Fábula de las Ranas


Señoras y señores, no se pierdan el regreso del Jano Valenzuela a estas nobles páginas con motivo de cierta exhibición que hay en cierto museo de la localidad.



 

Cuando nos conocimos en la secundaria él estaba recién llegado de la Ciudad de México, se había ido a vivir allá con su familia por una temporada. Yo estaba recién llegado de Tijuana, donde había vivido con mis papás por poco más de 8 años. Los dos éramos nuevos en el salón del Colegio Larrea, aquí en Hermosillo. Ahí nos hicimos amigos; una amistad entrañable que ha durado por más de 15 años, la mitad de nuestras vidas.

 

Hemos estado presentes en los mayores y más importantes sucesos de nuestras vidas. Cuando nació mi primera hija, la Jana Valenzuela, que hoy tiene 10 años, yo tenía 19; él fue el único de mis amigos que no dejó de frecuentarme a pesar de que tuvo que adaptarse a los cambios radicales que se presentaron en mi vida, pero que él hizo de alguna manera suyos.

 

La carrera artística de Miguel comenzó en los muros de Hermosillo, mucho antes que en los museos. Saliendo en la madrugada en una bicicleta rodada 16 con una mochila en la espalda retacada de latas de colores. Cuando teníamos como catorce años fuimos Miguel, el Rea, el Lennon y yo a rayar. Estábamos en un parque en la Chuy (Colonia Jesús García) cuando de pronto salió uno de los vecinos enfurecido, advirtiéndonos que si decidíamos huir nos daría alcance y unos chingadazos. Nos ganó el miedo, no corrimos.

 

Para nuestra mala suerte pasó una chota por ahí y el vecino con la mirada desorbitada les pegó un grito para que se detuvieran. Fue la primera vez que pisé La Centro. Ahí llegaron nuestros respectivos progenitores con unas caras de angustia y enojo que no podían con ellas. Llegó Paquita y Don Paco, Juani y Don Luis, Yolanda y Don Luis y por su puesto los propios Colosio y Rubí.

 

Por esa historia de vida compartida y muchas otras es que me llenan de admiración y mucha satisfacción los logros y metas cumplidas de Miguel.

 

***

 

El pasado jueves 31 de marzo asistimos a la inauguración de su expo en MUSAS, ese adefesio de museo por el que devastaron el Parque Hundido, uno de los últimos pulmones de esta polvorienta y calenturienta ciudad. Cuando había reuniones ahí para impedir ese ecocidio jamás me imaginé que muchos años después estaríamos parados dentro de ese recinto. La exposición lleva por nombre “Políticas de los Estratos. Diálogos sobre los Pliegues de la Institución”.

 

Llegamos puntuales a las ocho de la noche y fue grato toparse con viejos amigos. Las puertas de la expo aún no abrían y aprovechamos para empezar con los aperitivos y la cheve. Después de unos veinte minutos las puertas se abrieron y las autoridades, así con minúsculas, se dispusieron a inaugurar la expo. Nos amontonamos para escuchar un derroche de halagos al currículum del Mike de parte de figurines descafeinados y sin personalidad que cobran del erario. Después de un rato de perorata con intentona legitimadora cedieron la palabra a Miguel para que éste “explicara” su obra, y éste en un acto de rebeldía que leo planeado, no pasó de tres palabras: “Pues ya, pásenle”.

 

Dicen que cuando metes una rana a una olla con agua al tiempo y la colocas en la lumbre, ésta no se percatará de que está siendo cocinada viva, no intentará saltar o salir, morirá ahí sin haberse dado cuenta de su muerte lenta. No sé si en su afán por legitimar un museo cuestionado desde sus cimientos, los figurines hicieron un cálculo político y determinaron que la balanza se inclinaba hacia su lado y que eran tolerables los riesgos,  o si les pasó lo que les pasa a las ranas.

 

Justo en la entrada, a forma de bienvenida, está el primer gancho al hígado que Miguel propina a sus ensimismados huéspedes, un texto de su autoría que me gustaría citar in extenso, pero por cuestión de espacio solo citaré el último párrafo: “Esta exposición tampoco está exenta del riesgo de ser asimilada por la ficción institucional. Por eso es necesario que toda reflexión sea siempre provisional y que responda a contextos específicos. El orden jurídico no puede apropiarse de la digresión”. Ya se imaginarán los tres weyes que me leen qué tan picosa estaba esa salsa.

 

Hasta ese momento la vida era color de rosa para los huéspedes de la expo, no se esperaban lo que vendría. Una de las piezas centrales de la obra de Miguel es la construcción de un estrado de madera de una altura de más de metro y medio, sobre el cual se encuentra un escritorio  y varias sillas, frente al estrado están colocadas también otras sillas. Es una representación de aquel  estrado de la película El Proceso de Welles, basada a su vez en el libro de Franz Kafka.

 

En cierto momento Miguel sube al estrado, se sienta en una silla tras el escritorio y comienza a leer un texto que trae impreso. Es el último artículo publicado en El Imparcial del reportero Alfredo Jiménez Mota, desaparecido en 2005.  Miguel lo lee, con claro tono norteño, de forma pausada pero firme. Tres personas subimos al estrado con Miguel durante la lectura. Frente a nosotros, atentos, los visitantes a la expo toman asiento. En primera fila los descafeinados. Mientras avanza la lectura del texto sus rostros sufren una transformación, casi una metamorfosis (ya que hablamos de Kafka). Parece que la rana se ha dado cuenta que se encuentra en la olla, pero es demasiado tarde. Hay cuchicheo y rostros descompuestos en nuestros dos huéspedes, pero esto es sólo el comienzo, un aviso de lo que vendrá, igual que lo fue la desaparición en 2005 de Jiménez Mota para el país, para los periodistas de este país en los años subsecuentes.

 

En esa desaparición tiene gran responsabilidad el periódico para el que trabajaba el reportero. Sus artículos eran meticulosos, duros, se mencionaban nombres de narcotraficantes, lugares de operación, estrategias de trasiego. Cualquier medio preocupado por la seguridad de sus periodistas hubiera excluido el nombre en la firma del artículo, lo hubiera firmado como “La Redacción”, pero no lo hizo.  Jiménez Mota sigue desaparecido. El Estado no ha procurado justicia en su caso y el periódico dejó de publicar en su edición impresa el conteo de los días trascurridos desde la desaparición.

 

El artículo de Alfredo Jiménez Mota fue reproducido por Miguel para que la gente lo tomara y se lo pudiera llevar, leer, asimilar, y no permitir que se pierda en el olvido la valiente labor que le costó la vida.

 

Otra de las piezas que más polémica causaron, al menos en mí, consistió en la remoción de la placa de bronce instalada en la entrada principal del Museo y su colocación al interior de la sala. En la placa se lee: “Museo de Arte de Sonora. Un reconocimiento al talento cultural de Sonora para el Mundo. Eduardo Bours Castelo. Septiembre de 2009”.  Esta placa se colocaba a sólo 3 MESES de la tragedia en la Guardería ABC en la que fallecieron 49 bebés y muchos más resultaron con lesiones que tendrán que sobrellevar el resto de sus vidas. La legitimación de un despojo brutal (el Parque Hundido) pasando por encima del dolor de las familias de 49 bebés asesinados por la corrupción de la clase política en los tres niveles de gobierno, por supuesto incluida la administración de Bours.

 

Si les sigo contando de la expo le va a pasar a los lectores como cuando alguien platica una película hasta el final y luego ya no tiene ni caso ir al cine, así que mejor le paro ahí. Lo que sí les puedo decir es que la expo vale la pena. Miguel es mi amigo y me gana el aprecio que le tengo, no puedo ser 100% imparcial. Mejor vaya usted al MUSAS y juzgue.

Por Jano Valenzuela

Fotografía de Benjamín Alonso

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Miguel leyendo el reportaje de Alfredo Jiménez Mota



Acerca de

Alejandro Valenzuela Landeros tiene 29 años y es originario de Vicam. Sociólogo por la Universidad de Sonora, actualmente cursa la Maestría en Estudios Políticos de la UNAM y hace de activista (cuando la escuela lo permite).


'Fábula de las Ranas' tiene 3 comentarios

  1. abril 13, 2016 @ 10:25 am Sergi

    Yo también lamento la arboleda perdida. Pero me gusta el Museo, y me gustan que hagan museos. Tampoco me gusta que rayoneen las bardas de mi colonia, ni la de las escuelas. ¿Porqué los que rayonean no dedican su tiempo libre a plantar árboles…. en una ciudad con tantos descampados? (Modo ironía «on»).

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  2. abril 13, 2016 @ 3:22 pm FERNANDO

    TE LEEN MAS QUE TRES MI ESTIMADO;
    “Esta exposición tampoco está exenta del riesgo de ser asimilada por la ficción institucional. Por eso es necesario que toda reflexión sea siempre provisional y que responda a contextos específicos. El orden jurídico no puede apropiarse de la digresión”.

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