Crónica de una deportación anunciada


Una parte importante de mi trabajo implica viajar. Los que me conocen saben que no es algo que me agrade mucho; principalmente cuando se trata de los viajes que tengo qué hacer como parte de mi «activismo aristrocrático», como una buena amiga lo clasificó. Es decir, cuando por distintos motivos relacionados a mi trabajo me toca viajar al extranjero. Eso que le llama alterturismo o turismo activista. No me gusta mucho pero tampoco me desagrada. Me da la oportunidad de valorar lo que hago y conocer distintas luchas a nivel global. Además que me permite llevar las resistencias mucho más allá.

 

Estos viajes generalmente son muy accidentados, principalmente cuando viajo a los Estados Unidos y tengo que lidiar con todo el embrollo del Homeland Security y su paranoia. Conozco cada oficina de migración de las ciudades que he visitado. Debo aclarar que a pesar de mi pinta de irakí recién liberado de Guantánamo, soy un buen tipo que lo único que busca es destruir el sistema que no funciona para el 99 por ciento de la población mundial, ¿Qué tiene de malo eso? No es que sea un banquero o un ejecutivo de alguna corporación, mucho menos un empleado de alguna Institución Financiera Internacional o político de algún partido o de un gobierno. Esos son los verdaderos terroristas.

 

Todo comenzó con una invitación a participar en una reunión continental sobre cambio climático en una de las tantas redes en que colaboro. Abro un paréntesis para dejar claro que uso la palabra colaboro pues no recibo dinero por mi trabajo, salvo de vez en vez la oportunidad de viajar a ciertos eventos. Cierro el paréntesis.

 

El evento a celebrarse en el sur de los Estados Unidos, territorio muy dañado por el modelo extractivo, con sus proyectos de extracción minera principalmente de carbón, se presentaba como una ocasión interesante para compartir experiencias, participar en discusiones, talleres, mesas de trabajos…. todo esto con personas y organizaciones trabajando el tema de Justicia Climática. Eran tres días alejados de la comodidad y el confort que nos ofrece el sistema que queremos derrocar. En contacto con la naturaleza. Un evento que para mí comenzó mal.

 

Mi día dio inició a las dos de la mañana, preparando café y esperando al taxi que me llevaría a tomar el autobús rumbo al aeropuerto. Mi vuelo era a las siete de la mañana, así que tenía que estar haciendo el check in a las cinco de la mañana. Vivo a una hora y media de camino. Tenía que salir temprano.

 

Primer error: compré mi boleto para la terminal uno. Mi vuelo salía de la terminal dos. Lo corrijo antes de llegar y llego a tiempo para documentar sólo para enterarme que el vuelo está demorado y no saldrá sino hasta las nueve de la mañana. Pienso positivo. Tendré tiempo para cambiar unos pesos a dólares. Mi vuelo de conexión -dicen en mostrador- está cubierto. Nada de qué preocuparme. Aún. Ya en la puerta de abordaje nos avisan que el vuelo demorará una hora más. Al final salimos a las diez y media. Mi pesimismo comienza a ganar la batalla contra el pobre optimista que generalmente llevo dentro, muy escondido en mi ser.

 

Ya en el avión, encuentro que es de esos muy modernos con un “sistema de entretenimiento personal”, que no es sino una pantalla frente a mí con una selección de música, programas de TV y películas que al momento de encenderlo se traba y aparece en la pantalla un mensaje que dice: “Espere. Esto no debería de tardar”. Pienso que es un buen lema para la aerolínea.

 

Llego a mi primer parada, ya en territorio de EU, con media hora más de retraso de lo previsto (súmenla a las dos horas que ya tengo encima) y en la línea de migración pierdo otra media hora más. Tengo sólo treinta minutos para recoger mi maleta, pasar por revisión y tomar mi vuelo de conexión. Trato de ser positivo hasta que el oficial me hace las preguntas de rutina, toma mis huellas digitales, la foto, lo habitual.

 

Luego acerca su mano a ese incomodo teléfono negro que ya tengo el descontento de conocer y le pregunto: «¿Homeland Security Office?». Él solo sonríe mientras se acerca una persona que toma mi pasaporte, visa y boleto y me pide que lo acompañe hasta una oficina donde están otras quince personas con la misma cara de desolación que comienza a aparecer en mí. Observo el reloj y pienso que si salgo en 15 minutos aún tengo tiempo de tomar mi vuelo en conexión. Iluso. En ese momento acabé con la última pizca de optimismo que me quedaba.

 

Un oficial dice mi nombre. Me acerco a él. Se parece a Shane Vendrell de la serie The Shield, pero tiene un bigote similar al de Earl Hickey de My name is Earl. Toma algún líquido en una taza en forma de barril de cerveza mediano. Me hace las mismas preguntas que el oficial del mostrador y  me conduce a un cuarto donde me vuelve a interrogar.

 

Esta vez no está solo. Es “Shane Hickey y un afroamericano de aspecto y conducta bonachona que me pide saque todo de mi mochila. Revisan mi laptop, mi celular, un par de USB que llevo. Hojean el libro que estoy leyendo y espero que no les parezca un título demasiado contestatario (The accidental revolution: the story of Grunge), mucho menos que haya sido la razón de que todo se haya ido poniendo mucho más kafkiano.

 

Bonachón me pide que lo acompañe por mi mochila al reclamo de equipaje donde la encuentro sola, abandonada. Regresamos a la oficina, al cuarto donde “Shane Hickey” nos espera y ahora revisan mi mochila. Sacan mi ropa, mis utensilios para comer, el material anti-fracking, el anti-cementeras y los vuelven a guardar. Se llevan la mochila a la zona de conexión. Me regresa un poco de optimismo. Es posible que me vayan a soltar. Aunque francamente ya no me importa perder el vuelo. “Shane” toma mi pasaporte, mi visa, mi boleto y sale del cuarto. Le pregunto que si a dónde lo lleva y sólo me contesta: «One moment, please».  Comienzo a entrar en pánico.

 

Regresa quince minutos después, me entrega mis documentos y me da un boleto de regreso a México ese mismo día. Le comento en un mal inglés -que empeora con el nerviosismo- que yo no voy a México. Que estaré hasta el lunes en un campamento de cambio climático. Su respuesta es: «Nou, today you go to México». No hay nada más qué decir.

 

Bonachón me acompaña hasta la sala de abordar. Ya van 16 horas de viaje y todavía no como nada. Excepto un café y unas galletas en el vuelo. Ubico la zona de comidas y me devoro un Philly Cheseesteak. Lo mejor que me ha pasado en el día. Mi vuelo sale a las siete y veinticuatro, de nuevo en un avión de regreso a casa en menos de veinticuatro horas. En el avión el capitán da un aviso. Por una falla técnica el vuelo se retrasará unos minutos más. Ya no sé si reír o llorar;  pienso que el texto de la pantalla, efectivamente es un buen lema para esta aerolínea. Los minutos se vuelven una hora. No será mucho pero llego a las once y media al aeropuerto y ya no alcanzo el último autobús a mi destino.

 

Termino de escribir mientras me preparo para una larga noche en el aeropuerto viendo un maratón de Sons of Anarchy en mi laptop. Mañana será otro día. Sólo espero que mañana sí llegue mi maleta. Ella sí alcanzó el vuelo de conexión después de su revisión.

 

 Por Jorge Tadeo Vargas

En la gráfica, vista del Aeropuerto Internacional y muy fronterizo de Tijuana. Por Benjamín Alonso

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– p u b l i c i d a d –



Acerca de

Jorge Tadeo Vargas es un activista empedernido. Cree que el mundo puede ser otro y hace por ello. Tiene, pues, la mala costumbre de la congruencia. Más que de Baja California, Sonora o EdoMex, es un hombre de mundo.


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