‘Las hijas de Abril’: Michel Franco es una hiena


“Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, escribió León Tolstoi en Anna Karenina; y aquí, en Las hijas de Abril (Michel Franco, 2017), el afortunado principio de aquella novela encuentra, en el eco de las olas, la actualización precisa donde cada personaje está listo para atraparnos con una nueva bajeza.

¿Qué es lo que hace distinta a esta película de todos los talk shows compartidos ad nauseam por el gran público televidente? ¿Cuánta es la distancia entre los contenidos producidos por Laura Bozzo y Las hijas de Abril?

La diferencia, sin duda, está en la mórbida capacidad de Michel Franco para contar una historia. Y también en su talento para crear atmósferas tensas, turbias e intrigantes a partir de íntimas escenografías, iluminación natural y sencilla utilería de cocina.

Porque aquí, picar cebolla es picar cebolla.

En una casa de playa, junto al mar de Puerto Vallarta, vive Valeria (Valeria Becerril) y su hermana mayor, Clara (Joanna Larequi); a sus 17 años la jovencita está embarazada y goza con Mateo, su novio adolescente (Enrique Arrizon), un cachondo y glorioso episodio.

La secuencia inicial es manifiesta. Mientras prepara el desayuno, Clara tolera los eróticos gemidos de ambos amantes con una indiferencia que revela. Algo anda mal.

Sin embargo, cuando Valeria sale – desnuda, empapada en sudor – y muerde una manzana, se transforma en una estampa renacentista y es imposible no sentir simpatía por ella. En ese instante, Nabokov vuelve a tener toda la razón.

Pero el dinero se agota. Entonces Clara decide llamar a Abril (Emma Suárez), ante la leve resistencia de Valeria. La española llega. Y su europea condescendencia ante la gravidez de su hija menor, nos permite esperar un generoso respiro para Valeria, Mateo y Clara. Después de todo madre, solo hay una.

Aunque no debemos olvidar que estamos en el mundo de Michel Franco. Y la exploración de las miserias y los horribles defectos de sus personajes nos harán avanzar en una trama rocambolesca, en varios sentidos almodovariana, pero sin la tendencia fársica del manchego director.

La apuesta de Franco, el perverso, es más oscura. Mas trae un toque de hipocresía.

Tiene que ver con el estereotipo latinoamericano que se ha construido acerca de la maternidad. En términos de cine, es necesario recordar la impronta que han legado Sara García, Marga López, Amparo Rivelles y Libertad Lamarque. El 10 de mayo es sagrado.

Por eso Abril no es mexicana, como sus hijas. La tabla de salvación que Franco lanza al auditorio es el abismo cultural que, según nuestro paisano, nos separa de la madre patria. Ahí está el gesto mojigato en Las hijas de Abril. Ahora resulta que Almodóvar tiene la culpa.

De cualquier manera, Michel Franco elabora un discurso subversivo que expone las más siniestras consecuencias de un mal entendido empoderamiento femenino: la emancipación puede convertirse en hedonismo, ligereza, egoísmo e irresponsabilidad.

Ya sabemos que tal impostura alcanza a hembras y varones: Mateo, el leve Romeo de la película, es una marioneta, no del destino, sino de sus propios instintos; Clara sufre por su sobrepeso, pero no hace nada para remediarlo; Valeria ha descubierto al sexo como su zona de confort y Abril es una aliada que se convertirá en rival, una madre que será mujer y que irá por lo cree le pertenece.

Así, el gran acierto de Las hijas de Abril será la ambigüedad, atributo que siempre acompaña a los buenos relatos. Nadie es tan bueno, o tan malo, como para ser juzgados.

Tal circunstancia le permite a Michel Franco sorprendernos con un desenlace pleno de acción: persecuciones, secuestros, abandonos y una espantosa sed de venganza que provocarán en el público la insoportable decisión de mantenerse al filo de la butaca sólo para saber en qué va a terminar este cuento delirante.

Michel Franco es una hiena. Carroñero, toma las miasmas de la humanidad y las sublima con extraordinaria pericia.

El final de Las hijas de Abril casi roza la perfección de El graduado (Mike Nichols, 1967), pero con sus severas diferencias. Mientras en la célebre cinta norteamericana el impulso juvenil termina enfrentando la gravedad de la vida adulta, aquí no vemos eso. Sólo es posible atisbar la sonrisa de quien termina saliéndose con la suya.

Y eso no es nada divertido. Porque, ¿qué culpa tiene el niño?

Por Horacio Vidal



Acerca de

Horacio Vidal (Hermosillo, 1964 ) es publicista y crítico de cine. Actualmente participa en Z93 FM, en la emisión Café 93 con una reseña cinematográfica semanal, así como en Stereo100.3 FM, con crítica de cine y recomendación de lectura. En esa misma estación, todos los sábados de 11:00 A.M. a 1:00 P.M., produce y conduce Cinema 100, el único -dicen- programa en la radio comercial en México especializado en la música de cine. Aparece también en ¡Qué gusto!, de Televisa Sonora.


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