Estética de las glorietas o la crónica de un desgraciado


Este oficio está sobrevalorado. A mí me dijeron que la inspiración cerraba garitos para echarse en tálamo caliente al pie de quien se ama. En cambio, a estas horas y en estas mis circunstancias, la descubro embotellada y con ese sabor amargo que maltrata las encías. Tremenda mentira la que me cargaron. Llevo más de dos noches en este lugar recibiendo coimas por los poemas que escribo de botepronto. Y ella que no asoma la nariz por la ventana. Pero sigo esperando, quizá en las próximas horas discuta con Magnolia y decida tirarse desde el segundo piso. Saldré, entonces, con la impaciencia de Romeo y caerá sobre estos brazos que tiemblan de tanto alcohol.

Hago caso omiso a la insistencia del tipo de la barra que desde ayer a mediodía se convirtió en mi mejor amigo. Dice que me harían bien unas cuantas vueltas a la glorieta, que respirar aire fresco permite recapacitar más que el sermón del padre. Que le consta: hace hincapié en el consejo. “Que me cierras la leonera, Gabito” le espeto con el ceño fruncido para evidenciar mis sospechas. Quizá Gabriel tenga razón, pero esto tiene que ver más con la lengua reseca que me guardo en la boca que con las grasientas circunvoluciones de la chabola racional. Mientras tanto ella y su universo expandido −sus caderas quiero decir− absorben mi dignidad que era miríada antes de que su lunar hiciera de bastón para este imbécil.

Mientras tanto yo y mi big bang asistido por bomberos que me comparan con cerilla de pirómano. Ya no soy el que enciende el heno de sus pechos bañados en gasolina. La chispa y los relámpagos de mi lengua abandonaros su cualidad de mortero, y en cambio soy culebra moribunda en la selva de su jardín al otro lado de la venta. Soy sombra cobarde que huye a esconderse bajo el librero cuando enciende sus luces de tardes en calma. Gabriel dice que me calle, que a él no le gusta la poesía y que ella no me está escuchando. “Gabito, no entiendes nada por eso me pides callar” le externo, pero Gabriel no hace más que servirme la última antes de sacarme a patadas.

La glorieta es menos que grande y por eso estas dos horas dándole vueltas no están dando resultado. La carnicería con su cuchillero psicópata, la ferretería con sus instrucciones para construir hombres de hojalata, el café vintage con el éter de mi última cita de flirteo, el bar del que me han echado y al que seguro vuelvo en el siguiente giro, el sanatorio y sus emergencias de corazón, el restaurante y su menú endecasílabos, la nevería, la farmacia… la estética de las glorietas o las vueltas que da la vida. El carrusel por fin me arroja de nuevo a la barra.

“Gabito, ya es de noche otra  vez y ya no recuerdo ni cómo terminé aquí” le digo a Gabriel y él hace negativas con la cabeza. Su barba de tres días sin rasurar se parece a la mía. Pero Gabriel, con ese maquillaje de vampiro, parece afortunado porque ese olor a perfume es de después de la ducha. En el piso de arriba Gabriel tiene su dormitorio, abre tan temprano como puede y cierra tan tarde como debe. El tronar de los baleros de la cortina metálica me recuerda el estruendo del rompimiento, pero tras beber de un tirón parece que el alivio se va un poco. Siempre vuelve. Ese olor a tabaco inunda mi chaqueta, el mareo me hace tambalear. Lo he decidido, me marcho.

“Aquí la última canción de parte de tu idiota, princesa” digo y sonrío. Tarareo la quinta de Calamaro y me enrulo los cabellos para aparentar valentía. Me he dejado la billetera en algún lugar. Maldigo a la flaca y a sus puñales y sigo de frente por la rambla. “Que me tiro del puente, Gabito” digo, pero Gabriel ya no está. Es noche de brujas y la oscuridad de la acera deja ver el interior de las calabazas iluminadas. Ese vacío es como el mío. Un fantasma llama a un timbre y tira la frase acostumbrada. “Travesura” digo, mientras tanto la pared sostiene mi ebriedad que no se decide a ser evidente. Por eso parezco un hombre disfrazado. Me cuelo al carnaval de colonia como espantapájaros, tambaleo en la verbena, pero entiendo que de eso va el desfile.

¡Dónde quedó tanta algarabía! Viraron a la derecha y desaparecieron. Yo sigo de frente, me encamino a la boca del metro. Veo ventanas con telarañas, un cadáver a medio enterrar, una parca que ríe por siempre… todos falsos. Es convicción otorgada no voltear para atrás, porque atrás está la glorieta, ese carrusel que si bien arroja también atrapa y avejenta el cuerpo. “Tiene su estética, no lo niego, princesa”, pero estoy que vuelo al manicomio y así, sin más alternativa, te libras de este yo que ya no aguanta el peso de la primera persona.

Insisto en que mi oficio está sobrevalorado. Hace dos meses ya que ando en éstas y nada que salgo avante. El combo llama y los recibe la contestadora, María José llama al citófono y no encuentra respuesta. No estoy en casa. Han dado conmigo en una banca de la rambla, sentado, sin molestar a nadie. “¡Ey, chaval, que te estás pasando!” me reclama Santi y yo le doy un beso en la frente y le digo que es un tipo de putamadre; “pero qué tú tienes, flaco, que Jesús no se me va de la boca” externa Olivia con los ojos aguados y su acento de isla revolucionaria; “cabrón, por hoy ya estuvo bueno” dice mi hermano y reposo mi cabeza sobre su pecho. En el carro de María José suena la tres del último disco de Calamaro.

Bogotá, Colombia

Por Afonso Brevedades

Fotografía de Francisco Ramos


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Acerca de

Juchitán, 1983. Es psicólogo y escritor. Ha publicado tres novelas y coordinado dos antologías de ciencia ficción. Sus ensayos, crónicas y artículos académicos se han publicado en revistas nacionales e internacionales. Ha impartido talleres y conferencias en países de América Latina. Actualmente radica en Colombia.


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