La noche del 14 de mayo de 1982, un grupo de mujeres y hombres invadieron un terreno al norte de Ciudad Obregón. Para conmemorar el acto, para celebrar su historia, pedimos al Alex Jiménez Bazúa, nuestro corresponsal estrella en esa marisquera ciudad, que se adentrara en la famosa Cajeme, barrio bravo y popular donde los haya. Eso hizo y charló largo con un ex morro -quien pidió anonimato- sobre aquellos años maravillosos.

Buen provecho y muchas gracias, Alejandro 🙂 🙂


Cuando llegamos a la colonia ya había gente viviendo ahí, no mucha pero sí, ya tenían rato porque convivían como conocidos. Ahora que veo películas de pueblos o el viejo oeste me acuerdo de aquellos años. Haz de cuenta que fundamos un pueblo, cuando llegamos yo tenía como cinco años y mi carnal siete. Tengo algunos recuerdos de aquellos días.

Yo me acuerdo que de morrito era un broncón con mi nana en la Ladrillera, mi jefe se iba al jale y a sufrir se ha dicho, porque eso de estar viviendo más de una familia en una casa nomás no se hacía, mi amá se le llevaba mortificada y largo se le hacía el día –por eso dice que para ella su casa es un palacio- hasta que en la tarde escuchábamos los fierros que botaban en la jaba de leche que traía mi apá en la parrilla de la bicicleta en que se iba a trabajar. En cuanto llegaba yo me tendía a bajar el nivel, la cuchara, el martillo, el cincel y toda la herramienta, era el paro para ver la servilleta donde llevaba el lonche que se comía en la obra, a veces me dejaba uno o dos taquitos que me los comía como aspiradora, en caliente pero a veces me decía que no habían sobrado porque el chapo –su chalan de siempre-  no llevó ni lonche ni dinero.

El día que llegamos a la colonia los plebes andaban descalzos jugando bien quitados de la pena, era un grupito como de diez, -ya ninguno de ellos vive aquí de hecho solo la mamá de dos de ellos sigue en el barrio-  estaban jugando al dieciocho o a la roña. Me acuerdo que me metieron a jugar a los colores, mi apá nos dejó ir, bajó los poquitos muebles de la camioneta –él solo se pegó el tiro- que le prestó el patrón. Puro juego que no requería inversión -mas que la energía que uno traía- ni me preguntaron como nos llamábamos y nos dieron chance, ya con eso me gustó mi nuevo barrio. Jugando todo el día y en la noche con la luz de la luna, todos en bola, hasta que ya era tarde y nos hablaban para que nos metiéramos, me acuerdo que pasaba buen rato sin que pasaran carros. Todos cabían y si había algún detalle a más tardar al siguiente día ya era cuestión olvidada porque la necesidad de jugar era más grande que cualquier emoción negativa, eso me gusta de los morritos, que no son resentidos.

Morritos de la Cajeme retratados por Bazúa la primavera de 2022

Caímos en blandito ahí en el barrio, de volada al que llegaba lo integraban. Llegó raza de diferentes partes pero no todos se quedaron, todos estaban al pendiente de los plebes aunque no fueran suyos –ahora entiendo que el terreno estaba peligroso, lejos de todo-   y cuando veían batallar al vecino le mandaban el plato de comida o aunque no el hecho de compartirle un plato con sandia picada era un detalle que no se podía dejar pasar, neta que se sentía bien chilo ese jale de llevar el plato con botana y decirle a la vecina: “Doña, aquí le manda mi amá”.

Doña Adela Bournee, fundadora de la Cajeme aquella noche del 14 de mayo de 1982, tuesta café el 28 de diciembre de 2021

De morros, ya más grandes, había juegos de todo tipo que a veces provocaba tiros derechos y otros no tanto, se hacían retas de futbol o béisbol –el picher sin guante por que no alcanzaban- de barrio contra barrio, nos íbamos a un canalito a bañarnos en bola. Cuando pusieron luz a jugar a las maquinitas en la tienda, antes de las fichas le echabas una moneda de $100 -una de Venustiano Carranza dorada y bien pesada- y hacer fila, si se pasaban de lanza un coscorrón en caliente para mantener el orden, -ahí se nos iba todo el día en las vacaciones- me acuerdo también que al que le caía una moneda corríamos a comprar paquetitos de cartitas para llenar el álbum de luchadores o de personajes de caricaturas de una hojita que pegábamos con engrudo porque no había más, nunca los llenábamos completos pero pues la lucha se le hacía nomas nos quedábamos viendo los premios.

Los plebes más grandes los sábados en la noche se iban a buscar fiestas donde tapaban la calle – quinceañeras principalmente-  con la discomóvil a todo lo que daba. Se escuchaban las rolas del Bacanora, la Brisa y la Concentración, de perdida sonaba el casette de la “Bunker” o la “Marrakesh” y se hacía un “titingo” chilo aunque ya te la sabes a veces salía la raza ojete a echar a perder un rato de la fiesta. Me acuerdo que hasta se ponían apodos para hacerse respetar: “el rostro”, “el baila”, “el chacalo”… no, si para eso eran muy buenos. Neta que tengo recuerdos bien chilos de la colonia en aquellos años.

Lodazales como los que disfrutaban los chamacos de antes siguen dando de que hablar en la Cajeme. Calle Felipe Ángeles, 2 de enero de 2022.

A algunos de los plebes les gustó la vagancia, unos alcanzaron a regresarse pero otros no tuvieron tiempo, marcaron en la pinta o nomas ya no la contaron, se embroncaron pues, me acuerdo que en los jales derechos no duraban, se enfadaban o no les alcanzaba la paga y aparte como que su cuerpo les pedía peligro, a eso agrégale las influencias, la pobreza y/o la ausencia de alguno de los padres.

La neta yo saliendo de la secundaria me comencé a portar mal, ya te la sabes, la presión de los camaradas del barrio era mucha y cuando le salí a la prepa pues ya no aguanté la carrilla de la raza del Cecytes, me agarraban cura porque era de la Cajeme, me decían cholo – siempre andaba con dickies, mis tecatos y una playera blanca-, nomás llegaba y decían: “Aguas, los va a tumbar este vato porque es de la Cajeme”. Yo me reía aunque por dentro me daba coraje con la raza que se burlaba y vergüenza con las mujeres del salón que oían y nomas sonreían pero no decían nada. De plano no aguanté, mejor me salí y me fui a chambear con un tío a su taller.

Letrero en una casa de la Cajeme el verano de 2018

El único que me contactó fue un profe de Física con el que jugaba en el equipo de futbol. Me decía:

-Aguántate chato, saca la prepa y yo te voy a meter al Itesca con una beca deportiva para que estudies una ingeniería y la hagas gacha. No le hice caso, aparte porque me gustó la mecánica y me estaban pagando, con eso me alcanzaba para sacar a  pasear a mi morra y ayudarle a mi amá porque en la casa mi jefe le había dado por tomarse casi toda la feria.

Cosas de la vida, mi tío le hizo caso a un camarada del barrio y se fue a trabajar a San José, California –le decían que con lo que sabía de transmisiones automáticas en Estados Unidos iba a levantar un billete bastante generoso- con eso le brillaron los ojitos a mi tío y le tomó la palabra. Yo empecé a trabajar de chalán con mi apá haciendo un edificio en la escuela que me habían prometido estudiar becado. Que loco decía yo, aquí anduviera estudiando bien a gusto tomándome una sodita, sentado en la cafetería, y acabé de ayudante de albañil.

Me acuerdo que cuando nos íbamos acercando a la escuela me ponía la gorra hasta abajo y me iba por la orilla sin ver a nadie, no iba a faltar quien me reconociera y no quería eso-, aparte pues ya me había juntado con mi morra y ya venía una niña en camino, eso me motivaba pero también me agüitaba o más bien me daba miedo la responsabilidad. Lo que si me daba para abajo es que estaba repitiendo la historia de vivir con los suegros, ya te imaginarás. Igual, los mismos problemas, porque ahora entiendo que el espacio era insuficiente y les quitábamos privacidad…

Texto de Alex Jiménez Bazúa

Fotografías de la Cajeme de hoy, excepto la de los pequeños futboleros, por Benjamín Alonso Rascón

Investigación y fotografías de los retratos de los niños López y Zayas por Ana Marisol Zayas López

En portada, los hermanitos López Armenta -Cecilia, Rubén y José Ángel (†)- en un retrato de mediados de la década de 1980, recién llegados a la Cajeme

El también entonces niño Ramón Zayas Valenzuela

Su hermanito Rosario Zayas Valenzuela

Y su hermanita Martha Silvia Zayas Valenzuela

Sobre el autor

Sinaloense avecindado en Ciudad Obregón, Sonora. Egresado del Itson.

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