«Ese pendejo le va a echar el carro al motociclista»: Instantáneas desde el Centro


Los accidentes y los incidentes por motociclistas son una terrible constante en nuestra ciudad.

Uno de nuestros reporteros fue testigo de uno de ellos. Lea su relato, atienda su reflexión.


Eran las 11 de la mañana del pasado 26 de julio, cuando me encontraba haciendo alto en la esquina de las calles Tamaulipas y Matamoros, aquí en Hermosillo. Esperando el turno para avanzar aparecieron una camioneta X-trail y un motociclista procedentes de la calle Veracruz y Boulevard Rodríguez. El conductor de la motocicleta, con el puño en alto, insultaba al chofer de la camioneta porque se le había cerrado demasiado en la curva de ese crucero. Con el rostro descompuesto por la ira, el otro le contestaba de igual manera. -Ese pendejo le va a echar encima el carro al motociclista- le dije a mi señor padre, que debo precisar, me acompañaba como copiloto.

 

Avancé un poco para abrir mi visión, dejé el alto y tomé la misma ruta de tránsito que llevaban los conductores, es decir la calle Matamoros en sentido norte-sur. En lo que yo me desplacé unos cuantos metros, ellos avanzaron casi dos cuadras hasta llegar al cruce con la calle San Luis Potosí, justo enfrente del edificio de la Comisión Federal de Electricidad.

 

En todo el trayecto no dejaron de intercambiar amenazas. Por el movimiento que hacían con los brazos entendí que aquello se había calentado demasiado y no presagiaba nada bueno. Aún no terminaba de externarle estos pensamientos a Obdulio Rodríguez, que tal es el nombre de pila al que responde mi progenitor, cuando el conductor de la camioneta, con toda la saña del mundo frenó bruscamente haciendo que el motociclista se impactara en la parte trasera. La moto derrapó como un traste viejo y el cuerpo de su tripulante quedó tendido, sin movimiento, en el asfalto. La camioneta arrancó a toda velocidad perdiéndose entre el tráfico cuadras adelante.

 

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, me quedé impactado por el estruendo y tenso por la visión del cuerpo yacente. Eran las 11 de la mañana en ese día venturoso y lleno de sol.

 

La brutalidad e irracionalidad de este acto me llevaron a recordar el parte emitido por el Departamento de Tránsito Municipal, en el mes de marzo de este año. En ese comunicado oficial se contabilizaban 318 choques y 11 atropellamientos. Uno de ellos, el más difundido por lo aparatoso y funesto de sus resultados, fue el de un estudiante universitario que murió arrollado por un automóvil mientras esperaba su turno para cruzar del edificio de museo y biblioteca, a la plaza Zubeldía.

 

A su vez esto me llevó a otra reflexión; la forma en la que ha ido evolucionando el comportamiento de los ciudadanos hermosillenses  durante los últimos años, en muchos aspectos de nuestra vida diaria.

 

El caso de los conductores es sólo un ejemplo; cualquier detalle, omisión, falla o abuso en el acto de conducir hace que surjan los claxonazos y reclamos que en ocasiones se transforman en gritos e insultos, hasta llegar en casos, desafortunadamente cada vez más frecuentes, a los amagos y golpes. Algo está sucediendo con los conductores y con nosotros como habitantes de esta urbe que nuestras estructuras emocionales se dislocan y colapsan ante situaciones que sólo ameritan un poco de calma y cordura.

 

Explicaciones hay muchas, la ciudad se ha transformado a un ritmo acelerado. Son las mismas rutas y vialidades desde hace muchos años mientras la cantidad de vehículos se incrementa día con día.

 

En el plano individual el stress, la rutina, el agobio laboral y los estragos en las relaciones interpersonales están haciendo mella a muchos niveles. En el plano social, la insatisfacción ciudadana crece ante la insensibilidad e incapacidad de los gobiernos, en todos sus niveles,  para atender los crecientes problemas que la ciudad plantea en muchos frentes, no solamente en lo referido al tráfico vehicular, sino en otros aspectos como la inseguridad, el narcotráfico, etc.

 

Mientras los problemas crecen, las acciones y estrategias para solucionarlos a nivel  público, colectivo, personal e individual se rezagan. Como ciudadanos no hemos sido capaces de generar soluciones al ritmo que los problemas lo demandan. Entonces un simple incidente, como el que aquí se describe,  puede llegar a convertirse en un altercado de consecuencias impredecibles. Creo que la peor derrota que un ciudadano puede sufrir en su hábitat urbano es perder la capacidad de generar los comportamientos, actitudes y conductas asertivas que le permitan generar espacios de convivencia digna. La peor derrota para un ciudadano ante escenarios adversos es no tener la capacidad de generar estructuras emocionales que puedan procesar los cambios y transformaciones de su espacio vital, perder su capacidad de resiliencia y atrincherarse en la intolerancia y la agresividad sin límites.

 

A propósito de esto y haciendo una correlación con lo que sucede a nivel nacional, unos días después, el 28 de julio, el diario de mayor circulación a nivel estatal dio a conocer en una nota el Informe sobre la situación de la seguridad vial en México 2015, elaborado por el Secretariado Técnico del Consejo Nacional para la Prevención de Accidentes en México (CONAPRA). En dicho reporte se menciona que del total de  los ingresos hospitalarios por accidente, el 35.4 % corresponde a motociclistas heridos. Asimismo informa que entre 2010 y 2016 la cifra de accidentes en este rubro aumentó de 1218 a 2137 percances. Es decir un aumento del 90.2 %,  en tan sólo cuatro años.

 

Después de esta breve digresión regreso al final del relato. El motociclista se levantó y sin lastimaduras visibles en el cuerpo se sacudió los pantalones. Azuzado por el grito de un transeúnte que desde la banqueta le gritaba –¡Hay que alcanzarlo¡- , recogió la moto, la encendió de nuevo y salió disparado. No avanzó mucho, unos metros más adelante desistió de su empuje inicial. Bajó la velocidad y se fue a un ritmo tranquilo por toda la calle Matamoros.

 

Por Héctor Rodríguez Méndez

Fotografía ilustrativa de lo que vio el reportero por Benjamín Alonso

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Acerca de

Héctor Rodríguez Méndez es sociólogo y consultor especializado en el desarrollo proyectos comunitarios sustentables. Ha trabajado en centros de investigación y programas para la conservación y uso sustentable de los recursos naturales en Areas Naturales Protegidas.


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