“‘Mijito’, pass me the bottle”: fiesta en la frontera


Estoy de viaje. La búsqueda de información para mi tesis de doctorado me ha llevado a California. Mi primera parada fue en Los Ángeles, ciudad en la que me recibió la hija del vecino de la hermana de mi mamá que vive en el pueblo. Siempre habrá alguien que de manera solidaria te eche la mano al otro lado de la frontera.

El fin de semana, después del trabajo en bibliotecas y archivos, acompañé a mis amables anfitriones a una fiesta, en la que celebraban los frutos que habían rendido años de trabajo de un grupo de hombres y sus familias. Lo primero que avisté al llegar fue el singular decorado del patio de la casa en la que se realizaba la reunión. Mesas vestidas con manteles blancos y telas con las texturas y los colores de un rebozo. A un lado de las mesas, y cubriendo una de las ventanas de la casa, una gran cortina con más telas “mexicanas”, combinadas con otras de chaquiras y brillos que hacía que la cortina colorida no pasara desapercibida, sobre todo cuando el tímido viento del verano angelino la agitaba suavemente. Por supuesto, en ese escenario no podía faltar una imagen de la Guadalupana, acompañada de velas y flores.

Después de acomodarnos en una de las mesas llegó el taquero. Bajaron todos los ingredientes necesarios para agasajar a los invitados con tacos al pastor, de asada y de chicharrón. Además, para aquellos que no tenían gusto por los tacos, te ofrecían los clásicos hot dogs al estilo norteamericano, sin nada.

Mientras la comida se preparaba y nos tomábamos un agua de horchata, los músicos preparaban sus instrumentos. Era un conjunto norteño, de seguro la fiesta se pondrá a todo dar, pensé. Cuando uno de los músicos afinaba su guitarra, un hombre con sotana nos pidió atención.

El sacerdote inició un largo rosario acompañado de un coro dirigido por otro grupo de músicos (guitarra, bajo y acordeón). Todos en el coro iban vestidos con una camiseta roja y las niñas portaban en su cabello unos grandes moños con los colores de la bandera de México. El primer canto me recordó al coro de la iglesia al que pertenecí cuando era niña, sonaba con un estilo igualito a Los Yonics.

Cuando finalizó el rosario, el grupo norteño empezó a tocar “Un día a la vez”. Aunque me recordaron a Los Tigres del Norte, realmente temí que toda la noche escucháramos cantos y alabanzas que nos llevaran a terminar en una misa. Pero no ocurrió así, en cuanto el padrecito se retiró -después de haberse comido unos taquitos-, sonaron canciones de Los Invasores y las tan aclamadas cumbias, desde El tamarindo hasta la Yaquesita. La gente se paró y empezó el jolgorio.

Como buena rompehielo, accedí a la invitación a bailar de un joven. “¿De dónde eres?” “Soy de México”, respondí. “Ah, ¿de qué parte de México?”. Le platiqué que nací en Sonora, pero que vivo en la Ciudad de México y que me encontraba en California haciendo una investigación para mi tesis, que era historiadora. Me felicitó efusivamente, me dijo que eso debía ser muy importante. También me platicó que le gustaría viajar, que era de Puebla, pero que sólo conocía Texas, que le gustaría conocer Tierra Santa, pero que ni siquiera puede regresar a México, no tiene papeles.

Cuando entré a la pista pensé que sería como en Sonora, es que a veces una extraña su tierra. Sin embargo, comencé a bailar las canciones norteñas con los giros que tanto me gustan de las cumbias que conocí y aprendí en la Ciudad de México. Yo estaba fascinada por esa tarde que todo era una mezcla de colores, de formas de expresarse, de bailar, de comer, de convivir. Formas que te permiten comprender esa frase tan usada: “ni de aquí, ni de allá”.

Aquí se mezcla el baile, se hacen tacos de asada que no son de asada y te los tomas con una horchata o una dulce jamaica. Aquí, los papás les llaman a sus hijos diciéndoles “¡mijito!” acompañado del resto de la conversación en inglés. Aquí se reafirme el origen: se cuelgan banderas, se hacen moños tricolores, se reza un rosario acompañado de una Tecate o una Bud Light, se usa botas vaqueras y gorra de los Dodgers.

Porque cuando no eres ni de aquí ni de allá haces comunidad con lo que te ofrecen los dos lados. Porque aquí lo que hay son historias de sueños mezclados con la ineludible cotidianeidad. Esa que te mantiene trabajando 8 o más horas diarias a la semana. Esa que impone nuevas formas de vivir que son distintas, pero que ellos, la comunidad de mexicanos que conocí en una fiesta, han adaptado y reinventado para construir identidades que se definen no sólo por lo “mexicano”, sino por esa compleja condición de frontera.

La frontera no se define por qué tan cerca está un territorio de esa línea invisible -política dirían otros- que busca dividir, separar. La frontera en realidad es algo abstracto, es algo que se siente, que se experimenta a veces de manera imperceptible y que está en la fantástica combinación de culturas, de la lucha por conservar las raíces, pero también una batalla por permanecer acá, de este lado, lo que lleva a desprendimientos con esas mismas raíces, para cimentar otras.

Texto y fotografía por Magaly Vásquez



Acerca de

Margarita Vásquez Montaño, mejor conocida como Magaly o “la Maga”, es una sonorense exiliada en la Ciudad de México por culpa de la Historia. Feminista, soñadora rebelde y amante de los días de sol, de una buena charla, de la sabrosa lectura de un poema y de la fortuna de disfrutar la espontaneidad del día a día. Egresada de la Universidad de Sonora y Maestra en Historia por El Colegio de México. Ha obtenido un par de reconocimientos gracias a la necedad por escribir sobre el pasado de las mujeres de la frontera, devolviéndoles las alas para que sus vuelos a lo largo de la historia puedan ser apreciados desde el presente.


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