Christopher Robin y la filosofía Mary Poppins


Las historias sobre la pérdida de nuestros amigos de la infancia y el reencuentro con ellos, cuando se cuentan bien, bajan las defensas posibles y golpean, a punta de pura nostalgia, el corazón de la memoria. De inmediato surge la pregunta: “¿Te acuerdas cuando…?”. Y la respuesta será, casi siempre, “me acuerdo, no me acuerdo”.

Christopher Robin: un reencuentro inolvidable (Marc Forster, 2018) es la más reciente producción de Disney cuyo propósito es extender un relato previo, o varios, de la galería de entrañables personajes de ayer y hoy.  En esta película se trata de Winnie the Pooh y el resto de los habitantes del Bosque de los Cien Acres.

Si bien El sueño de Walt (John Lee Hancock, 2012), presentó el origen del clásico Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), en esta ocasión veremos lo que ha ocurrido cuando el pequeño Christopher Robin llega a la edad adulta y asume las responsabilidades que se esperan de todo buen proveedor.

En plena época de la posguerra, Christopher Robin (Ewan McGreggor) es ahora el abnegado y sumiso director de área para una industria inglesa que debe hacer frente a una economía en recesión y, por lo tanto, es obligado a aplicar recortes de personal. El asunto es serio.

Por supuesto, su absorbente empleo le ha alejado de Evelyn, su esposa (Hayley Atwell) y de Madeline, su hija (Bronte Carmichael). Exacto. Christopher Robin, el de Winnie the Pooh, se ha convertido en Mr. Banks, el de Mary Poppins. De nueva cuenta, se comprende, hay que salvarlo.

La crítica, empalagosa como la miel, al trabajo productivo pero totalitario, reaparece. En las empresas Winslow existe un villano egoísta, codicioso y explotador. Mientras Christopher Robin siga sin hacer las paces con su niño interior, sus más cercanos colaboradores estarán en peligro de ser despedidos.

Christopher Robin: un reencuentro inolvidable es una cinta que combina la acción viva con la incorporación digital de los populares monitos que aquí son de peluche.

Así, un agudo paralelismo aparece. Los muñecos presentan los estragos del tiempo. Lucen descoloridos, viejos, maltratados. Y los temerosos empleados bajo la tutela de Christopher Robin en Industrias Winslow, son el reflejo de cada uno de los personajes del Bosque de los Cien Acres.

Acaso el temperamento de las creaciones fabulosas de A. A. Milne son una sátira al comportamiento humano. El optimismo de Winnie the Pooh, el pesimismo de Eeyore – mi personal favorito –, el valor inocente de Tigger y el miedo de Piglet funcionan porque no han sido alterados. La nostalgia ha apostado todas sus fichas. Y resulta.

Quizás lo mejor de Christopher Robin: un reencuentro inolvidable son las interacciones entre Ewan McGreggor y los antiguos compañeros de la niñez, en especial Winnie the Pooh. La sabiduria accidental del osito bobito, al mantenerse pura, provoca sonrisas y una que otra lágrima, así como también la reinvindicación del globo rojo, aún en poder de Pennywise, el de Eso (Andrés Muschietti, 2017)

Hay que admitirlo, la trama no presenta ninguna vuelta de tuerca. Lo que uno espera es lo que recibe. Predecible, claro está, pero honesta. En el Bosque de los Cien Acres y en Londres, durante la posguerra, no hay antípodas. Existe un universo en balance perfecto. La realidad y la fantasía pueden mezclarse mientras tengamos a mano un poco de azúcar o miel.

Se recuerda el desenlace en Mary Poppins, en su versión cinematográfica original de 1964. El Sr. Banks (David Tomlinson) decide desafiar la frialdad de la mesa directiva del Fidelity Fiduciary Bank. A pesar de ser humillado y despedido, regresa a casa con alegría y resuelve volar una cometa junto a sus pequeños hijos: Let’s go fly a kite! Up to the highest height!

La liberación de Christopher Robin en esta película recupera la energía de Mary Poppins. Y también rescata la vieja moraleja del adulto Peter Pan (Robin Williams) en Hook (Steven Spielberg, 1991): el trabajo es importante, pero la familia es primero.

Y si los guardianes de los valores más humanos y cristianos resultan ser nuestros amigos imaginarios de la infancia, tanto mejor. En la ideología Disney, o en la filosofía Mary Poppins, el trabajo que nos aleja de la familia produce la desdicha de todos.

La felicidad es el reencuentro con el niño interior.

Eso puede ser supercalifragilísticoexpialidoso. Marx, ¿lo habría imaginado?

Por Horacio Vidal



Acerca de

Horacio Vidal ( Hermosillo, 1964 ) es publicista y crítico de cine. Ha colaborado para la prensa escrita y electrónica. Actualmente participa en Z 93FM en la emisión "Café 93" con una reseña cinematográfica semanal, así como en Stereo 100.3FM, con crítica de cine y recomendación de lectura. Y en esa misma estación, todos los sábados de 11:00 A.M. a 1:00 P.M., produce y conduce Cinema 100, el único -dicen- programa en la radio comercial en México especializado en la música de cine.


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