El Paisaje Urbano: Pantalón Acampanado


Dicen los que saben que el vestir es un acto reivindicativo, incluso un acto político

Y en su nueva colaboración para CS, el arquitecto Guevara recuerda aquellos asombrosos pantalones que un buen día decidió portar


Recientemente, desde la tardía decisión de irse a vivir al DF,  Mario Obregón Larrauri , mi compadre, me preguntaba a través  de comunicaciones tecnológicamente vanguardistas como lo es el “mensajearse”, si recordaba alguna camisa de la cual me consideraba orgulloso de apostármela, o si esta significaba algo en el sentir. Se refería a si había en la vestimenta síntomas de propuesta o de rebeldía de la niñez-adolescencia que vivimos paralelos a los grandes movimientos sociales del inicio de la segunda mitad del siglo XX. Aunque con una información tardía, a fines de los sesentas, cuando terminábamos la educación primaria, se daban en nuestra niñez marcadas influencias de estos movimientos globalizantes, en especial del hippismo.

Mi respuesta fue de lo mas concreta y motivó la presente crónica.

Corría el año de 1968, el ciclo en que llegó oficialmente la televisión a Huatabampo, con la señal de la hoy Televisora del Yaqui, para la transmisión de los Juegos Olímpicos “Mexico 68”, año también del gran acontecimiento represivo en contra de la manifestación de estudiantes  conocido como “La Matanza del 68”; título, además, del libro de Elena Poniatowska que narra con precisión los hechos de un movimiento que representa el parteaguas del México moderno y que aquí poco nos enteramos… bueno, aunque con escasos 10 años de edad quizás era muy remota la comprensión de los sucesos.

En ese marco, recuerdo claramente, ante el consentimiento de mis sorprendidos padres, haber adquirido un pantalón “acampanado” de color blanco y de rayas azules, con moderno corte. Puesto “el tramo” en su lugar asistí por la tarde a la escuela; en esa época cubríamos lo matutino y lo vespertino, antes de los logros laborales de los maestros que inventaron los turnos corridos. Llegué erguido, había que estar muy fuerte ante la decisión de portar tan atrevida prenda, y mantuve a mi alrededor grupos que promediaban de tres a cuatro compañeros. Las actitudes del moderno “bullying” aún no eran tan definidas, pero si algunas “carrillas” que mínimo cuestionaban la masculinidad del portante.

Al tiempo, ante la poca exclusividad del diseño, dos o tres compañeros más se animaron a portar el cosmopolita ropaje. Ya en quinto, llegó de Tijuana un compañero a dictar cátedra en las modas del vestir: José Luis Gonzáles Verduzco, que otro personaje, Sergio Encinas Hernández, el popular “Checo”, bautizó como “El Chilango”, en una ambigüedad del gentilicio regional, de extremo a extremo, pero que operó a las mil maravillas el apodo, pues prevalece en José Luis (haciéndolo extensivo a su hermano Víctor, “Los Chilangos”), el  cual finalmente retornó a sus raíces tijuanenses, donde radica desde el ‘76, cuando terminamos la prepa.

Luis portaba atuendos traídos de la también conocida como la frontera más grande del mundo, Tijuana, y que con su caminar pausado estableció estilo en la incipiente moda masculina huatabampense, instaurando con su conducta semillitas de la preocupación del hombre de verse bien, del movimiento que hoy se conoce como metrosexual.

Después de eso, la “Secundaria 17” y la primer generación de la preparatoria fueron testigos de nuestra atrevida forma de vestir, que incluía colgarnos accesorios como collares de muescas, dijes de barro y piedra sobre nuestros cuellos, al grado que la maestra Dalia Valenzuela Barreras -en sus extraordinarias y elocuentes clases de literatura que nos iniciaron el gusto por las letras- nos llamaba “los gitanos”. Como parte del atuendo también portábamos rudimentarias melenas, que seguramente nuestros padres atribuían a la moda imperante.

Cuando veo hoy día a Luis Bernardo, mi hijo menor de 16 años, con los pelos encima de la parte superior de su cara cubriendo la frente y parte de las mejillas en una especie de enmarcamiento, a manera de un moderno tupé, no puedo protestar la extraña expresión de su cara porque prevalece en mí la misma de mi padre al ver mis melenas desaliñadas de mi adolescencia. Quizás la influencia de nuestra época es muy importante en relación a los imperios globalizantes que deben tener los jóvenes actuales, que por ejemplo, para comprar sus excéntricos pantalones entre de toreros y danzantes modernos, acuden a compras en línea a través de “eBay”, o alguna otra red de ventas por Internet como lo es «Mercado Libre». O en otro sentido la música setentera que hoy escuchan, a la cual acceden con un solo teclazo. Y que de alguna manera coinciden con lo generacional de sus padres o lo llamada moda “retro”.

Generaciones van y vienen, pero el espíritu entre rebelde y de aventura del ser humano en el proceso de consolidación de su carácter prevalece, ya sea en manifiestos de propuesta o de protesta, y de las vueltas cíclicas, como lo es el adornarse el cuerpo con tatuajes, antes censurados y hoy mucho más aceptados.

Lo importante es comprender el comportamiento humano, tan necesitado de expresarse, de contribuir a la riqueza cultural que representa la conducta del hombre en la búsqueda de identificarse consigo mismo. Por lo pronto me quedo con la añoranza del arrojo, de la decisión de atreverse con la candidez de la adolescencia.

Texto y dibujo por Jorge I Guevara



Acerca de

Jorge Isaac Guevara es arquitecto por la UNAM y narrador oriundo del Valle del Mayo.


'El Paisaje Urbano: Pantalón Acampanado' 1 comentario

  1. agosto 13, 2017 @ 12:20 pm Rogelio Cota León

    Estimado amigo contemporáneo,
    Siempre es un deleite leer y saborear tú narrativa, con temas de nostalgia y actualidad .
    Me da gusto el poder compartir sentimientos y desahogar emociones con tú lectura.
    Un abrazo a la distancia…

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