Hermosillo, Sonora.-

Como todos los lectores saben, y si no lo saben se los cuento, Plutarco Elías Calles abrió fuego a su gestión como gobernador de estas feraces tierras con el Decreto número 1, expedido el 8 de agosto de 1915, que a la letra dice: “Queda absolutamente prohibida la importación, venta y fabricación de bebidas embriagantes en el estado de Sonora”. Se prometían cinco años de prisión a los «infractores», tres a los “cómplices» y dos a los “encubridores”. [Archivo General del Estado de Sonora, Legajo 3045]

BRIBONES

Con todo lo que hemos escuchado y leído sobre la violencia de aquellos años revolucionarios, pero sobre todo con la forma timorata y pusilánime en la que hoy día enfrentamos fenómenos como el del covid, uno pensaría que el pueblo sonorense se alineó de inmediato a la llamada Ley Seca. Pero no fue así, ni siquiera con “avisos al público” pegados en las paredes de Cananea como el siguiente:

[AGES, 3061]

Sin embargo, eran los propios militares los primeros bribones en violar la ley, como quedó asentado el mismo diciembre de 1915: “Ha llegado a conocimiento del Ejecutivo, escribió el Secretario de Estado, que algunos militares, en su mayoría Oficiales del Estado Mayor, infringen las disposiciones dictadas sobre prohibición de bebidas embriagantes, haciendo uso de estas en las calles, plazuelas y otros lugares públicos”. “Creo que debería aprenderse a los responsables, cualquiera que sea su categoría política o militar, y consignarlos a las autoridades competentes”, dijo el segundo al mando del poder ejecutivo al Comandante Militar de la Plaza en Hermosillo. [AGES, 3045]

Empero, de lengua se comían un taco las autoridades, militares o civiles, pues en esa Cananea en la que se prometía PENA DE MUERTE a los violadores de la ley, sucedía que el mismísimo Secretario del Ayuntamiento gustaba de pasear borracho en la vía pública, como acusó el Sub Inspector de Bebidas Alcohólicas en el Estado, en oficio dirigido al gobernador en junio de 1916 [AGES, 3061]. Pa’cabarla de amolar, el burócrata detentaba ese honroso cargo “a pesar de haber sido enemigo de nuestra causa”, se lamentaba el sub inspector. Valga decir que cualquier parecido con la realidad presente, es mera coincidencia.

Pero dejemos aquí la sección dedicada a los bribones y pasemos a una más amable, la de los:

PÍCAROS

EL VACAVIEJA

Iniciemos con Antonio Palma, mejor conocido como El Vacavieja, un ocurrente de la región del Río Sonora que en años de la prohibición hizo las veces de asistente del presidente municipal de Huépac, quien cierto día le indicó:

“Mira, Antonio, te voy a pedir mucha discreción en la comisión que te voy a encomendar. Tú sabes que el general Calles dictó ley seca pa’ todo el estado y me han dicho que fulano de tal está vendiendo bacanora muy a la sorda. Tengo orden de comprobárselo y remitirlo a las autoridades superiores”. Cuentan que Antonio nomás parpadeaba al escuchar.

“Te voy a dar 50 centavos y le compras, como que no sabes nada. Te alcanza para una botella y me la traes. ¿Me entendiste? ¡Claro que sí!”, respondió el Vacavieja, asombrado de que el patrón aflojara un tostón, ya que tenía fama de muy tacaño. Y concluyó el alcalde: “Cuando tenga la prueba en mano voy a proceder contra él”.

La historia del Vacavieja procede de un relato oral registrado por el profesor Jesús Terán en este libro cuya portada acaban de ver: Me lo contaron, lo cuento, y puedo dar fe de haber leído, yo, no pocos documentos en el Archivo General del Estado sobre este método policiaco de comprar bacanora a los infractores para presentarlo como prueba acusatoria. Pero volvamos a la historia.

Nos quedamos en que el Vacavieja salió en zumba a cumplir la misión encomendada por el alcalde. Pues bien, volvió a las dos horas con los ojos colorados y tambaleante. El presidente nomás se le quedó viendo: “Patrón, no es cierto que venda mezcal este amigo. A mí me brindó unos traguitos de uno que tiene para él. Lo que sí me vendió, y a cincuenta centavos precisamente, fue este chingazo de bellotas” y le mostró un bote con tres sombreradas grandes que le había regalado el presunto criminal. De modo que la máxima autoridad del pueblo se quedó sin la prueba del delito y sin su tostón, mientras que el Vacavieja cargaba lana y borrachera…

Vale anotar que el relato recogido por el profe Terán puede ser inexacto al señalar que era válido poseer bacanora para consumo personal, como explicó el Vacavieja, pues la documentación revisada entre agosto de 1915 y principios de diciembre de 1921 indica que esto no estaba permitido. Sí, en cambio, encontré cantidad de pruebas de que en 1922 se valía tener mezcal para consumo propio y también para comerciar, siempre que se contará con permiso (pagado) de la autoridad. En ese sentido corre el caso del chino Miguel C. Valdéz, que el 16 de marzo de 1922 declaró en el Juzgado de Primera Instancia de Nogales, «que en cuanto al licor recojido (sic), fue comprado públicamente en las Oficinas de la Compañía Comercial y que no es para traficar con él sino para su uso personal» . [Archivo del Poder Judicial del Estado de Sonora, Legajo 431, Expediente número 1]

EL MOCHO VALDÉZ

Otro pícaro célebre, este más que el anterior, lo fue Emilio El Mocho Valdéz. De ese bandido me enteré por voz y letra del cronista de la sierra sonorense por excelencia, don Rodolfo Rascón Valencia, mi pariente, para quien pido un fuerte abrazo.

Me contó don Rodolfo, primero en vivo y después a través de este libro que también acaban de ver, que Emilio Valdéz era un vecino de Huásabas que perdió la mano diestra al explotarle un “trueno” y la siniestra cuando un molino de caña “se la convirtió en chorizo”, como apunta don Rodolfo. Desde entonces fue conocido como el Mocho, pero lejos de agüitarse jamás dejó de trabajar “y lo mismo manejaba un lápiz entre sus muñones, que un pico y una pala trabajando en la labor”. Era un mocho luchón, diríamos.

Pues ahí tienen que un día iba el Mocho “con un cargamento de pisto” por un camino secundario, cerca de la Colonia Morelos, abajo de Bavispe, cuando topase con la Acordada, aquel cuerpo de pistoleros rurales con licencia para matar, según cuenta la tradición oral sonorense. Pa molarla de acabar, al mando de estos venía el temible Canuto Ortega, célebre cazador de vinateros clandestinos en la región. Y bueno, que se topa al Mocho, quien “traiba” un burro cargado con “dos barricas de mezcal, de esas chicas de 40 litros”, me explicaría Rascón sosteniendo una taza de café negro pinta dientes.

-Qué hubo Mocho jijoelachingada, ¿que trais ai?

-Ya sabes, pa que te haces pendejo

-¿Y dónde están los otros?

-¿Cuales otros?

-Pos los que te ayudaron

-No, yo solo me aventé

“El Mocho jimaba y hacía todo el mezcal él solo, con sus dos muñones”, anota mi pariente

-Hijoelchingada… a ver, túmbenle la carga a este cabrón, ordenó Canuto a los dos agentes que le acompañaban, y si no la carga él solito de vuelta los vamos a colgar de la lengua en aquel mezquite.

“Pues luego luego el burro muy diestro, se abría todo lo que podía pa estar a la altura del Mocho, y empezó a cargarlo. Arrojó el lazo sobre la enjalma, utilizando sus dos muñones con asombrosa destreza.

“Luego subió un barril y lo acostó sobre el aparejo y lo acuñó con el sombrero para mantenerlo inmóvil. Enseguida dio un rodeo y subió el otro barril, enreatando la carga con tal maestría que dejó a los judiciales boquiabiertos

Finalmente acomodó los dos toneles en los costados del aparejo anudando el lazo con ayuda de los dientes”, y el temido Canuto de piedra se quedó. Una vez recuperado alcanzó a escupir: “¡Lárgate Mocho bandido! Pero ai de ti si vas contando que tuve la debilidad de no colgarte siquiera de los sobacos por vaquetón”.

LOS CHINOS

Este lugar se encuentra a 15 kilómetros del mineral El Tigre. Se conoce como Los Chinos por el gran número de árboles de ese nombre que existen en él. En este punto, un arroyo cruza el camino que llega desde Colonia Morelos, y también es donde se junta ese camino con el que llega de Esqueda. Se cuenta que era el lugar preferido de la Acordada para colgar a los detenidos —culpables o no— acusados de abigeato, tráfico de alcohol, salteadores de caminos, etcétera.

Sirva este post del profesor Irene Rios Figueroa, publicado en su Facebook el 22 de septiembre de 2021, para dar pie a los perseguidos en la era de la Ley Seca.

PERSEGUIDOS

Revisando los jugosos legajos que resguarda el AGES, queda claro que en aras de hacer efectiva su cruzada moral, el gobierno sonorense pasó por encima de muchos ciudadanos. Tal fue el caso de Pancho Duarte, “vecino pacífico” de Hermosillo, que en carta dirigida al gobernado del estado, el 9 de agosto de 1921, se quejó: “Mi hogar fue violado” la media noche del pasado martes 19 de julio, cuando “un grupo de gendarme municipales” irrumpieron en mi hogar para practicar un cateo ordenado por el presidente municipal “buscando licor que no hallaron”. “Celoso guardián del orden y tranquilidad de mi honrada familia, protesté con firmeza tratando de interponer la razón y el convencimiento de no llevar a cabo un acto violento”, pero “penetraron todos a mi casa sin miramientos de ningún genero”, “procediendo a registrarlo todo sin encontrar lo que buscaban, pero dejando sembrados en mi hogar la indignación y el espanto de mis señoritas hermanas y de mi anciano y enfermo padre”.

Los comerciantes fueron otros afectados y se veían obligados a realizar su mercancía a como diera lugar, así fuere vendiendo un triste frasco de alcohol a “un ebrio consuetudinario que cruza las calles de la ciudad en estado de ebriedad”, como presentaba los inspectores anti-alcohol al señor Leonardo Mirazo, remitido a la hoy antigua penitenciaria por negarse a balconear a su dealer, el señor Luis Cano, propietario de la Botica Nueva, “sita en la calle Serdán”.

Mejor suerte corrió un personaje que también era bebedor pero con dinero. Nos referimos al mítico “Gandarita”, que en vida llevara el nombre de Francisco P. Gándara.  A don Francisco se le detuvo la noche del 5 de abril de 1921 por “ebrio escandaloso”, como marca su ficha de ingreso a la cárcel, y esa misma noche el alcalde capitalino lo liberó al pagar ipso facto la multa de veinte pesos, situación que extrañó al ciudadano gobernador, por ser el infractor “un hombre pudiente a quien no se le dificulta pagar la multa que le impongan”. De tal forma, concluyó el regaño epistolar del gobernador al alcalde hermosillense, “procure usted aplicar empeñosamente las penas correspondientes a todos los individuos que sean aprehendidos por ebrios y muy principalmente a los que cometan escándalos y faltas”.

Para finalizar con los perseguidos de 1921, año definitivo en el fracaso de la ley seca, tenemos el caso de LOS NACHOS O EL VACILÓN. Todo empezó con la detención de Ignacio Jaime saliendo de la casa habitación de Ignacio Cajigas, la noche del 18 del agosto 1921, cuando el inspector Jesús R. Barreras lo sorprendió “llevando seis medias de licor prohibido -mezcal, como detallaría el mismo inspector en otro oficio- para la cantina denominada El Vacilón, propiedad del repetido Cajigas. Y siendo este el responsable de dicha infracción, acotaría el inspector, se encuentra detenido en la Penitenciaría del Estado y a disposición de esa superioridad”. Como en el caso de Gandarita, don Nacho Cajigas tenía con que pagar no veinte pesos de multa sino 175 pesos oro nacional, “como donativo para las Escuelas “Cruz Gálvez”, razón por la cual fue liberado al día siguiente de los bochornosos acontecimientos el propietario de El Vacilón. [Estos cuatro casos que componen el apartado Perseguidos, proceden de documentación resguardad en el Archivo General del Estado de Sonora, Legajo 3415]

LEVANTAMIENTO DE LA LEY SECA

El aroma de la pólvora revolucionaria impregnaba a una economía sonorense vapuleada y el contrabando de alcohol no tenía fin, quedando el Estado sin captar un buena cantidad de impuestos. De modo que a fines de 1919 comenzó el adiós a la Ley Seca con la promulgación de la Ley número 6, que abrogaba el decreto de Calles y abría la puerta a la «elaboración, tráfico y venta de la cerveza, los vinos de mesa, la sidra y el champagne». [Fernando Pesqueira, Leyes y Decretos del Estado de Sonora, 1917-1923, Universidad de Sonora, páginas 322 y 327]

Seguían prohibidos los licores -güisquis, coñacs y mezcales, llámense tequila o bacanora- pero la extensa evidencia documental nos espeta que la ley era poco más que un papel, pues los aguardientes iban y venían como arroyos por todo el estado de Sonora. El 9 de marzo de 1921, por poner un ejemplo, el propio gobernador provisional comunicó al Jefe de la Gendarmería Fiscal en Magdalena, estar enterado de que “en ese lugar se infringen diariamente las leyes vigentes sobre Bebidas Embriagantes Prohibidas en el Estado, a ciencia y paciencia de esas autoridades”, a lo que el destinatario del mensaje, el teniente coronel Sanchez, contestó: “Aquí, efectivamente hay una tolerancia en demasía por parte de las autoridades y con un cinismo inaudito se permite que burlen las leyes”. [AGES, 3415]

Todavía a principios de ese año, 1921, don Plutarco desde la Ciudad de Mexico y en su calidad de Secretario de Gobernación, animaba la “campaña contra tahures y alcoholeros” en Sonora, como hizo en telegrama del 1 de enero dirigido al nuevo gobernado, Miguel H. Piña, a quien felicitaba por su nuevo cargo pero también le refería “no he recibido crismas”, a lo que el flamante mandatario respondió: “Puedes estar seguro que abriré una guerra sin cuartel a jugadores y alcoholeros, y en cuanto a las crismas, ya pido un carro del Ferrocarril Sud Pacífico para que te las lleve”. [AGES, 3412]

Pero en junio iniciaron los trabajos por modificar la ley vigente arguyendo una caída en la captación de impuestos y una “paralizacion de la industria minera de cobre por la baja de precio de este metal”, como explicó el gobernador al Congreso del Estado. Y en octubre de plano se expidió la Ley número 6 y en diciembre la Ley número 15 -que vino a ser el reglamento de la primera-, en ambos casos dejando más que claro: “Se permite en el estado la elaboración, tráfico y venta de toda clase de bebidas embriagantes”. [AGES, Legajo 3412. Las negritas son mías]

Dichas leyes incluían, por supuesto, al bacanora, nada más que el famoso imaginario colectivo y los historiadores no se han enterado y siguen hablando de «una prohibición que abarcó de 1915 a 1992″… Ya abordaremos ese mito en otra ocasión. Por lo pronto, ¡salud con bacanora!

Por Benjamín Alonso Rascón*

*Este artículo es una versión ampliada de la ponencia presentada por el autor en el XXIV Simposio de la Sociedad Sonorense de Historia, en Hermosillo, el 25 de noviembre de 2021.

«El entonces Gobernados Plutarco Elías Calles supervisa la destrucción de varias decenas de litros de destilado de agave en 1915». Fuente: Mezcaleando

FUENTES

ARCHIVOS

Archivo General del Estado de Sonora

Archivo General del Poder Judicial del Estado de Sonora

Sala del Noroeste en Museo y Biblioteca de la Universidad de Sonora

ENTREVISTAS

Rodolfo Rascón Valencia

BIBLIOGRAFÍA

Rodolfo Rascón Valencia, Preciosas historias pueblerinas, edición del autor, Hermosillo, 2018.

José Jesús Terán Morales, Me lo contaron… Lo cuento, edición del autor, Hermosillo, 2005.

INTERNET

Página Web Mezcaleando

Facebook de Irene Ríos Figueroa

Esta investigación fue posible gracias al patrocinio de Karl Jacoby (NYC) y Sunora Bacanora

Sobre el autor

Premio Nacional de Periodismo 2007. Director de Crónica Sonora. cronicasonora@gmail.com

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