El Cortado y doña Bertha, dos historias del Hospital General


El nosocomio, ese lugar negado, es retratado por Melissa López, flamante estreno en Crónica Sonora.


Ha renacido un sinfín de veces a lo largo de ciento treinta y seis años. De sus paredes emana el dolor, noches sin respuestas, pequeñas alegrías, agonía e incertidumbre. Deambulan cuerpos de un lado a otro. Hablo del Hospital General del Estado de Sonora, en Hermosillo. Aquí, el ADN de miles se riega a diario por los rincones. Si la luz fluorescente hablará te diría que lloras, duermes y comes sobre fluidos corporales.

Entre las treinta y siete sillas de la sala de urgencias se ven rostros decaídos, ojerosos. Cabellos recogidos con trenzas, colas, despeinados. Gente con el pijama bien puesta para abrazar la noche que les espera. Murmullos de gente que se aferra al rosario y entre sollozos piden, piden mucho, siendo escuchados por todos y por nadie.

BERTHA

Una mujer callada, con su mantita azul, espera al ser querido que en alguna parte se postra sobre una cama. Sus ojos pequeños, oscuros y cubiertos por pestañas rizadas me gritan que los vea. Miran con desconfianza y yo decido sentarme frente a ellos. Bertha es de Chiapas y pertenece al grupo de mujeres que esperan pacientes y atormentadas por alguna noticia de su marido. Un día cualquiera llamaron al cuñado y le dijeron que su hermano estaba paralizado de medio cuerpo e internado en este hospital. Es bien conocido que en los campos jornaleros de la Costa de Hermosillo muchos migrantes del sur del país vienen a buscar chamba. Ernesto es uno de ellos y está aquí, en la Costa, desde hace dos años.

Las manos morenas de Bertha, arrugadas y de uñas largas abrazaban el costalito lleno de tortillas de maíz. Su esposo se saboreaba las tortillitas doradas al sol: “Los señores dicen que no le puedo dar tortillitas porque no puede comerlas, pero yo sé que las quiere”. Ella tiene cuatro días durmiendo en el albergue Luz Valencia, 20 pesos por día es mucho: “No me alcanza, yo me vine sin mucho dinero y me da miedo que me pidan medicina cuando salga”.

La espera es larga. Aquí todo pasa muy lento y las noticias se sienten como bomba en el estómago.

EL CORTADO

En las afueras de su estructura se encuentran los “dolores de cabeza” y los que de vez en cuando le alegran las jornadas laborales a todo el personal. Uno de ellos es Martín, alias el Cortado. El apodo se lo ganó hace mucho tiempo, por tener una cicatriz desde la mitad de su espalda hasta casi llegar al coxis. Él es quien recae en urgencias cada tercer día con un nuevo dolor en el cuerpo.

Pantalón azul marino, huaraches que perdieron el color y una venda envuelta en su cintura es todo lo que viste. Las dos muletas que carga son su accesorio favorito, dice él, luego se ríe y me pide que le tome fotografías.

En su hombro derecho una hermosa mujer con cabellera larga, ojos grandes, labios voluptuosos y sombrero de charro saluda a cualquiera que pase frente a ella. Entre tatuaje y tatuaje la vida de el Cortado sale a la luz. Las agujas bautizaron su cuerpo con el pequeño payaso que tiene al lado izquierdo de su pecho; este se muestra sonriente, igual que él. De allí los otros vinieron solos. El último que se hizo fue en la espalda.

Dice que San Judas Tadeo lo cuida y por eso la última vez que cayó en la cárcel se tatuó uno en la parte alta de su espalda, con ese suman 10 las rayas que hacen a Martín uno de los indigentes más conocidos del hospital.

***

Desde su entrada, el hospital nos muestra el dolor que se vive a diario y mucha gente no siente ni ve. Sus grandes pasillos, el silencio por las noches, las camillas solas y arrumbadas en distintas salas provocan escalofríos. Dentro y a su alrededor hay historias como la de Bertha y la de Martín, quienes por vueltas y caminos enredosos del destino aguardan por familiares, amigos, conocidos que no han vuelto.

Las vidas allí son una estancia de desasosiego.

Texto y fotografía por Melissa López

 



Acerca de

Estudiante del séptimo semestre de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Social en Universidad Kino, en Hermosillo, y Coordinadora Administrativa de la Red Innovación y Trabajo en la Industria Automotriz Mexicana (Red ITIAM-CONACYT).


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