Ha muerto Amos Oz


Ciudad de México.-

El inicio de año ha resultado más penoso sin la presencia tonificante de Amos Oz. Sin ser sorpresiva, la noticia de su muerte no dejó de consternarme y de hacerme pensar con tristeza cuánto lo extrañaré porque, en mi casa, Amos Oz no es sólo el nombre de un novelista formidable y un ensayista lúcido, sino una especie de viejo conocido del que platicamos con familiaridad mi esposa y yo en la mesa y del que nos llegan mensajes alentadores del otro lado del mundo. Desde luego que siempre esperábamos (me punza usar el pasado) con ansias su última novela, pero también, y con el mismo entusiasmo, sus entrevistas, artículos, declaraciones, fotografías… Recibíamos además con frecuencia noticias suyas a través de Fania, su hija, que nos advertía de los avances y retrocesos en el estado de salud de su padre y nos contaba detalles de su casa en medio del desierto del Néguev, de sus hábitos e incluso de su gato, sorprendentemente parecido al nuestro. “Deberían venir a conocerlo. Con gusto los recibirá. Le he contado sobre ustedes”, nos decía. “¿Que si puede leer en español? No mucho”. “No importa. Le enviaremos Pedro Páramo, en una edición bonita. Lucirá mucho en uno de sus libreros”. Cosas así delinearon la presencia afable y benéfica de Amos Oz en mi vida.

Entre las virtudes que encuentro y disfruto en la escritura de Oz destacaría la sencillez y desenvoltura con que aborda y desarrolla cuestiones de suyo muy complejas. Eso casi siempre es, creo, indicio de un gran escritor. Para ello se vale de personajes comunes, incluso a veces hasta repulsivos de tan ordinarios (como el conferencista “ridículo y prescindible” de Amor tardío). Las relaciones de familia, las mujeres, el amor y la muerte son algunos de los temas que exploró con delicadeza y compasión. También el antisemitismo, la vida en los kibbutzim y el miedo, el odio y la locura que con tanta facilidad se desatan en el Oriente Próximo para arruinar las vidas sencillas de incontables varones y mujeres, judíos y no judíos. ¿Cómo es posible idear con tanta ponderación ficciones y juicios políticos en un ambiente tan propicio para visiones desesperanzadas y extremas? La respuesta podría ser sencilla: en medio del estruendo de políticos vociferantes, generales, líderes religiosos, terroristas feroces y dos pueblos desavenidos quizá irremediablemente pero condenados a vivir lado a lado, el escritor israelí guarda silencio y presta oído con atención: “Seguimos siendo una nación de ocho millones de ciudadanos, ocho millones de primeros ministros, ocho millones de profetas y mesías. Todos gritan a voz en cuello, nadie escucha jamás, excepto yo. Yo escucho a veces. Es así como me gano la vida”. 

Para Oz, la curiosidad es o debería considerarse una virtud moral: “Una persona curiosa es ligeramente mejor persona, mejor padre, mejor pareja, mejor vecino y colega que una persona no curiosa. También mejor amante”. Pero mantenernos dispuestos a observar con serenidad a la gente y lo que nos rodea no basta. Hace falta además imaginar a los otros, y a veces imaginar que estamos en la piel de alguien más, en particular de quienes no son como nosotros y quizá nos odian. Porque, en ocasiones, “los hechos se convierten en enemigos terribles de la verdad”. La incapacidad de imaginarnos a los distintos es, desde luego, una de las raíces del conflicto con los palestinos, de ese “absurdo conflicto inmobiliario con el Islam”, como asevera Fima (el personaje de la novela con el mismo nombre, también traducida como La tercera condición). Es verdad que imaginarme como el otro no necesariamente me lleva a aceptar su propia narrativa; sin embargo, al menos “me lleva a buscar un acuerdo”. Y lo contrario del acuerdo “no es idealismo ni devoción; lo contrario de acuerdo es fanatismo y muerte”.

A estas destrezas morales Oz añadiría, quizá, el amor por las palabras: por su sonido, sus connotaciones, su historia y su capacidad para transfigurar la realidad. En Los judíos y las palabras, escrito con su hija Fania, se explora con gozo y afecto por la tradición la idea de que el secreto de la supervivencia y continuidad del judaísmo a lo largo de tanto tiempo no hay que buscarlo en favores divinos ni en los genes, sino en el lenguaje (o los lenguajes) de los judíos. El judaísmo no es asunto de linajes ni de lazos de sangre; es, ante todo, una gran biblioteca de textos en hebreo y otras lenguas que nutre una discusión transmitida de generación a generación y que ha definido y preservado por siglos lo que significa ser judío. Al llevar consigo sus libros, los millones de judíos dispersos a la fuerza por el mundo han llevado consigo todo lo que necesitan para seguir siendo judíos. Profetas, escribas, talmudistas, rabinos y filósofos, pero también literatos, cineastas y comediantes son quienes han consignado en formatos diversos esos dilatados debates sobre asuntos profanos y divinos, triviales y trascendentes. Detrás de la intrigante verborrea judía de seguro habrá, como vio Freud, mecanismos psicológicos extraños en funcionamiento; pero también hay, aseguran con acierto los Oz, padre e hija, “una creencia, profundamente enraizada, en el poder de las palabras para re-crear la realidad; muchas veces mediante el rezo, pero en no menos ocasiones mediante la argumentación que busca alcanzar la verdad”. 

Ya no habrá de Amos Oz mensajes alentadores provenientes del otro lado del mundo. No habrá más noticias suyas ni habrá quien represente la voz de la sensatez en medio de un conflicto doloroso entre dos pueblos que con igual derecho se disputan un pequeño trozo de tierra para vivir. Y, aunque me niego a creerlo, quizá con su muerte haya desaparecido también la última voz del sionismo humanista. Ahora sus palabras se han sumado a esa añeja tradición textual que los judíos han construido con tenacidad por siglos y de seguro continuarán resonando con fuerza en nuestros esfuerzos y disputas por imaginar con benevolencia a los otros, amar a quienes podamos amar y alcanzar acuerdos mutuamente provechosos con quienes, de cualquier forma, hemos de compartir el mundo. 

Por Héctor Islas Azaïs

Retrato de Amos Oz (con brochazos de CS) por Olivier Fitoussi & Moti Milrod



Acerca de

Filósofo, ensayista, editor y traductor cajemense. También le hace a la promoción cultural y ha sido profesor en diversas instituciones de educación superior en Hermosillo, Cajeme y la Ciudad de México. Lleva ya un rato trabajando en la UNAM. Se obsesiona con la ética y la filosofía de la religión, aunque en su siguiente vida quiere ser compositor o novelista —o, si las anteriores opciones fallan, cronista de béisbol—. Últimamente le ha dado por averiguar cómo hacerle para que la filosofía vuelva a ser una actividad relevante en los espacios públicos y educativos.


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