De películas incompletas


Tratar de explicarle a las personas ajenas a mi trabajo lo que hago es como tratar de explicar la diferencia entre el rojo y el rosa a un daltónico. Casi imposible, lleno de confusiones, malentendidos y frustración. Es por eso que evito decir a qué me dedico cuando recién conozco a una persona. Pero cuando me encuentro en la disyuntiva de explicarlo, siempre tengo tres respuestas que voy intercalando según las reacciones de mis interlocutores. La primera que uso es la de: “Soy activista ambiental”. Para esto la respuesta común y hasta cierto punto razonable es “¡Ah! ¿Como los de Greenpeace?” entonces yo tengo que responder que no, no como los de Greenpeace, que mi trabajo como activista consiste en dar acompañamiento técnico a comunidades que están siendo afectadas por algún megaproyecto, principalmente en tóxicos, agua o residuos que son los temas que yo manejo. Esta respuesta la mayoría de las veces tiene dos reacciones. El que me ve con cara de no entendí nada pero se queda callado (a estos les agradezco enormemente), o el que parece que no me escucha y me vuelve a preguntar. “¿Y no les da miedo hacer lo que haces? Es decir, subirse a los edificios a colgar mantas es peligroso.” Entonces yo pongo la cara de no entender y me quedo callado, esperando que la conversación se dirija a otro tema. Nunca pregunto a qué se dedican, sin preguntarlo me lo dirán.

 

Mi segunda respuesta, que es para mí la que define mejor mi trabajo, es un concepto que nació en los Estados Unidos a principios de la última década del siglo pasado. Soy un organizador comunitario. Es decir, ayudo a las comunidades que luchan contra un megaproyecto a organizarse con todo el apoyo técnico basado en la mejor ciencia posible, apoyado con distintas formas de educación popular. Sin embargo desde el boom de las redes sociales, la iniciativa privada y algunas de las organizaciones ambientales transnacionales -como Greenpeace por ejemplo- han acuñado este término para referirse a los responsables de administrar sus redes sociales -Facebook, Twitter, Instagram, etc., etc.- así que ahora ante esta respuesta mía de ser organizador comunitario, nunca faltan los que me dicen “Qué bien, o sea que te la pasas todo el día en el Facebook. Qué suave, yo quiero un trabajo así” Aquí también no me queda otra más que poner cara de que no entendí y quedarme callado.

 

La tercera, y que sólo aplico cuando estoy con mi hija es “Soy ambientalista”, y a ritmo de nuestras bocas tratando de escucharnos como dubstep nos ponemos a bailar. A la fecha nadie me ha dado una respuesta a esta acción. Sospecho que piensan que no trabajo o les parece muy grosera la actitud. Pero a nosotros nos divierte.

 

Pero la mejor respuesta a esto la ha dado mi hija hace unos tres años atrás cuando su profesora le preguntó a qué se dedicaba su papá. Ella contestó: “No sé, trabaja en la computadora, luego tiene reuniones y se va” Sospecho que a la profesora que escuchó esta definición no solo no le quedó muy claro a qué me dedico, sino que le ha de haber parecido muy sospechosa mi actividad. Pero a fin de cuentas es lo que hago. Al menos lo que ella alcanzaba a ver hace unos años atrás. Ahora su respuesta podría ser mucho más amplia, pero prefiere decir: “Ambientalista” y ponerse a bailar.

 

En algo tiene razón mi hija. Trabajo en casa. Hace años que no tengo oficina, armo mi agenda con las comunidades, me subo al autobús y me acomodo a viajar entre dos y cinco horas. A veces más a veces menos, pero es el promedio. Tengo ya algunos años haciendo esto y he intentado de todo para que el viaje en autobús sea lo más placentero posible. Desde leer, escuchar música, dormir, trabajar en mi laptop.

 

A veces funcionan estos remedios que aplico de manera aleatoria, otras veces no y me tengo que conformar con ver la selección de películas que el amable chofer pone a nuestra disposición. El cine es una de mis pasiones. Me gusta mucho y lo disfruto mucho. Mis mejores amigos los he hecho gracias al cine. Aunque este sea en vídeo. Sin embargo no soy nada pretencioso y puedo ver sin culpa la segunda parte de Marley and Me,  la cuarta parte de Dr. Doolite o incluso Crepúsculo -lo siento he visto algunas pero no sé ni el orden ni las partes que he visto- el problema radica más allá. El problema es que mis viajes son todos de películas incompletas. Aunque tenga la oportunidad de ver una de principio a fin -me ha pasado pocas veces- siempre me perderé el final de otra. En los últimos cinco años tengo una colección de películas a medio comenzar o medio terminar que corren el riesgo de ir en aumento. En muchos casos logro saber el nombre, principalmente si la película me interesó y la trato de conseguir con mi vendedor. Así lo hice con una película infantil francesa que se llama El pequeño Nicolás, u otra que en español le pusieron Enemigos Inseparables también francesa, que no son grandes películas pero me hicieron pasar un buen rato.

 

Algunas otras que no se ni el título, ni el año. Nada. Pero me he quedado con la curiosidad de saber el fin. ¿Alguien sabe cómo se llama una película donde sale Tom Hanks y Julia Roberts? Ella profesora de un Comunity College, el era alumno del mismo. O una -también con Tom Hanks- sobre el 9/11 y un niño autista. Son de las dos que recuerdo en este momento que me hubiera gustado ver hasta el final. The Darkest Hour me hubiera encantado no verla hasta el fin, al igual que Man of Steel pero uno no corre con tanta suerte.

 

Pero no están sólo las películas en estos viajes, sino que cada línea de autobuses tiene su propio género. Por ejemplo. Flecha Roja tiene una obsesión con documentales de National Geographic o películas de súper héroes. He visto Elektra cerca de veinte veces y aun no sé cómo termina. Me sé de memoria la construcción del Canal de Panamá que estoy seguro puedo reconstruirlo con los ojos cerrados, siempre y cuando tenga al narrador del documental en unos audífonos para estarlo escuchando. Si viajas en Autobuses Pegaso solo verás películas infantiles, su mayoría de DreamWorks; sospecho que es la cantidad de películas que tiene esta casa productora. Aunque gracias a ellos pude ver el fin de la segunda parte Lluvia de hamburguesas;  Autobuses La Herradura es un poco más “adulta” y puedes ver todo el cine de terror que nadie quiere ver, como Actividad Paranormal no sé si todas, una, no sé, aun no encuentro la diferencia. También puedes ver teenage movies para adultos contemporáneos como Harry Potter, El señor de los anillos y hasta Crepúsculo, ninguna se en qué termina y aún no encuentro la diferencia entre una y otra. Excepto en El señor de los anillos, que como buen nerd leí el  libro. Igual que The Hobbit, la nueva adquisición de esta línea.

 

Si el hecho de no conocer el principio o el fin de muchas películas, decenas me atrevería a decir, nunca falta el pasajero que decide que además de la pequeña pantalla donde tenemos que ver la película con un sonido del carajo, él quiere escuchar su música a todo volumen. Si no has visto la escena de sexo entre los protagonistas de Crepúsculo con el Komander de fondo, aun te falta mucho por conocer de México. Si te atreves a decir algo, te verá con cara de poco amigos y le subirá más a la música. Eso sí,  la pelea de los osos en Valiente  al ritmo de Jesse y Joy no tiene desperdicio alguno.

 

No todo en el viaje es malo. A veces en el camino se suben las vendedoras de flor de calabaza que van rumbo al mercado a dejar su producto y el olor hace que el viaje sea confortable. Otras, tu compañero de asiento puede ser un viejo que tiene más interés en platicar sobre cómo las temporadas de lluvia se han vuelto locas desde hace años y olvidas lo que transmiten en la pequeña pantalla unos asientos frente a ti. Cuando te pregunta a qué te dedicas. Es mejor decir “profesor”, él entenderá sin que le digas más. Incluso te platicará lo mal que está el gobierno en su comunidad y lo que sufre la gente por el deterioro del tejido social. Lo siento sociólogos y antropólogos, este concepto lo conocen en las comunidades desde hace años. No lo acabamos de inventar. Eso hace bueno el viaje. Si mi compañero se baja antes intentaré retomar el hilo viendo cómo Jack Reagan pierde a todo su equipo mientras me pregunto quién carajos es Jack Reagan y porqué los ingleses deciden que un viejo gordo y feo sea el protagonista de la película teniendo a Hugh Grant para eso. En fin.

 

Cuando era pequeño y le tenía miedo a los fantasmas, mi madre me decía que no había que temer, que cuando uno muere regresa sus pasos, solucionando asuntos pendientes. Estoy seguro que de seguir así, cuando muera, tendré que regresar para ver muchas películas que he dejado incompletas. Una tarea larga le espera a mi fantasma. Aunque bastante divertida debo de confesarlo.

 

Por Jorge Tadeo Vargas

En la imagen, los pasajeros del maratónico viaje Ciudad de México-Hermosillo disfrutan -o padecen- Blue Jasmine (Woody Allen, 2013), la cual vieron completa una y dos veces.

Fotografía de Benjamín Alonso

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Acerca de

Jorge Tadeo Vargas es un activista empedernido. Cree que el mundo puede ser otro y hace por ello. Tiene, pues, la mala costumbre de la congruencia. Más que de Baja California, Sonora o EdoMex, es un hombre de mundo.


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