La prensa, el contagio y nosotros


Hay una fiebre por hablar de la fiebre, lo cual produce más fiebre


«De aquí el hecho indiscutible de qué todas las grandes ideas, las que aún mueven el mundo, hayan nacido en los siglos que precedieron a la aparición de la prensa. Ni a Platón, ni a Séneca, ni a San Agustín podemos imaginarlos pendientes dos veces cada día de esas mínimas e inútiles vibraciones de la actualidad que el periódico nos transmite. La gran creación de la mente exige el olvido de todo lo que en la vida no tiene categoría eterna y cosas de esta categoría no suceden más que unas cuantas veces cada siglo»

Gregorio Marañón

Un lunes cualquiera, de este fin de semana eterno que nos empeñamos en normalizar, leo un tuit de Margo Glantz que capta lo que al parecer todo el mundo ha sentido esta temporada, y también su particular respuesta a dicha expresión: «Se repite: «la vida no será como antes». Obvio, ¿cómo será la vida?».

Y es que sí, las noticias, los expertos y todo el mundo lo repiten desde hace meses: la vida no será como antes, y se asoma el temor a lo desconocido.

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Al salir del trabajo sintonizo la radio local. Mientras conduzco formulo una apuesta imaginaria: el locutor hablará del contagio. Minutos después me hace feliz saber que gané mi apuesta. Al terminar la melodía el locutor lanza su comentario sobre el tema, porque al parecer cualquier información sobre el contagio, por más irrelevante que sea, puede resultar interesante. En el noticiero matutino lo hizo el periodista y en el programa que nadie escucha igual. Es imposible que falte una opinión sobre el contagio. En ocasiones y últimamente, comentarios tan burdos como innecesarios.

El medico, historiador y humanista Gregorio Marañón, quien no creía en la eficacia cultural de la información mediática, lo dijo de forma apropiada en el primero de dos monólogos sobre la prensa y la cultura: «la prensa diaria produce en el mundo de los lectores una tendencia excesiva a la acción, con detrimento de la meditación» (Ensayos liberales, 1946).

Y no digo que la información sea mala, sin embargo, me pregunto qué pensaría hoy en día Marañón de nuestra peculiar forma de saturarnos de información, de nuestra forma de reaccionar ante la noticia que hoy es inmediata y recorre todo el mundo en poco tiempo. Esto de saturarnos ya lo venimos normalizando desde tiempo atrás.

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El otro día, escuché la voz alarmada de una locutora que leía el texto redactado por un médico sobrepasado por sus emociones. El profesional de la medicina se comunicó a la radio para desahogarse. Describió un estado de desesperación y desesperanza derivado de la brutal carga de trabajo.

El doctor estaba enfurecido con la gente al grado de insultar a quienes no usan cubrebocas, a quienes se fueron a la playa en verano, a quienes salen a la calle por cualquier motivo. Se justificaba diciendo que el hospital está saturado, que cada vez hay más personas contagiadas, qué su trabajo nunca acaba, que la vida y las personas son difíciles; que en esta locura de contagios, ni la gente, ni nadie, cuida a los profesionales de la medicina. Por el odio desmedido que expresaba, supongo fue un mensaje escrito sin pensar.

Y no es para menos, esta época extraña que nos toca vivir nos orilla a reaccionar en la misma forma: todos contra todos. El monstruo anormal de la llamada actualidad no cuida absolutamente a nadie.

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Marañón explica la idea de que para hacer el bien se requiere pensar antes de actuar y para hacer el mal solo es necesario reaccionar. Antes de seguir con Marañón, anoto la siguiente anécdota que, como el mensaje del médico, me impactó bastante.

Mi papá era de un carácter notablemente fuerte, regañón, machista. Si yo no hacía las cosas como él quería seguramente me iba mal. 

Cuando era chica en casa teníamos dos autos, un Nissan Tsuru y un viejo pick-up que permanecía estacionado en la banqueta. Me tocó vivir los noventa en un barrio recién poblado por familias de la que se pensaba entonces era la clase media. Lo más divertido era jugar en la calle, todas las tardes se armaban las retas de futbol.

Una noche al llegar a casa, una multitud de niños junto a un policía nos esperaban en medio de la calle, pues la pelota de futbol había quebrado el vidrio frontal del pick-up. Por la reacción en sus caras supongo que todos por lo mínimo esperábamos un regaño, pues el carácter fuerte de mi padre era bastante notable. Los niños habían planeado una estrategia para poder pagar el cristal que enseguida explicaron.

Para sorpresa de todos mi papá ni si quiera se enfadó, habló con todos los presentes en tono reflexivo y al momento el asunto quedó perdonado. No permitió que los niños pagaran o que el policía multara, al día siguiente el vidrio estaba reparado. 

No hubo enfados ni malos tratos. Antes de reaccionar de forma violenta ante ese supuesto daño, su acción fue razonada.

Y esta historia viene al caso porque siempre habrá motivos para sentirnos agredidos, aunque no nos guste sentirnos así. Nadie quiere morirse pero la vida y la muertes se corresponden; nadie habla de lo que significa morir y por consecuencia tampoco nadie habla de lo que significa vivir. En cambio vemos el mal siempre fuera y nunca dentro de nosotros, odiamos y somos egoístas por el miedo que nos provoca todo, justificamos cualquier agresión y nos atiborramos de ideas y de noticias que inconscientemente nos mantienen en estado de alerta.

Dice Marañón:

La vida, hoy, es acción pura, sin el noble contrapeso de la razón, lo cual es gravísimo. Fíjate que, en el fondo, el proceso de la cultura descansa en un equilibrio entre meditación, es decir, razón y acción. Los hombres en verdad cultos, como los pueblos cultos, son aquellos cuya acción emana, serenamente, de un razonamiento. Si la acción surge de un instinto —la meditación suprimida— el hombre es un bruto; si la acción surge de una pasión —que es la prolongación humana del instinto todavía teñida de animalidad— el hombre es un bárbaro. Ahora bien: la meditación es una incubación y requiere necesariamente tiempo, y no sólo tiempo en cantidad, sino libertad de tiempo; esto es, el tiempo que se necesite, poco o mucho, sin un ritmo necesariamente impuesto desde fuera. Lo contrario de esto es el martilleo metódico, regular, que ejerce el periódico sobre los espíritus. La meditación es esencialmente aperiódica. La razón de un hombre actual está sometida al ritmo inexorable de la noticia a las ocho de la mañana y a las ocho de la noche. Hay grandes ciudades donde surgen los periódicos, atrozmente, cada seis horas. Este ritmo crea en el espíritu una poderosa aunque ignorada sugestión para actuar de golpe, para la acción sin meditación, de un modo hipnótico, cual el que en el salvaje de la tribu produce el golpeteo uniforme del tamboril.

Ni a Platón, ni a Séneca, ni a San Agustín podemos imaginarlos pendientes dos veces cada día de esas mínimas e inútiles vibraciones de la actualidad que el periódico nos transmite. La gran creación de la mente exige el olvido de todo lo que en la vida no tiene categoría eterna. Y cosas de esta categoría no suceden más que unas cuantas veces cada siglo.”

Por suerte nos toca vivir esta época en la que tenemos la oportunidad de hacer consciente las reflexiones que nos deja esta transformación del mundo. ¿Qué pasaría si meditáramos un poco antes de reaccionar a un suceso? ¿Nuestras acciones serían las mismas?

Por Yesúa Molina

Foto de portada por Cuartoscuro

Foto de libro por Benjamín Alonso



Acerca de

Es periodista. Cuenta historias de la realidad y a veces cree en la humanidad.


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