«Parásitos»: lucha de clases Gangnam Style


Una de las melodías más reproducidas en la historia de Youtube es Gangnam Style, por Psy, rapero sudcoreano. Con ironía y mordacidad, el video de esta canción exhibe la disparidad entre lujosos distritos de Seúl y la aspiración de los humildes por imitar esa vida.

Es verdad. Corea del Sur es famosa por su espectacular ascenso. Así continúan intentos por explicar los secretos de este milagro económico que, en el curso de un par de generaciones, saltó del tercer al primer mundo montando el “baile del caballo”: Hey, sexy lady, oppa Gangnam Style!

De esta manera, ese anhelo neoliberal de la prosperidad que se filtra de arriba a abajo, encuentra también en Parásitos (Bong Joon-Ho, 2019) una relectura contradictoria y a la inversa; aquí será el malestar social aquello que se cuela, desde las cloacas del subsuelo hasta el paraíso aparente de las clases más acomodadas. 

Conozcamos a los Kim, familia sumida en la pobreza. Sobreviven en Seúl. Y lo hacen a destajo, ocupando estrecha catacumba debajo del nivel de calle. Arman cajas para pizza y ahuyentan vagabundos que mean en su ventana. Para esos vagos la pocilga no está habitada. 

¿Sabes?, la invisibilidad social es una treta manejada por todos. 

Ser marginales, en las sociedades capitalistas del siglo XXI, no es solo vivir al día o padecer carencias de salud. Ahora hay que añadir la imposibilidad de acceder a Wi-Fi, Whatsapp y a cualquier aplicación digital a la que sea posible arrimarse, sin pagar un centavo. 

De pronto, a Ki-Woo (Choi Woo Shik), joven hijo de los Kim, cae una oportunidad para reemplazar, en casa rica, a su amigo como tutor de inglés; ¿Ki-Woo carece de título alguno? No hay problema, Ki-jung, la hermana (Park So Dam), al ser una artífice del photoshop podrá falsificar lo que sea. 

Así es como comienza un plan cómico y perverso. Poco a poco, los Kim reemplazan – con simulaciones y falsedades – a la servidumbre de los Park, sofisticados, elegantes e ingenuos patrones, propietarios de una residencia minimalista, expansiva, pulcra y señorial, ubicada en las antípodas subterráneas de donde surgieron los Kim, despreciables sabandijas que reflejan espasmos del género home invasions, donde Nosotros (Jordan Peele, 2019) ha dejado digna impronta. 

En Parásitos la arquitectura de la casa tomada adquiere dimensiones simbólicas. Presenta el inmovilismo de las clases sociales a través de la pérdida del control del espacio que habitan y creen dominar. Cuando los ricos descubren la fragilidad de sus privilegios, sentirán como el peor de sus miedos los alcanza para pedir su sangre.

Y en el momento en que los pobres se sienten en control, pierden la proporción de sus actos. En nombre de la avaricia y la crueldad se transformarán en enemigos de sí mismos. Una amenaza cerca de todo y de todos. 

El carácter y temperamento de Parásitos recaen en Ki-Taek (Song Kang Ho), el padre de los Kim. Humillaciones y ofensas – genial el uso de los olores como parte de doloroso bullying – habrán de desatar una tormenta de proporciones apocalípticas.

Habitaciones, ventanales, escaleras y laberintos son explorados con sumo cuidado. Es la aguda voz de la advertencia, pues durante sus 133 minutos de proyección se experimentan sorprendentes vueltas de tuerca. Las apariencias no engañan, sin embargo, a medida que avanza el metraje de Parásitos, será posible disfrutar comedia, melodrama y el más intenso thriller a lo Hitchcock, sin que la película pierda jamás ritmo y control.

El cinismo y el materialismo hacen seres humanos mezquinos, sin importar raza, credo o condición. Parásitos jamás defenderá a nadie. Estamos ante una lucha de clases que ha dejado atrás el ideal de superación por el simple reemplazo – el arte de “gorrear” y chupar sangre sin que se note – del proletariado por el capitalista, y ya no del bienestar, sino del lujo, la frivolidad y la interconectividad. 

La Dolce Vita (Federico Fellini, 1960) ya había señalado las terribles consecuencias de la “americanización”. La diferencia de Parásitos frente al clásico italiano, es el actual vínculo con la polarización que el mundo padece. Es inevitable. De ahí surge, renovada, nuestra incapacidad para la empatía: existe un banal colonialismo cultural que impone modelos de consumo, quizás innecesarios, pero codiciables.

Cada vez parece más difícil ponerse en los zapatos del otro. A menos que podamos quedarnos con ellos. 

Parásitos es, sin duda, la cinta más personal y radical de Bong Joon-Ho. En las noches de los aplausos unánimes, ésta es la producción que merece todos los premios, todas las palmas.

Qué leer antes o después de la función

La casa tomada y otros cuentos, de Julio Cortázar. Se trata de una colección de relatos breves del célebre escritor argentino. 

El texto correspondiente a La casa tomada presenta la historia de dos hermanos que, al sentirse invadidos por murmullos de extraños, reaccionan deshaciéndose de muebles y objetos queridos, sin resultados. 

Publicado por vez primera en 1946, La casa tomada y otros cuentos, es prueba irrefutable del espíritu fantástico, delirante, de Cortázar, siempre dispuesto a revolcar la cotidianeidad insoportable.


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Acerca de

Horacio Vidal (Hermosillo, 1964 ) es publicista y crítico de cine. Actualmente participa en Z93 FM, en la emisión Café 93 con una reseña cinematográfica semanal, así como en Stereo100.3 FM, con crítica de cine y recomendación de lectura. En esa misma estación, todos los sábados de 11:00 A.M. a 1:00 P.M., produce y conduce Cinema 100, el único -dicen- programa en la radio comercial en México especializado en la música de cine. Aparece también en ¡Qué gusto!, de Televisa Sonora.


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