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Corresponde al pensador martinico Frantz Fanon la idea de que existe, al lado de la zona del Ser, una zona del no-Ser desde donde se puede lograr un auténtico surgimiento. Esta idea, que aparece en su obra Piel negra, máscaras blancas, anuncia su programa crítico de la colonización. Los tiempos de Fanon se articulan en la liberación de Argelia. Tiempos que parecen empatar a los nuestros, sin más trámite que el marcador racial. 

En México, hablar de racialidad y privilegio blanco es un tabú. Más problemático que una relación entre un pro-AMLO y un fifí. La imperiosa negación del racismo en este país es producto de un blanqueamiento histórico y de la tesis del mestizaje como constructo ontológico que homologa Europa y abya-Yala en un relato idílico y cromático. Sin embargo, es precisamente la blanquitud –como fenómeno sistémico– aquello que atraviesa las relaciones económicas, políticas, culturales, de género, sociales, educativas, artísticas y de producción de conocimiento. Bolívar Echeverría define la blanquitud como el fundamento ético del capitalismo, donde nuestro sistema se inscribe, nos guste o no. Debemos a los feminismos de color –Davis, Lugones, Cumes, Gargallo, Curiel, Crenshaw– y al marxismo negro –DuBois, Robinson, Fanon, Rodney, Cox–, un rico y sugerente sistema de pensamiento desde la exterioridad del monopolio epistémico, capaz de repensar las condiciones totalizantes de la mayoría humana global, racializada y subalterna.

All cops are bastards. All of them. Fundational sin on all of them. Hip hop in your face: fuck tha police.

El mito urbano del policía bueno se descompone cuando aseveramos, sin más, que resulta pragmáticamente imposible soslayar el fundamento mayor de la principal fuerza pública del Estado: manutención del orden. Este mundo es asimétrico. Salarios obscenos y salarios miserables, muertes en masa y privilegios a minorías clasiales, ocultamiento de crímenes y propaganda mediática a escándalos frívolos. Conocemos la rúbrica. Sabemos que este mundo, dispar y neurótico, está muy lejos de superar el grotesco espectáculo de su psicosis sociogenética. En este contexto, ¿qué hace la policía sino defender la propiedad privada, higienizar los espacios, controlar, disciplinar lo público, rescatar animales y disparar a ciudadanos desarmados? En Estados Unidos la institución que engendró al actual cuerpo policiaco fue la llamada Slave Patrol. En México podemos hablar, en un sentido histórico, de Gobernadores en la época de la ocupación española y de Celadores públicos en la etapa de la Independencia criolla. Porfirio Díaz instituyó la Policía rural y la Policía urbana. Estas instituciones fungieron como posibilidades fácticas en la instauración del nacional estamento Moderno que, masacres indígenas y afro por doquier, articuló la ruta del esquema político y ontológico actuales.

Pensar la ruta histórica de la policía, en tanto que institución y dispositivo de control, supone pensar la propia historia de la estratificación racial. No ha existido un momento en la historia colonial, de la cual formamos parte, donde el régimen de ocupación haya sostenido una relación armónica con los ocupados.

Sea división racial e internacional del trabajo, estratificación del género en tanto corpopolítica, delimitación de la propiedad privada, asepsia del espacio público, demarcación fronteriza –y más reciente– estatus legal del ciudadano, donde la policía no funja como un claro mecanismo de concreción de dichos elementos. La hermenéutica ciudadanizada –tomar el todo para definir la parte, tomar la parte para definir el todo– que espeta: no todos los policías son malos, es parienta directa de la hermenéutica eclesial: no todos los sacerdotes son violadores. Ambas aseveraciones no han entendido nuestro señalamiento: que la composición estructural posibilita, exime, cobija, redime al ejercicio individual del abuso cuya ampliación en patrones conductuales eleva su categoría a problema sistémico. 

Escribo todo esto en el momento nacional más mortífero de una pandemia. Lo escribo desde la esquina de una visión poco engañosa. Viruela, peste negra, Ébola, gripe española, VIH. Todas estas irradiaciones virales son correlato pragmático de fundación de sistemas y mecanismos de control de los cuerpos. Cada una de estas etapas históricas de la virología supone la confección e instauración de un sistema de control. Sistemas que han controlado a comunidades racializadas, la mayor parte del tiempo.

  • Viruela: población indígena y afro 
  • Peste negra: población periférica y vulnerable en Europa
  • Ébola: Capitalización de la industria farmacéutica en África 
  • Gripe española: cascos urbanos en un sentido global 
  • VIH: Comunidades LGTQB racializadas

El infame lema #QuédateEnCasa es un marcador racial. Iztapalapa. Enorme ecosistema de comercio informal en CDMX y no se parece racialmente a Polanco, ciudadela desde donde se vomita con mayor molestia dicho hashtag. Indígenas alrededor del mundo mueren sin atención médica esencial. Una citadina clase media incapaz de descifrar la conexión implícita entre trabajos esenciales y sobreexplotación, sobre la que descansa su privilegio de permanecer en casa, ocupa su ocio en criticar a 63 millones de mexicanos que, producto del empleo informal, si no salen mueren de hambre, son desahuciados de sus viviendas o simplemente no pueden costear el servicio de Internet para que sus hijos puedan continuar su educación. ¿Qué otra densidad poblacional en el mundo esgrima semejante actitud? La población blanca. La misma población blanca neoyorquina que soslaya un sesenta por ciento de muertos de color producto de la enfermedad COVID-19. Nuestro mundo. Ochenta por ciento de los infectados en Chicago son de color. Brasil, Ecuador, Colombia, periferias europeas, el síntoma es global. Ocultado por la cortina narrativa de la lombardización del relato. Ahí el epicentro de la universalización de la tragedia. El enclave italiano, transido de blanquitud, se convirtió en nuestro principal referente imaginario cuando las crónicas de la infodemia decidieron instalarlo como centro comparativo-narrativo-sensible-trágico y hasta prólogo intencional de lo que podría e iba a pasarnos a nosotros. No existe un solo sensational mass media que editorializara como lógica analítica dominante de la pandemia lo que ocurre en las favelas de Brasil. Los relatos informativos encuadran al cuerpo médico de Lombardía al tiempo que presentan una pornografía necrófila de cadáveres en las calles de Ecuador, sin siquiera asumir la ciudadana molestia de preguntar por qué las disparidades de seguridad social tienen lugar en ambos casos.

Mi propia ciudad, Chile, España, Corea del Sur, China e India son claros ejemplos de la potencia policial al momento de instaurar el Estado de excepción. Nosotros hablábamos de dicho Estado cuando vimos la proliferación de la pandemia y nos mandaron a callar. Hoy, cuando las estructuras patológicas de una clase media en materia de salud mental colapsan como si se tratara de un personal 9/11, nos citan. Ellos van a  reparar su nomenclatura de ciudadanos neuróticos, mientras, nosotros, buscamos cómo visibilizar a George Floyd con la mayor dignidad posible. Porque si algo ha roto las cadenas del Estado de excepción, es, aquí y allá, la necropsia anunciada del racismo sistémico. 

George rapero. Giovanni albañil. George hombre racializado. Giovanni sin cubrebocas. ¿Amalgama? Crímenes de Estado. Policías al frente. Pandemia como contexto. Ninguno de los dos era blanco. ¿La diferencia? George en lo público, Giovanni en lo privado.  Giovanni elevado a la potencia cuarenta mil… Desaparecidos. Y contando. Lukas Avendaño dice: “yo creo que la desaparición física es la culminación de una serie de desapariciones previas.” A Giovanni lo desapareció, primero, su condición material de existencia, luego su posicionamiento social. Ambos factores, que no son los únicos, influyeron en su desaparición como desplazado en la pandemia, luego la necesidad económico-política, después la fuerza pública del Estado mexicano completó su obra. Luego. Lo apareció sin vida, que es la dialéctica predilecta del control corpopolítico cuando se siente amo y señor de una cuestión excepcional bajo la amenaza de un virus global. 

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Hablamos de pasividad colectiva en el marco de una precedente pasividad social. Nueva normalidad se escribe nueva normatividad. Giovanni no tenía un coche último modelo. Giovanni tenía que lograr el fin de mes. Cada mes. Giovanni no encontró el virus en Roma. Giovanni fue golpeado y desaparecido. Giovanni salario mínimo. Policías con prestaciones y extorsión. Giovanni, un ser más complejo de lo que pudiera intentar plasmar aquí. Giovanni el epicentro del México profundo que mueve al México ficticio. Su propia excepcionalidad confirma un invisibilizado reclamo: el México de los desaparecidos como evidencia de una colusión entre narcotráfico y orden policial.

Esta práctica no es solo de índole físico sino de índole histórico, –afromexicanos, mujeres transgénero de color, desplazados indígenas, jornaleros en Sonora provenientes del sur, pornografía infantil en las cumbres turísticas, resistencia Maya frente a mineras canadienses, activistas, líderes comunales, – y un largo etcétera de todo aquello ocultado con intención. 

La aproximación de que Giovanni fue asesinado por no portar el cubrebocas oculta los marcadores históricos que alimentan este tipo de crímenes. En México el noventa y cinco por ciento de los presos son hombres y las celdas no están llenas de personas blancas. El delito más común es robo simple y muchos de los presos no tienen siquiera un proceso penal claro. Esto ocurre en un contexto donde los policías al interior del Palacio de gobierno de Jalisco, decían: “los vamos a matar, ni modo”, a propósito de los manifestantes que querían entrar para exigirle, de frente, cuentas al gobernador Alfaro. La policía en este país tiene inmunidad en su ejercicio de violencia pública, y ésta va dirigida a hombres racializados, pobres, vulnerables, que no tienen las sofisticadas herramientas para defenderse y si lo hacen, su vida va en ello. El correlato de la seguridad pública están inscrito en el orden racial de México, donde el genotipo, fenotipo, color del pensamiento, prácticas culturales, condición de ejercicio sexual no heteronormado, y otros factores, condicionan las garantías individuales de quien se sabe o está atravesado por uno o varios de estos marcadores propios del racismo. 

La crítica cómoda “es que esas no son las formas”, solo es posible desde un cuerpo no violentado por la policía. Tal caso revela privilegios. A los indígenas se les dispara cuando protestan. A nosotros nos acompaña la policía en nuestras tibias demandas ciudadanas. Giovanni fue asesinado porque su existencia no le supone al orden policial una pérdida sino un espacio para ejercitar sus neuróticas expresiones de poder. El no-Ser de Giovanni ha dado posibilidad a un auténtico surgimiento.

Un manifestante es detenido por policías antidisturbios durante una protesta contra el gobierno chileno en Concepción, Chile, el 5 de noviembre de 2019. Juan Gonzalez / Reuters



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Nogales. Hiphóplogo. salvadoralejandrocontacto@gmail.com


'A     C     A     B' 1 comentario

  1. junio 7, 2020 @ 5:57 pm Arturo Reyes González

    Soberbio, en el buen sentido de la palabra, este artículo superlativamente intelectual y agudo en sus observaciones por parte del poeta urbano, novelista y dramaturgo fronterizo Salvador Alejandro… Escrito pleno de referencias académicas, literarias y periodísticas que nos explican con generosa claridad el devenir de un problema dentro de un sistema lleno de problemas.
    El caso repetido de George Floyd en Estados Unidos gana efervescencia con el factor neurálgico a nivel social y económico relativo a la pandemia: A una condición sensible o delicada o grave de carácter sanitaria se suma una losa donde cuarenta millones de norteamericanos han solicitado al gobierno federal su cobertura de desempleo en las últimas diez semanas… El caso de George Floyd es una gota que derramó un vaso del tamaño de un país llamado Estados Unidos de América, del tamaño de su complejo mosaico social, del tamaño de su radicalizada situación política, del tamaño del caldo de cultivo generado en décadas y décadas de soterrada segregación racial siempre escondida debajo de la alfombra roja de un sistema blanco… Mi duda es si este botón de muestra llevará a las instituciones norteamericanas y hará lograr que esa gran mayoría de grupos y sectores sociales que ahora demandan un cambio general y profundo, para que esto que quieren que pare y que se lee como injusticia social en la forma de abusos policiales, se extienda también a justicia laboral, paridad educativa para grupos étnicos no blancos, freno al actual estado de inundación de droga, armas, proliferación de pornografía y trata de blancas, todo eso existente en los Estados Unidos y completamente enraízado en esta cadena de falencias o cáncer de las ciudades con millones de ciudadanos en los Estados Unidos…
    Porque en un marco de alta distribución de drogas, de proliferación y descontrolen el uso de las armas, de un sistema de educación pública que expulsa a millones de no blancos cada año antes de acceder a una educación profesional o semiprofesional, o técnica… esto de la justicia policial y el buen trato a los afroamericanos, no se va a acabar nunca.

    El caso de México es más terrible. Los gobiernos locales son insensibles a cualquier problema de fondo. A cualquiera. Priva la lógica del ejercicio y el mantenimiento del poder a como dé lugar. Son poderosos pasajeros que quieren subirse a la próxima rueda de la fortuna. Sonora es un ejemplo patético de ello. En México el cambio que se pide o demanda a partir del caso Giovanni, si nos vamos a fondo y si vemos este caso como un espejo del caso de George Floyd, ya de plano lleva la discusión a la necesidadde la prevalencia de un estado de derecho que no existe y no está cerca de existir. Estamos más cerca del Estado fallido que del Estado de derecho. Si las energías de un movimiento de protesta con posibilidades de triunfar, lleva las ideas o la lógica de este cambio exigido y deseado, sus ramificaciones llevan a puras y todas cuestiones con intereses multimillonarios que lo primero que ponen de por medio es la utilización de la fuerza pública,la nulidad de las instituciones o el oscuro poder del crimen organizado: La explotación del medio ambiente, la trata de blancas, la corrupción política en la generalidad de los gobiernos locales, la trata de blanca y los giros negros, la corrupción en los sindicatos, el tráfico de drogas, el tráfico de armas, el guachicoleo, todo es oportunidad y ocasión y encadenamiento de violencia social, política, racial y de género.

    A las puertas del sueño de redimirla muerte de George Floyd se encuentra la utopía de una sociedad perfecta, es decir igualitaria, en los Estados Unidos; a las puertas del sueño de redimir la muerte de Giovanni López, deberíamos agarrar a esta oportunidad bien fuerte del rabo para que se logre una buena capacitación de las policías municipales, estatales, federales, etcétera y ya es mucho pedir. Pensar en derrocar o desarticular las estructuras de poder de facto que matan, desaparecen e invisibilizan a personas y a grupos humanos enteros, es ciencia ficción… yo quisiera que un día se viera eso en México… pero no lo veo. No me lo figuro en esta vida.

    Muchas felicidades a este joven intelectual sonorense… y a los como él, mujeres y hombres, que aportan y dan vida al no-ser de Giovanni y cuarenta mil más.

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