De Uruk a Cócorit. Una reflexión sobre las fundaciones


Las ciudades, los pueblos, el sedentarismo, surgieron junto con la agricultura. Aunque todavía no queda claro cuál de los dos componentes consolidó el proceso. Los primeros asentamientos se dieron en lo que ahora llamamos Medio Oriente, hace casi diez mil años, pero las primeras historias fundacionales son de hace apenas cinco mil años, como la de Uruk, en Mesopotamia.

Enmerkar se convirtió en rey de Uruk cuando su padre, hijo del sol, se perdió en el mar. Enmerkar reinó por 420 años y construyó una ciudad alrededor del fuerte que había fundado su padre; construyó también la Casa del Cielo para Inanna, diosa del amor y la fertilidad, conocida por los Babilonios como Ishtar y origen del nombre hebreo Esther, que todavía usamos. Esta historia la conocemos por el registro en tabletas de arcilla hace apenas 4,100 años y Enmerkar habría pasado el trono a su caudillo Lugalbanda, que después de 1,200 años de reinado pasó el trono a su hijo Gilgamesh, de quien nos hablaban en la secundaria.

Los pueblos sedentarios tienen una relación fundamentalmente distinta con el mundo respecto a los pueblos nómadas. Las ciudades consolidan no solo los edificios sino que influyen en cosas como el tratamiento a los muertos o las estructuras políticas, como demostró Pierre Clastres en su análisis de los pueblos amazónicos.

Las ciudades se perciben como el espacio del orden, no solo urbanístico, sino social, las jerarquías se solidifican, el patriarcado se consolida, las tradiciones se modifican para explicar nuevos arreglos que incluyen o permiten la explotación de unos sobre otros y otras. La vida anterior de cazadores recolectores se convierte en una imagen especular, distorsionada, de la vida propiamente humana; los nómadas son salvajes, diabólicos, violentos, sucios, feos y un largo etcétera.

Rómulo, fundador mítico de Roma, labra un surco para marcar los límites de la ciudad. Su hermano Remo lo salta burlándose de sus pretensiones y es sacrificado a las leyes de la nueva ciudad, que a pesar de varios incendios, invasiones, saqueos y destrucciones, se conoce como la Ciudad Eterna.

Apelar a una figura fundadora es construir en el discurso una justificación del orden social que habita y mantiene las ciudades. Enmerkar, nieto del sol, construye una casa para la diosa, lo que justifica sus demandas de tributo a sus vecinos según cuenta la leyenda.

Rómulo es no solo el fundador de Roma sino el primer garante de la ley, la domesticación de la violencia en nombre del Estado, la ley por encima de los lazos familiares que lo unen a su gemelo.

Siguiendo en el Mediterráneo, las ciudades griegas, muchas de ellas establecidas en valles estrechos o pequeñas islas, periódicamente debían enviar fuera grupos de población a fundar nuevas ciudades conocidas como colonias. Como estos colonos se establecían en tierra de bárbaros, nómadas o sedentarios, a veces tenían que luchar por su sobrevivencia.

Homero relata en la Odisea (Odisea 6,7) como Nausítoo, hijo de Poseidón, condujo a los feacios hasta la isla de Esqueria (Corfú), lejos de los Cíclopes, donde se establecieron. Construyó un muro alrededor de la ciudad, edificó casas, erigió templos a los dioses y repartió las tierras.

Además de los elementos ordenadores del espacio interno e inmediato de la ciudad: muralla, templos, casas y parcelas característicos de las fundaciones urbanas, aparece el héroe que funda la ciudad para resolver una crisis, en este caso la amenaza de los cíclopes.

Desde la época arcaica (siglo VIII AC), los distintos pueblos acuden tanto al relato mítico como al testimonio material de las tumbas megalíticas para defender su derecho al territorio que ocupan frente a sucesivas oleadas de migrantes, no siempre pacíficos.

Con las colonias griegas pasamos del fundador mítico al hecho más o menos histórico de Teseo, vencedor del Minotauro, unificador del Ática y fundador de Atenas. Después a Oikistés, oficial encargado de gobernar y defender la nueva ciudad y de transportar y enterrar un puñado de tierra de la metrópoli como semilla civilizatoria en el nuevo territorio. Luego a Battus, fundador de Cirene en el norte de África en 638 AC con un grupo proveniente de Thera, en Creta, por orden del oráculo de Delfos durante una intensa sequía.

“Pero la colonización implica un acuerdo y una organización. No tiene nada que ver con la emigración que se produce sin consulta ni respaldo. Así, nos encontramos ante la paradoja de que el movimiento colonial tuvo que ser responsable en parte de la idea de ciudad-Estado al forzar la definición de las normas de convivencia, los derechos y deberes de los segregados, de los colonos de la nueva ciudad, y al esbozar la relación que se establecería entre la o las metrópolis y la colonia”, (Azara, 4).

Con la consolidación de la escritura en el siglo VI AC surgen los relatos fundacionales como género literario, el cual será ampliamente recogido por Homero y luego por Herodoto, Tucídides y Estrabón. El esquema narrativo compartido por todos los relatos griegos -el cuento de la fundación- para algunos autores respondería a un género de tipo colonial, y sería comparable al de otras colonizaciones porque contiene una serie de metáforas del proceso de apropiación del nuevo territorio. Colonizar se entiende como acto de purificación, de civilización y de fusión de comunidades distintas. (Azara, 5)

Los mitos de fundación colonial o de origen cosmogónico para los asentamientos más fijos, como Atenas, son no solo justificaciones del control territorial, sino explicación de cómo el hecho fundador resuelve un conflicto previamente existente. Alejandro Magno es todavía objeto de memes dada su propensión a fundar ciudades con su nombre o refundarlas para poder bautizarlas como Alejandría. Además de la famosa y todavía populosa Alejandría de Egipto, sobrevive una veintena de las setenta ciudades a las que impuso su nombre, desde Afganistán donde existe todavía Kandahar (Iskandahar/Iskander(Aleksander), hasta Uch en Pakistán, fundada como Alejandría en el Indus con un contingente de veteranos tracios.

(…)

Pero pasemos al tema de Cócorit antes de que nos perdamos en las oscuras y espesas aguas del análisis mitológico

Cócorit ha tenido por lo menos cuatro fundaciones, de las dos primeras no ha quedado rastro discursivo o relato mitológico y persiste solo la terca toponimia, que proviene de Ko’okoi (chiltepín).

La primera población humana, de cazadores recolectores, organizó, podemos suponer, la ocupación y un uso de los recursos naturales del territorio alrededor del río: la pesca, las pitayas, las péchitas, las áreas de caza y las zonas estacionales de recolección.

La adopción de la agricultura permitiría el establecimiento de poblaciones de carácter más permanente, la elemental concentración de casas y templos y una distribución de parcelas que vimos aparecer en Uruk antes de las murallas. Estos son los pobladores que encontrará Diego de Guzmán, organizados para plantearle pelea, encabezados y representados por un líder capaz de hacerlos retroceder.

La tercera fundación de Cócorit, en el sentido de regulación del territorio y su ocupación, ocurre en 1617, casi un siglo después de los primeros contactos con los cazadores de esclavos, náufragos y buscadores de ilusiones del siglo XVI.

El mito, otra vez al igual que los griegos, habla de un conflicto creciente, esta vez entre españoles e indios, que provoca epidemias y desorden que deben ser resueltas por un héroe, que portador de un nuevo orden establecerá un régimen de organización territorial y del trabajo que sobrevivirá dos siglos y medio.

Andrés Pérez de Ribas se presenta como el personaje central de su propia narrativa en la Historia de los triunfos de nuestra santa fe entre las gentes más bárbaras y fieras del nuevo orbe: conseguidos por los soldados de la milicia de la Compañía de Jesús en las misiones de la Nueva España.

Cual héroes griegos Pérez de Ribas y Tomás Basilio reordenan las comunidades, bautizan multitudes, convierten muchedumbres bárbaras y fieras no solo en buenos cristianos sino en leales súbditos del rey y laboriosos trabajadores de las minas, navegantes y pescadores de perlas, a pesar de los obstáculos que un medio inhóspito y las tretas del demonio omnipresente les ponen a cada paso.

A nivel local se ha discutido si la fundación de Pérez de Ribas ocurre en la primera visita del misionero al pueblo de indios en el que decide agregar a la toponimia una advocación cristiana, en este caso nada menos que el Espíritu Santo o cuando legalmente se reorganiza el territorio y como los héroes míticos, se construyen casas, templos, murallas y se distribuyen parcelas y cargos civiles y religiosos.

Algo de razón lleva el arquitecto Francisco Sánchez López, pero cada comunidad es libre de elegir la fecha que desea celebrar y cómo hacerlo. Al igual que las parejas que eligen entre varias posibilidades un aniversario para celebrar mes a mes y luego cada año: la primera cita, el primer beso, el matrimonio civil o el religioso.

“Analicemos el hecho de hacer partir la historia local desde la acción jesuita, desdibujando la participación de los pobladores indígenas”

Pero analicemos el hecho de hacer partir la historia local desde la acción jesuita, desdibujando la participación de los pobladores indígenas, reduciéndola a los papeles de adversarios y comparsas de la acción de los misioneros.

Recordemos el carácter político-económico-religioso de la empresa colonial que se encarna en las misiones como mecanismo de organización del trabajo indígena, de conversión cultural y religiosa y de control del territorio y de extracción de excedentes materiales, comerciales y de trabajo humano.

Cuarta y última fundación

A fines del siglo XIX se refundará Cócorit como colonia agrícola-militar, como parte de un nuevo proyecto de organización y ocupación del territorio relacionada con una de las etapas más cruentas de las guerras del yaqui.

No es esta una refundación que despierte el ánimo celebratorio o siquiera conmemorativo, por su relación con la evidencia directa del expolio territorial base de la organización actual de tierras; de las que, a pesar de mutilaciones, decretos y amparos, sigue sin concederse a los indios los justos títulos que les reconocieran los teólogos del siglo XVI. (cf. caso gasoducto).

A cuatro siglos de la llegada de Andrés Perez de Ribas y Tomás Basilio hace falta no solo historiar en el sentido de establecer acuciosamente los hechos, las fechas y los lugares concretos, sino también historizar, en el sentido de problematizar y hacer las preguntas y declaraciones incómodas sobre las fuentes.

Las misiones son un proyecto impuesto a una población previamente existente, mayor o menormente negociado, que no solo busca la conversión religiosa sino el encuadre en el esquema de control del trabajo de los indios como vasallos del rey en una posición subordinada a la de los religiosos, los funcionarios reales, los colonos españoles e incluso las castas que formaban el grupo de capataces e intermediarios en la sociedad colonial.

El proyecto misional está muy lejos e incluso en directa confrontación con el proyecto constitucional moderno, de una nación laica, democrática, formada por individuos iguales ante la ley, portadores de derechos, pluricultural y multilingüe.

Con todo, el episodio tiene aspectos que vale la pena rescatar, en vez de abandonarlo como Amfípolis, ciudad griega que al ser conquistada por los espartanos decide abandonar el culto de su primer fundador ateniense. En 1617 destaca el rol de las mujeres yaquis como intermediarias e interlocutoras, representantes ante las autoridades españolas, rol que la posterior organización misional les reducirá al mínimo y el hecho de ser un proceso negociado después de una victoria militar de los indios.

Por José René Córdova Rascón*

*Una versión preliminar de este texto fue presentada como ponencia en el XI Foro de las Misiones del Noroeste de México. Origen y destino, el 6 de octubre de 2017.

Comercial: hoy jueves a las 5.40pm Rene Córdova y Ana Hilda Ramírez presentan ponencia en El Colegio de Sonora: “Del exterminio, recuperación y reconstrucción de la sociedad comca’ac: resistencia y resiliencia”.



Acerca de

José René Córdova Rascón es Antropólogo Social por la ENAH, maestro en Salud Pública con especialidad en Políticas Públicas por la Universidad de Arizona en Tucsón, director de Espacios Expositivos, S.C. y curador externo de la nueva exposición permanente del Museo Comcaac (antes Museo de los Seris) en Bahía de Kino, Sonora. Contacto: rrenecordova@gmail.com


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