours después de haber sido pescador en Yavaros. Ella, su abuela paterna, llegó al Valle del Mayo procedente de Acaponeta, Nayarit. Tenía nociones de magia negra porque de joven fue espiritista pero luego de un trance se retiró. Era de ascendencia afro-latinoamericana: morena, pelo chino y narices de pelota. Le decían doña Capo y era muy buena para cantar.

 

Sus abuelos maternos: él, era un descendiente de chinos que llegaron del norte de Sinaloa a comerciar ropa y bisuterías en Navojoa, en los campos pesqueros y en las zafras del algodón. Ese abuelo platicaba muy poco, solo se dedicó a comprar, a vender, a tener hijos y a comer arroz. Ella, la abuela materna, una mujer blanca y menudita, originaria de Chínipas, Chihuahua, era quien más le fascinaba al Ramón. Orgullosa de ser de la estirpe de los Almada de Chínipas, le contaba a él y a los otros bukis historias de muertos que se aparecían, de bandidos que asaltaban a los gambusinos para robarles oro, historias de vaqueros que atrapaban animales de uña con trampas que ideaban ellos mismos.

 

Así que, convencido de que su historia familiar tenía mucho peso, que le daba herramientas para sacar a flote cualquier situación, y de que era el momento de ser audaz, le dijo a Amalia que preparara el doble de lo que normalmente preparaba de tamales y le aseguró que se iban a vender. Que él se encargaría de eso –no faltaba más– dijo con determinación, como si estuviera enojado con alguien.

 

Ella se emocionó al pensar que la venta de tamales iba a ser el doble de lo que acostumbraba vender, pero no le gustaba la idea de invertir así nomás porque sí. Finalmente Amalia accedió a la propuesta y se la jugó, confió en él sin preguntarle cómo le iba a hacer. El siguiente día Ramón lavó sus tenis Pony, se puso un pantalón de mezclilla original y una camiseta de algodón, pasó por ella a la vecindad, acomodó en su hombro la hielera repleta de tamales y ella lo siguió llevando en sus manos un cajón y un estuche que le encargó Ramón.

 

***

 

Se instalaron en el punto de venta, entre el mercadito Astiazarán y un pequeño supermercado. El clima estaba a favor de ellos, la tarde era fresca porque acababa de lloviznar, invitaba a muchas cosas, pero comer tamales estaba en primer lugar.

 

Pusieron la hielera en la banqueta y Amalia se sentó a ver como Ramón ponía a funcionar un megáfono que le habían prestado unos amigos de Obregón, activistas del Comité pro casa de estudiantes de la Universidad. En eso llegó el primer comprador: era una conocida de Amalia, de casi todos los días, conocía la historia de ella y le dijo muy de cerca con cierta sorna:

 

–Que acompañadita vienes ahora, Jarocha, ¿por qué no me lo presentas?– Amalia nada dijo y Ramón comenzó a usar la voz.

 

–Llegaron los tamales, recién hechos los tamales, tamaaaaaleeeees…

 

Fue la introducción y enseguida la repitió un par de veces. Después saludó a alguien que supuestamente estaba a un lado de él. Comenzó a platicar con ese personaje imaginario al que le llamó Chino; la conversación fue, desde luego, en torno a los tamales: “¿La carne con la que preparamos los tamales dices? ¿Que si es de campo? No chinito, no es carne de campo, cómo crees. La compramos en las carnicerías de los Carranza, de primerísima calidad mi Chino, no vamos preparar tamales con pellejos, por favor. Nuestros clientes merecen lo mejor”. Y se quedaba mirando por momentos a su amigo invisible sin dejar de hablar y sin dejar de manejar un rico y gracioso lenguaje corporal.

 

“¿El chile colorado? ¿Que si de dónde es? Pues de donde más, Chinito? Nos lo traen del Río Sonora, de Baviacora, el mejor chile colorado del mundo. ¿Por qué crees que son tan buenos los tamales, mi Chino? Siempre tenemos algunas sartas en el patio de la casa. Veras permíteme Chinito”, le dijo a su amigo ficticio y se dirigió a un lado para atender a un cliente también ficticio:

 

“¿Cuantos va a querer señora? ¿Tres de carne y dos de elote? Permítame, aquí tiene señora, muchas gracias, buen provecho, la esperamos mañana…. Sí sí sí sí todas las tardes vamos a estar aquí, mañana van a estar más buenos, aquí tiene la feria, todo ese dinero es de usted, buen provecho jefita……………. Como te iba diciendo, Chinito, ¿la sal? La sal nos la traen casi de mi tierra, es de Yavaros. Claro que sí, es una sal de mar muy rica en sodio y casi no tiene cloro ¿Cómo la vez? Los elotes a veces vienen de Chihuahua, también de Sinaloa y de Obregón. El queso lo campechaneamos con queso de Francia y queso de Rayón. Sí hombre, se lo compramos a uno de los Terán”.

 

Y así seguía el discurso de Ramón que nada tenía que ver con el discurso de los merolicos pesados que vienen del sur, todos con un mismo estilo y una perorata memorizada. Lo de Ramón era espontaneo y muy natural.

 

Mientras Ramón platicaba con su amigo ficticio y atendía a sus clientes imaginarios, Amalia sentía que por primera vez en su vida tenía a su lado a un hombre cabal, –pero qué estás pensando, asaltacunas –dijo para sí– y seguía sentada en el cajón atendiendo a los clientes de carne y hueso que hacían fila comprando tamales y observaban atónitos la actuación de Ramón mientras les tocaba su turno.

 

Toda vez que los clientes compraban los tamales se quedaban para ver lo que algunos lo consideraban arte callejero, pero se les hacía raro no ver el depósito para monedas en el piso. También había niños curiosos convencidos de que en la banqueta estaba un hombre invisible que sólo sabía escuchar.

 

Se vendieron los tamales en la mitad del tiempo acostumbrado, gracias a los nuevos clientes y también a que los clientes frecuentes compraron más.

 

***

 

Cuando Amalia y Ramón llegaron de regreso a la vecindad, afuera en la banqueta el Josesón, el Buda y uno que le decían el Horitavengo, estaban sentados en cuclillas perfumando el callejón con humo. El Buda se paró y dijo arrastrando la voz:

 

– Ésele mi Moro, mira nomás, pareso me gustabas Ramoncito. Que acomedido me saliste, te está dando de comer en la mano la Jarochita y como dicen Los Lugman del Norte: no me digas que no te encanta.

 

Se lo dijo sin que ella escuchara ya que cuando Amalia llegó a la vecindad se dio a conocer como una fiera para que supieran a qué atenerse si se querían descompasar. Ramón sólo sonrió, sabía que los bukis después de todo lo apreciaban y lo respetaban.

 

Al dejar las cosas en la habitación ella le dijo apenada: Quédate a cenar, aunque sea frijoles. – ¿No sobraron tamales hoy?–preguntó él–. Se miraron con una sonrisa de cómplices que desembocó en una carcajada triunfal del tamaño de la vecindad. Al mismo tiempo sintieron el deseo de fundirse en un abrazo pero sólo chocaron las manos.

 

Ella pensó en el hecho de que tenía mucho tiempo sin reír así y deseó con toda el alma quedarse anclada ahí. Él caviló en la diferencia de edad, en el pasado de ella, en su familia, en el implacable y severo qué dirán, en su proyecto de vida, en la promesa a sus papás, en el primer profesionista de la familia, él tenía que ser. Recordó lo que dice al respecto la sabiduría popular para cuando una mujer es más que una aventura: “Agua que no has de beber, déjala correr”. La euforia se disipó y Ramón le dijo:

 

-No te preocupes, quedé de reunirme con mis compañeros en la uni para estudiar, lo más seguro es que vamos a comer hot dogs, nos vemos mañana igual.

– Ojala que no te vaya a fallar el Chinito, trajo buena suerte– dijo Amalia

– No fallará, hoy fueron los materiales con los que se preparan los tamales. Mañana será el tema de las bebidas para acompañar los tamales, estará muy bueno: vas a vender más y mi compañero invitado será un tal Negro, como le dicen a mi papá, lo llamaré Negrito– dijo sonriendo Ramón.

 

El día siguiente cuando llegaron al punto de venta había gente esperando, toda la atención se posó en Ramón. Comenzó a anunciar los tamales y después a platicar con el Negro que era el invitado esa ocasión:

 

“¿Con qué te gusta acompañar los tamales, mi Negro? Porque a mí me fascinan con leche fría, es cuestión de gustos. Ya sé, también con café son muy buenos y con chocolate caliente ni que decir………Tamaaaaaales, se venden y no se acaban.– Es porque mandé pedir más oiga, no vaya a creer que estoy haciendo milagros– aclaraba.

 

Después le ponía poesía a la propaganda, aunque a veces se metía autogol: –Estos tamales son los culpables de que brillen las estrellas y de que el sol caiga con aplomo en Hermosillo–………….. ¿Que si esto es un negocio? pues fíjate que sí, mi Negro, me gano un peso por tamal, pero como vendo alrededor de novecientos cuarenta y cinco tamales al día pues con eso me alcanza para completar la colegiatura de mi hijo que estudia en el Tecnológico de Monterrey.

 

***

 

Una tarde ya casi de noche, el Ramón llegó al barrio caminando desde la universidad. Cuando dio la vuelta en la esquina del billar se detuvo al ver unos hombres ajenos al barrio que estaban parados enfrente de donde vivía Amalia. Dos de ellos platicaban y fumaban mientras que otro observaba atento hacia la puerta de la vecindad. Después los que fumaban tiraron el cigarro y caminaron para interceptar a Amalia que salía en ese momento y se pusieron a dialogar con ella. Ramón con disimulo se apegó a la esquina queriéndose esconder pero al mismo tiempo pretendía seguir observando. También le ayudó un montón de jóvenes de un grupo de amistad cristiana denominados La Puerta que pasaron por un lado de él, iban a tener una reunión en esquina. Lo invitaron con un ven a Cristo brother, pero él sólo los miró.

 

De pronto apareció el Horitavengo frente a Ramón caminando muy apresurado y habló con él sin dejar de caminar –Ábrete Moro, ábrete, te andan buscando los mulas o los micos, tírate a perder, cabrón–

 

Ramón sabía muy bien de qué se trataba. Habían matado a puñaladas recientemente a un estudiante de Agronomía que le decían el Dólar y dejaron herido de muerte a el Buy, miembro de la selección estatal de futbol y estudiante de Agronomía también. El suceso fue un pleito en una fiesta callejera en la colonia Balderrama entre activistas y miembros de la Federación de Estudiantes de la Universidad.

 

Ramón había estado en la fiesta, tenía relación con los dos bandos porque era amigo de algunos estudiantes agitadores de la región del Mayo que estudiaban Agricultura, con ellos participaba en marchas y manifestaciones, crearon consignas tan contundentes que persuadían al estudiante más conservador: Ocaña, ladrón, nos quiere cobrar la educación. Ocaña, ratero, la uni sin dinero. Pero Ramón también era amigo de estudiantes de la Federación que estudiaban Leyes y eso provocó una confusión tal que lo estaban buscando tanto los de investigaciones como los micos.

 

Los tipos extraños se retiraron del barrio después de que husmearon en el callejón pero Ramón se metió al fondo del billar donde se juntaban a jugar dominó.

 

En muy poco tiempo Ramón recibió una carta: Remitente: Sr. Marcos Moroyoqui Lemus, domicilio conocido, Etchojoa Sonora:

 

Ramón, por medio de la presente te escribo para decirte que ya sabemos lo que está pasando contigo,

tu madre está muy mortificada y yo también, te me vienes inmediatamente, las cosas están muy calientes para ti allá en Hermosillo,

yo ya perdí a dos parientes que andaban en esos movimientos y no te queremos perder a ti.

Sin más por el momento, tu papá.

 

Los parientes de Ramón a los que se refería su papá eran los Arana Murillo de Huatabampo. El mayor perteneció a la Liga 23 de Septiembre, era economista y murió en los años setenta al enfrentarse a balazos contra la policía en el DF. Al otro hermano, el menor, lo expulsaron de la Normal Rural del Quinto por una huelga que armó y lo desaparecieron en la Ciudad Universitaria de Culiacán. Por eso Ramón entendía a sus papás pero se resistía rotundamente a regresar.

 

***

 

Después de poco tiempo la realidad cambió para Amalia, un día salió a vender tamales ella sola pedaleando un triciclo, ahora la endeudada era ella con Ramón, por eso el día cuando cumplió años lo invitó a comer, preparó pescado a la veracruzana y plátanos fritos con arroz.

 

Por la noche fueron al estadio Héctor Espino porque a ambos les apasionaba el béisbol, cuando regresaron del estadio el niño se durmió llorando pero en fin se durmió. Antes de terminar el día, las emociones se asentaron, platicaron de muchas cosas, siempre con el respeto que sentía por él, como si ella fuera la menor.

 

– Anoche tuve un sueño – comentó Amalia – cuéntame, me gustan mucho los sueños – dijo Ramón – y Amalia comenzó:

 

– Cuando estaba en la secundaria, caminaba yo por el malecón en el puerto de Veracruz, me impresionó mucho un barco, era un barco noruego que estaba hacia el lado se San Juan de Ulúa, yo me imagine que ese barco representaba a mi papá, al padre que casi no conocí. Pues fíjate que anoche soñé ese barco, en el sueño era blanco, inmensamente blanco, como el vestido de novia que siempre soñé, pero en el sueño ese barco estaba en el parque Madero, aquí en Hermosillo, yo lo miraba por un ventanal como si fuera una pantalla gigante, el único que estaba arriba del barco eras tú, tenías puesto un traje negro, luego el barco salió volando suavemente rumbo al mar y tu reías muy feliz, seguí mirando la nave pero luego ya no te vi. Desperté triste en mi cumpleaños con ganas de querer saber qué significaba ese sueño.

 

– Pues mira está muy interesante el sueño pero yo no sé interpretar– dijo Ramón sonriendo con los brazos y las piernas cruzadas mirando una biblia y unos folletos que estaban encima de una mesita de lámina. Amalia comento algo, como diciéndole aquí está la interpretación: –Hace unos cuantos días, como a las nueve de la mañana el silbato del cartero sonó igual que siempre, pero yo lo escuche como si fuera el canto de un ave de mal agüero, no sé por qué, ansiosa recogí la carta, casi temblando, los piropos del cartero no los escuché. Miré el remitente: Amalia Toledo. Calle 13 número 223, Colonia Vecinos Unidos, Agua Prieta Sonora

 

– Rompí el sobre y también un pedazo de carta, cuando comencé a leer sentí que me cortaban las alas una vez más en la vida, no terminé de leer la carta, solo la parte donde mi madre me suplicaba perdón, la siguiente parte, la que hablaba de una enfermedad terminal, de la necesidad de atención y de dinero, esa parte la adiviné con toda seguridad, por la noche lo vine a confirmar, la carta colgaba de mi mano como cuelgan los trapos en el tendedero, puse la vista en la banqueta donde me senté, siempre presentí que en Hermosillo no me iba a quedar, que otra vez me tocaba rodar, sentí mucha tristeza pero después mi alma se llenó de paz, gracias a Dios he sabido lo que es perdonar, a mi madre ya la he perdonado y la voy a atender con amor. Mi vida es diferente desde que me entregué al señor, ahora todo es para bien. Tú fuiste el primer ángel que me llegó, pero ahora te tienes que ir, ya me enteré de todo, perdóname pero yo le avise a tu papá, no quiero que te vaya a pasar algo, esa en la razón.

 

–De ninguna manera me voy a ir– dijo Ramón con un dejo de arrogancia, y continuo – Si en el sueño ya no me viste en el barco fue porque me bajé de ahí, si no me apoyan veré como le hago, aunque me fosilice en la universidad, perderé este semestre, me esconderé por un tiempo con camaradas en la casa de estudiantes de Sahuaripa, o en la de Ures, también tengo amigos ahí, la casa de estudiante de Cananea está muy a la vista. Después voy a buscar trabajo de locutor en Radio Sonora que apenas va a comenzar a funcionar, ya hice pininos en la estación indigenista Los Tres Ríos allá en Etchojoa–.

 

– ¿Por qué no vendes tamales? –preguntó Amalia ligeramente irónica–. Pero él le contestó con toda la intención de halagarla – porque no tengo equipo, tú si te irás –

 

–Yo si me voy, me iré mañana –dijo Amalia– les dejaré las cosas que no he vendido a la Lety y a la Silvia para que ellas las vendan, me llevarán a la central camionera, tomaremos el Circunvalación–

 

Era de madrugada, la ciudad ya estaba dormida, se tenían que despedir en esa ocasión, los dos presentían que sería para siempre, a la vez sentían que tenían un pendiente, desde que regresaron a casa en aquella venta fenomenal. A esas horas de la noche, cuando los gatos del barrio, dueños de la noche, aullaban preñando sobre las azoteas de la vecindad, cuando la Lucy y el Rubén hacían su agosto en sus respectivos aguajes, cuando la Lety y la Silvia salían al talón, Amalia y Ramón terminaron con ese pendiente y se encontraron en un hondo abrazo, como se encuentran dos partículas de polvo cósmico por un instante cuántico.

 

A ella se le vinieron encima todas las figuras masculinas idealizadas: La del padre, la del hermano……………. Mientras tanto, Ramón sintió en ese abrazo que pasaban por encima de él todos los pascolas bailando suavemente la danza del venado, escuchó que los ancianos de la etnia tocaban dulcemente con el arpa, con el violín y la guitarra, una música que tenía los colores de todas las flores silvestres del Valle del Mayo, le llegó el olor a garbanzos tatemados en el comal y sintió que lo eclipsaba el espejo del agua del canal donde aprendió a nadar.

 

Las amigas de Amalia le habían comprado el boleto de autobús, Tres Estrellas de Oro, primera clase. La fueron a despedir pero el autobús se retrasó porque a un pasajero le dio un ataque epiléptico antes de salir, ellas aprovecharon para platicar y prolongar la despedida, casi siempre hablando del Ramón.

 

Cuando Amalia Zamudio llegó a Agua Prieta, al salir de la terminal le compró pan a una señora que estaba sentada en un taburete, de esos que hacen los yaquis con cuero de chivo y palos de garambullo, después le llamó la atención un grupo de personas que se encontraban haciendo un círculo, se acercó para ver de qué se trataba pero antes de llegar escuchó:

 

–Atrasito de la raya que voy a comenzar, sal de allí condenado animal del demonio que vamos a empezar a trabajar, mira mi estimado déjame decirte que yo no vengo a quitarte tu dinero ni a pedirte caridad y que………… Amalia ya no se acercó a donde estaba el merolico, levantó la cabeza mostrando una sonrisa muy lejana y se regresó a tomar un taxi, ya quería ver a su mamá.

 

Al paso de los años, Ramón logró ser regidor y presidente municipal de Etchojoa, después diputado local, se divorció y luego se unió a una maestra divorciada también, tiene un hijo que jugó futbol profesional en segunda división.

 

Amalia se casó con un miembro de su iglesia, un viudo al que le dio todos los hijos que no había podido tener, es un poblano que vende camotes enmileados por las calles de Agua Prieta en un fagocito rodante. El hijo mayor de Amalia le ha dado nietos que viven en USA.

 

Por Abraham Mendoza Córdova

Fotografía de PauLine

de fb luisa oax



Acerca de

Abraham Mendoza vio la primera luz en San Pedro El Saucito el 2 de abril de 1960. Es geólogo de profesión y narrador nato que escribe como Dios le da a entender. Tiene por hobby caminar por todas partes excepto en andadores y le gusta que le lleven serenata aunque no sea su cumpleaños.


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