Así conocí a la mafia de los huachicoleros sonorenses


Abrimos semana con un relato imperdible, obra de Alán Aviña, flamante estreno en Crónica Sonora

Bienvenidos


Hermosillo, Sonora.-

En 1965 Gay Talese, en ese momento un brillante reportero de The New York Times y hoy decano del periodismo narrativo en el mundo, estableció vínculos con Bill Bonnano, el heredero de la mafia italiana en Estados Unidos. Escribió un relato íntimo contenido en Honrarás a tu padre, uno de los libros sobre periodistas y criminales más conspicuos del siglo XX.

Recientemente, Julio Scherer, fundador de la revista Proceso se embarcó en un viaje que incluyó medidas de seguridad extremas para tener unos minutos de conversación en la serranía con Ismael el “Mayo” Zambada, uno de los dos líderes del Cartel de Sinaloa.

Con esos referentes, partí después de la segunda quincena de mayo del 2017 a la entrevista con El “Chapito”, un huachicolero sonorense que inició en los años 90 a perforar ductos para las mafias al interior de Petróleos Mexicanos (Pemex), quienes luego se aliaron con grupos armados que diversificaron su radio de acción del narcotráfico, al robo de combustibles, la extorsión y el secuestro.

Me llevó cerca de cinco meses de espera. En enero de ese año se registró el último “gasolinazo” que aumentó el precio de la gasolina exponencialmente, y ya era de todos conocidos el poder de acción de los huachicoleros en gran parte del centro del País. En Sonora, era un secreto a voces que operaban mafias similares, pero no sabíamos nada.

Un día, mi contacto, me dijo que el “Chapito” hablaría conmigo, que me diría todo lo que sabía -menos nombres-, con la única condición que él definiría la forma del encuentro. Yo partí hacia la ciudad donde operaba el líder huachicolero y tuve que esperar en el restaurante de un hotel hasta que hubiera oportunidad de verlo. En ese momento, imaginaba que el encuentro sería en un lugar tranquilo donde tendríamos el tiempo necesario para hablar del tema.

Cuando llegó mi contacto a la mesa, me advirtió cómo sería: tendríamos que viajar en un taxi, bajarnos en un Oxxo de una colonia donde la muerte tiene permiso y esperaríamos que él bajara por mí y me llevaría a una esquina donde estacionado espiaba a un contra que iban a “levantar”.

Tenía cinco minutos para tomar una decisión. Podía cancelar la entrevista, tomar camino de vuelta y publicar sólo un reportaje con información que había localizado sobre tomas clandestinas clausuradas y personas detenidas. Sin duda era bueno y tendría impacto, pero la adrenalina estaba a tope y sabía que aunque conllevaba riesgos, reunirme con el líder de esa mafia me daría información inédita qué publicar y sería una historia fascinante como las que escribieron Talese y Scherer. Después de sopesar eso, tenía que revisar las implicaciones éticas, de seguridad y jurídicas de mi encuentro. Decidí hacerlo.

Tengo que aceptar que no fue fácil entrevistar al “Chapito”. Cuando lo conocí, aunque era un hombre afable, muy bajo de estatura y elocuente, me imponía. Además, estábamos en una zona sumamente peligrosa, siendo parte de cosas muy graves. Temía que en el momento de la entrevista hicieran el “levantón”, llegara la policía o los contras y nos llevaran.

Cuando platicábamos me contó parte de lo que hoy sabemos por la lucha antihuachicol del plan del Gobierno de México. El “Chapito” salió de Pemex en los noventas y comenzó a trabajar perforando ductos ilegalmente para los que manejaban el negocio desde dentro. Con el ascenso del narcotráfico en México y la lucha de los cárteles,  los grupos armados expandieron sus tentáculos al huachicol. Las mafias de las que formaba parte mi entrevistado se aliaron y crecieron, complejizaron su estructura –él ni siquiera conocía las otras ramas de los que extraían y vendían el huachicol- e impusieron más violencia. Por eso estábamos en esa esquina espiando a un hombre que no creyó en la máxima que cantaran Los Tigres del Norte: la traición y el contrabando son cosas incompartidas.

A mitad de la entrevista, después de que el “Chapito” enviara mensajes en clave por Whatsapp, una picap blanca pasó a baja velocidad frente a nosotros. Al pasarnos, prendió el carro de inmediato y salimos rápido del lugar. Era momento de cortar la entrevista, justo cuando la grabadora de mi celular marcaba el minuto 11 de conversación. Quería saber y constatar el peligro que corría. Cuando estábamos saliendo de la colonia, abrí la grabadora de mi celular y le pregunté a mi entrevistado qué nos pasaría si esa picap descubría que estábamos espiando a alguien. Me contestó que lo mismo que le harían ellos si atrapaban al espiado. De seguro nos encontrarían enterrados en algún lugar, me dijo con franqueza.

La magnitud del negocio era irreal. El “Chapito” perforaba un ducto y otro grupo se dedicaba a ordeñarlo. 75 mil litros extraídos de cada toma y el comprador final sólo era información exclusiva de los meros jefes, hasta arriba. En los ductos que atraviesan un tramo de carretera podía hacer hasta 23 tomas clandestinas en un solo día.

Para perforar los ductos necesitaban técnicos especializados para evitar explosiones como él, salidos de Pemex, y contrataban ingenieros que egresaban de universidades como la Unison y otras. Les aseguraban que era un negocio legal y ante la desesperación del desempleo aceptaban el puesto ni enterados que era de la mafia. También recibían información del interior de la dependencia, quienes indicaban dónde había baja presión en los ductos. No necesitaban ni protección policiaca, ni a gente armada que los cuidara. Era un negocio con bajísimos riesgos –salvo las explosiones, que se daban con regularidad dejando muertos a los de más baja ralea en el crimen-, y con altísimas ganancias.

Cuando estaba a punto de bajarme del carro recordé un consejo de Javier Valdéz, el fundador de Ríodoce que justamente habían matado por esos días, quien me había advertido en una plática que tuvimos que al publicar sobre el crimen o sobre las víctimas de las mafias, tenemos que preguntarles si algo de la información que nos dieron ponía en riesgo su integridad y su vida, así como la nuestra. Si había algo que les perjudicara de tu historia, no se debía publicar por más que pensáramos que el texto nos daría el Pullitzer. Así lo hice, le pedí que recordara lo que me dijo y que podía obviar cualquier parte de lo que hablamos. Le dije que se publicaría, quizá completo o quizá buena parte, y que necesitaba un apodo para él porque pensaba que lo exponía mucho al poner su nombre. Me dio su apodo real y fue cuando decidí inventarle el de “Chapito” por la similitud de ambos.

El reportaje se publicó y naturalmente por los datos que contenía y por la forma del encuentro tuvo resonancia. En #Reporte100, noticiero que conduce Juan Carlos Zúñiga y que producía Marco Mendoza decidieron darle un bloque completo a la entrevista. Recibí una advertencia de un amigo periodista quien pidió que me cuidara mucho, que era muy fuerte lo publicado. Hasta ese momento no había sentido el riesgo por publicar la entrevista. El mismo día por la tarde que se publicó mi jefe me llamó al celular para preguntar si todo estaba bien. Estábamos tan absortos en la información y emocionados por lo que habíamos destapado, que no entendíamos que había riesgo.

Por la tarde, El Imparcial publicó una nota donde se detallaba que habían detenido a un huachicolero, justo en la misma zona donde yo había hecho la entrevista, y la nota no tenía una fuente confiable. Es entonces que comencé a pensar mal. Pedimos información a la Procuraduría General de la República (PGR) sobre la detención y nos dijeron que sí se había dado, pero que no podían dar información. En la edición del periódico del siguiente día pusieron la nota en portada, con la foto del detenido –que no se parecía en nada a mi entrevistado- rodeado de contenedores del hidrocarburo. Un cintillo que daba pase a interiores citaba una nota que alertaba que Sonora estaba entre los estados líderes en huachicoleo. Revisamos la página y era una nota de agencia, y no mencionaba a Sonora. Hasta hoy no sé si fue un mensaje para nosotros, o sólo el oportunismo de los editores que querían ganar lectores con el tema que habíamos logrado poner a debate en Uniradio Noticias.

El segundo día por la tarde, ya con la idea en la cabeza del peligro, una picap de modelo reciente con dos hombres a rape se paró frente a la casa de un familiar a donde fui a comer. Los vi a través de la puerta y mi única reacción fue salir y ponerme en la banqueta. La racionalidad de mi decisión, es que si venían por mí, no quería que mi hijo, mi esposa o mi familia quienes estaban dentro terminaran afectados. Afortunadamente sólo se quedaron un minuto y se fueron.  Nunca supe quiénes eran.

A casi dos años de ese encuentro, he entendido que las medidas de seguridad para periodistas y el equipo que hace posible una historia así es indispensable. Que retratar al crimen, en cualquiera de sus manifestaciones, sin duda da información valiosa para que los ciudadanos exijan en algún momento restablecer la legalidad, pero que hay que ser honestos con los criminales, verificar sus fuentes –yo consulté a un agente ministerial y otros colegas que confirmaron la veracidad en el relato- y tener en cuenta que la vida vale más que una nota.

Los huachicoleros operan en Sonora, al igual que en esos estados donde nos sorprende el poder que tienen para corromper todo a su paso.

Texto y fotografía por Alán Aviña



Acerca de

Alán Aviña estudió Sociología en la Universidad de Sonora y por azar llegó al periodismo. Ha colaborado en medios como periódico Expreso, Acir, TV Azteca y Unirradio.


'Así conocí a la mafia de los huachicoleros sonorenses' 1 comentario

  1. enero 15, 2019 @ 4:11 am Omar Moroyoqui

    Excelente relato y gran mensaje para quienes en algún momento de nuestra formación periodística hemos considerado llevar a cabo este tipo de investigación. Ahonda adecuadamente respecto a los riesgos que supone la labor informativa vinculada a la criminalidad organizada. Me recordó a la publicación de Gomorra y las consecuencias que tuvo dicho libro para su autor Roberto Saviano. Perseguido y amenazado por la mafia de su natal Nápoles.

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