El fenómeno Trump: entre la ficción y la realidad


Desde Nueva York, y a escasas horas del habemus Trump, Gerardo Rénique nos ofrece su lectura de lo que pasó y de lo que está por venir (GULP)


La elección del ostentoso y megalómano magnate hotelero y personalidad televisiva Donald Trump ha hecho trizas la mitologizada imagen de los Estados Unidos como bastión de la democracia, arquetipo del liberalismo y de la convivencia política decente y respetuosa. La desvergonzada misoginia, el racismo desembozado, las mentiras descaradas, la grotesca xenofobia, la falta total de decoro y civilidad de la que hizo gala durante su campaña electoral coadyuvaron a la proyección de la imagen del hoy presidente electo como un personaje de caricatura producto de la imaginación literaria o cinematográfica. Una suerte de híbrido entre el sátrapa de Levante interpretado por Sacha Baron Cohen en El Dictador, el tirano caribeño de García Márquez y el Ciudadano Kane, el inescrupuloso empresario periodístico convertido en político de la legendaria película de Orson Welles. Cual producto del realismo mágico latinoamericano del siglo pasado, la elección de Trump coloca al imperio en la misma dimensión que Macondo como otro lugar en el que la realidad también supera a la ficción. La precisa descripción del cineasta Michael Moore del hoy presidente electo como un sujeto “miserable, ignorante, peligroso, payaso a medio tiempo y sicópata a tiempo completo”, bien podría aplicarse a Zacarías, el ficticio patriarca despótico construido por García Márquez en base a autócratas latinoamericanos de la vida real.

Así como la personalidad pública de Trump es producto de su experiencia como conductor/protagonista de un programa curiosa –e incorrectamente—denominado como un “reality show” o, más precisamente de “realidad inventada,” su campaña electoral también transmitió un ambiente de irrealidad. De allí que la candidatura y eventual elección de Trump parecieran como arrancadas de una obra de ficción – más precisamente de la sátira política de Sinclair Lewis It Can’t Happen Here (Esto no puede ocurrir aquí) publicada a mediados de la década de los años 30 durante uno de los momentos más críticos y oscuros de la historia moderna marcados por una devastadora crisis económica y el ascenso del fascismo. La obra, que rápidamente se convirtió en uno de los libros mejores vendidos de la época, refleja el malestar del autor ante la radicalización política y la convulsión social que en esos momentos azotara los Estados Unidos.

Instigadas desde el púlpito, la radio o las primeras planas de los tabloides, la retórica xenofóbica, racista e intolerante de demagogos populistas ―como el padre Charles Coughlin, el candidato demócrata Huey Pierce Long y el editor-empresario William Randolph Hearst― encontró recepción entre los millones de trabajadores desempleados o mal pagados, con una existencia precaria y un incierto futuro. En estos hechos se inspira Lewis para construir una trama narrativa que gira alrededor de la ficticia campaña electoral de un candidato, “Buzz” Windrip, que derrota a Franklin Roosevelt gracias a su promesas populistas de un ingreso mínimo garantizado de US $5,000 por persona (equivalente a más de US $80,000 actuales), sanción a los “banqueros judíos,” prisión a los comunistas y la ocupación de México.

Ochenta años después de la publicación de It can’t happen here, la elección de Trump nos indica precisamente lo contrario de lo que sugiere el título de la obra: que la elección de un déspota autoritario sí puede ocurrir en los Estados Unidos. Más aún, que la incierta realidad estadounidense también puede ser tan o más espeluznante que la ficción más truculenta.

Además de su discurso intolerante y ofensivo, en el curso de su campaña Trump dio peligrosas indicaciones de su vocación autoritaria: alentando a sus seguidores a actuar violentamente en contra de sus oponentes o detractores, o a expulsar de sus mítines y conferencia de prensa a periodistas que no eran de su agrado; anunciando que no reconocería el resultado de las elecciones; amenazando con tomar acción legal contra los periódicos que lo criticaban; y prometiendo encarcelar a su oponente. Sin lugar a dudas un hecho sin precedentes en la historia electoral de este país.

A pesar de haber obtenido cerca de 3 millones menos de votos que su contrincante demócrata Hillary Clinton, Trump sin embargo resultó “triunfador” gracias al arcano sistema de “colegios electorales”. Creado hace más de doscientos años en la Convención Constitucional de 1787, con el propósito de evitar que los congresistas de los estados esclavistas sean sobrepasados en número por los representantes del norte, el sistema establece para cada estado un número fijo de votos igual al de la suma de sus congresistas y senadores. Así, mientras que el 48.2 % del voto por Clinton se tradujo en sólo 227 “votos electorales”, con el 46.1% Trump obtuvo 304, 34 votos por encima de los 270 requeridos para adjudicarse la elección. En las condiciones sociales y demográficas actuales el sistema de colegios electorales favorece a los estados del centro del país con mayoría de población blanca, conservadora y de edad avanzada. Mientras que el estado de Wyoming con algo más de medio millón de habitantes tiene tres votos electorales, el de California, con cerca de 40 millones de habitantes tiene 55 votos electorales. Lo cual significa que un voto electoral de Wyoming, de una población abrumadoramente blanca, equivale a 3.1 votos de California, el estado con una de las poblaciones racial y étnicamente más diversas de todo el país.


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El gabinete

A escasos días de que Trump asuma la presidencia, los nombramientos en posiciones claves de gobierno no dejan lugar a ninguna duda de la dirección que tomará su administración. Se trata de una suerte de “dream team” de la derecha más reaccionaria y conservadora, conformado por un variado grupo de generales, empresarios de la industria de combustibles fósiles, ideólogos antigobierno, banqueros y financistas de Wall Street. Lo componen, en su gran mayoría, hombres blancos y billonarios cuyas fortunas en conjunto ascienden a más de 14 billones de dólares, 50 veces más que el primer gabinete de George W. Bush, bautizado por la prensa en aquel entonces como el “equipo de millonarios”. La elección de individuos estrechamente vinculados a las elites de poder político y económico que desde los directorios de Wall Street y desde los corredores de poder de Washington D.C. han gobernado coloca a Trump en contradicción con sus promesas electorales antielitistas que electrificaron a sus votantes.

Como encargados de la dirección de puestos cruciales de la política imperial estadounidense, Trump ha nombrado cuatro ex-generales con experiencia de combate en los recientes conflictos bélicos en Oriente Medio. Un hecho sin precedentes para un país que se jacta de tener sus fuerzas armadas bajo estricto control civil. El nominado a la Secretaria de Defensa es el ex-general James Mattis, conocido como “Perro Loco” (Mad Dog) por su temeridad en el combate y su deleite en eliminar combatientes talibanes. Como Secretario de Seguridad Nacional, que entre sus funciones se encuentra el control de las fronteras, el seleccionado es el ex-general John Kelly, veterano de la ocupación de Iraq, ex-comandante de la prisión de Guantánamo y del Comando Sur, encargado de las actividades militares estadounidenses en Centro y Sur América. El general Michael Flynn, uno de los más fervientes y fieles partidarios de Trump, ocupará el puesto de Asesor de Seguridad Nacional. Removido de la dirección de la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa por difundir información falsa acerca de la propagación de la legislación islámica en el país, Flynn considera al islamismo no como una fe, sino como una ideológica política que, en su entender, estaría conduciendo una “guerra mundial” en contra de los Estados Unidos.

La presencia de estos halcones anti-islámicos al frente de la poderosa y agresiva maquinaria militar estadounidense no solo intensificara la situación de guerra permanente en el Oriente Medio sino que además presenta una seria amenaza para los derechos democráticos y el bienestar de la gran mayoría de ciudadanía estadounidense. Estos hombres también tendrán bajo su control la vasta red de inteligencia doméstica creada en las postrimerías de los ataques terroristas del 11/9, que en los últimos años ha multiplicado exponencialmente sus poderes y prerrogativas para vigilar, espiar y castigar a la ciudadanía, medios y organizaciones de la sociedad civil.

Las dos posiciones más importantes de su equipo económico han sido encargadas a banqueros de Goldman Sachs, el banco de inversión más grande del mundo que fuera durante la campaña electoral el blanco favorito de Trump debido a sus jugosas contribuciones a la campaña de Hillary Clinton. Steven Mnuchin, el nuevo encargado del Departamento de la Tesorería y proveniente también de Goldman Sachs, destacó asimismo como financista de la industria cinematográfica, otro de los blancos favoritos de la retórica anti-élite de Trump. Su multimillonaria fortuna proviene sin embargo de sus “inversiones buitre” en la compra de casas hipotecadas y del desalojo de miles de personas. Su principal objetivo será el de implementar un drástico recorte de los impuestos a las grandes corporaciones del actual 35% al 15% prometido por Trump. Manteniendo la tradición de anteriores presidentes tanto republicanos como demócratas la dirección del Consejo Económico Nacional recaerá nuevamente en un banquero de Goldman Sachs, en esta ocasión su propio presidente Gary Cohn.

Sus dos asesores más cercanos Reince Prebius y Stephen Bannon, Jefe de Personal de la Casa Blanca y Jefe de Estrategia respectivamente, encargados de la coordinación de la agenda y de la relaciones políticas diarias de la casa presidencial, también son hombres de Goldman Sachs. Graduado de la Universidad de Harvard y ex-oficial de la marina Bannon es además director ejecutivo del portal de extrema derecha Breibart News. Bajo su dirección, este se convirtió en el más importante medio de expresión de la variopinta constelación de formaciones blancas supremacistas, antisemitas, racistas y neo-fascistas de la extrema derecha de todo el país. Reconfiguradas y sanitizadas como derecha alternativa (alt-right) se han fijado como objetivos la preservación de la “identidad blanca,” la defensa de los “valores occidentales” y su oposición al multiculturalismo.

Representantes de la industria de combustibles fósiles también ocuparan posiciones claves en el gobierno de Trump. La Secretaría de Estado, encargada de la política exterior, estará en manos de Rex W. Tillerson director ejecutivo de ExxonMobil y uno de los más grandes magnates petroleros del mundo cuyas inversiones en Rusia, Siria, Ucrania, Yemen en más de una ocasión han entrado en conflicto con los intereses geopolíticos estadounidenses. Otro petrolero, Rick Perry ex-gobernador de Texas y uno de los contrincantes de Trump en las elecciones primarias será el encargado del Departamento de Energía. Partidario de la eliminación de toda regulación de las emisiones de dióxido de carbono y del “fracking” (sistema de extracción de gas y petróleo por fraccionamiento hidráulico) durante su campaña abogo por la eliminación del Departamento de Energía. Scott Pruit nominado a la dirección de la Agencia Protección Ambiental también es partidario de la eliminación de la agencia que tendrá a su cargo. Como procurador de justicia del estado petrolero de Oklahoma se opuso sistemáticamente a todas las medidas de Obama para contener las emisiones de gases invernadero generadas por la combustión del carbón utilizado por las plantas de energía. Pruit es además uno de los personajes que con más vehemencia niegan las explicaciones científicas del cambio climático.

El resto de su gabinete lo conformarán personajes cuya vida pública ha sido dedicada a combatir tanto los programas sociales como los derechos civiles y democráticos de trabajadores y sectores más vulnerables sea por su condición racial, étnica o sexual. Andrew Puzder, el ejecutivo de una cadena de comida rápida nombrado como Secretario del Trabajo, es enemigo declarado de los derechos laborales y se opone vehementemente al aumento del salario mínimo. La Secretaria de Educación estará a cargo de Betsy DeVos, la filántropa billonaria y líder de la campaña por la privatización de la educación pública. La Secretaria de Salud estará a cargo de Tom Price, congresista por el estado de Georgia y cirujano de profesión, ardiente opositor del programa de salud de Obama que estableció el seguro de salud obligatorio y partidario de la privatización del programa de seguro de salud público para adultos mayores. El neurocirujano Ben Carson, encargado de la Secretaria de Vivienda y Desarrollo Urbano, y el único afro-americano en el gabinete, considera innecesarios los programas sociales y la vivienda pública –que favorecen sobre todo a las poblaciones minoritarias– por considerarlos instrumentos de intervencionismo estatal que generan “dependencia.”

Finalmente quien mejor encarna la vocación anti-democrática, anti-popular y racista de lo que será el gobierno de Trump es Jeff Sessions, el derechista Senador de Alabama nominado como Procurador de Justicia. Uno de los más fervientes promotores de legislación anti-inmigrante y políticas de austeridad es también considerado por sus colegas como el miembro más islamofóbico, homofóbico y misógino del senado. Antes de entrar a la política electoral debido a sus comentarios racistas, actitud condescendiente hacia el Ku Klux Klan y sus declaraciones en contra de organizaciones de derechos civiles como “organizaciones de inspiración comunista”, su promoción de juez estatal a juez federal fue rechazada por el senado.

Por donde se le mire la elección de Trump representa un hecho sin precedentes en la historia de los Estados Unidos. Sus propuestas políticas suponen una seria amenaza tanto para el medio ambiente como para el orden internacional, la estabilidad del orden democrático-liberal estadounidense, los intereses de la clase obrera y capas medias incluyendo los de los sectores rurales y de clase de trabajadora blanca que votaron por Trump encandilados por su retórica populista en contra de las elites políticas de ambos partidos y los grupos de poder económico y financiero. Considerada en el contexto global, la elección de Trump se constituirá en factor de profundización de la múltiple crisis ambiental, económica y política global. Más que una solución a la crisis política de representación y a la creciente desigualdad socio-económica, racial y regional, las políticas de Trump intensificarán la crisis. Una encuesta reciente del Pew Research Center indica que un creciente número de votantes, tanto demócratas como republicanos, presiente que sus políticas provocaran fuertes conflictos políticos y raciales, así como también aumentaran la discriminación en contra de las mujeres, minorías étnicas, raciales y sexuales, musulmanes y homosexuales. La mayoría de los encuestados también creen necesaria la regulación ambiental; consideran que debido a sus buenos hábitos de trabajo los inmigrantes fortalecen la economía del país; y sobre favorecen la expansión de la cobertura del seguro de salud creado por Obama y que los legisladores republicanos amenazan con eliminar.

Si bien con la nominación de su gabinete Trump ha dado una clara señal de la naturaleza reaccionaria de su gobierno el futuro se ve bastante incierto. Algunas de sus promesas electorales y de sus políticas delineadas hasta este momento no son bien vistas ni por su base electoral ni por importantes sectores del liderazgo republicano. De otro lado como en ningún otro momento en la historia política reciente de este país desde hace unos años se viene gestando una importante movilización social que incluye una diversidad de fuerzas y sectores sociales galvanizados por las políticas de austeridad, inequidad, exclusión y contaminación ambiental profundizadas por las políticas neoliberales, de libre comercio y globalización impuestas por la complicidad de demócratas y republicanos

Desde el día de la elección a la fecha las manifestaciones y acciones ciudadanas de rechazo a Trump y al antidemocrático sistema de colegios electorales se han convertido en fenómeno cotidiano. En un hecho sin precedentes las autoridades municipales de las ciudades más grandes del país se manifestaron en defensa de los derechos de sus ciudadanos inmigrantes –con o sin papeles- musulmanes y homosexuales. Las manifestaciones de mayor número fueron las impulsadas por los movimientos sociales de mayor relevancia de estos últimos años: Black Live Matters, surgido entre jóvenes afroamericanos en repudio a la violencia policial; el movimiento por Salario Minimo de 15 dólares que agrupa a trabajadores documentados y no documentados en los sectores de servicios peor pagados; Dreamers (soñadores) formado por jóvenes inmigrantes hijos de padres indocumentados. A estos se han plegado el movimiento sindical y sobre todo el movimiento ambientalista que actuando en conjunto durante los tres últimos años dieron forma a una amplia coalición de fuerzas y sectores en oposición al TPP.

Tomadas en su conjunto estas movilizaciones – y durante el proceso electoral la campaña de Bernie Sanders así como la del minoritario Partido Verde– han cumplido un rol importante en la gestación de las fuerzas político sociales del campo progresista, izquierdista y popular. Fuerzas que ante la paralización del partido demócrata, junto con algunos comentaristas y medios alternativos, se han constituido en la oposición más visible y militante en oposición al presidente electo.

Con el partido demócrata en crisis la mayor responsabilidad de gestar una oposición que esté a la altura de las circunstancias está en manos de la heterogénea y desarticulada constelación de fuerzas progresistas que tendrán que superar sus diferencias y secular sectarismo para enfrentar un gobierno de vocación autoritaria y envalentonado con el giro a la derecha acicateado por la desigualdad, exclusión e incertidumbre creadas por el fracaso de las políticas, el descontento e irritación ocasionados por la austeridad de la capitalismo neoliberal, sus guerras coloniales y el desastre ambiental de su régimen energético. Por desgracia y por fortuna, más que una ficción una dura realidad. Momentos de crisis también representan oportunidad. Oportunidad de pensar y crearnos una realidad nueva y diferente.

Texto y fotografía por Gerardo Rénique



Acerca de

Gerardo Rénique es peruano, neoyorquino y oaxaqueño. Doctor en Historia por Columbia University y profesor en City University of New York. Son muy conocidas sus investigaciones sobre el movimiento antichino en Sonora.


'El fenómeno Trump: entre la ficción y la realidad' 1 comentario

  1. enero 18, 2017 @ 1:42 pm pamela corella

    Excelente!!!!

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