Lovecraft y el racismo


El pasado 15 de marzo se cumplieron 79 años de la muerte de H.P. Lovecraft. Un grupo de autores locales, entusiastas lectores de Lovecraft, ofrecieron un (no sé si merecido) homenaje. Jesús Montalvo me invitó a participar y lo primero que le comenté fue que me gustaba su obra, pero su racismo me chocaba. La única forma de participar era precisamente hablando de aquello que más me distanciaba de su legado. Por eso escribí el siguiente texto, que es el que leí durante la amena velada en Casa Madrid, incluidas las líneas en las que Eve Gil realiza, con su habitual ímpetu, una excelente defensa del derecho al goce estético.

 

***

 

“Para el hombre evolucionado –la cumbre del perfeccionamiento orgánico en la Tierra–, ¿qué rama del pensamiento se ajusta mejor que aquella que conquista las más altas y exclusivas facultades humanas? El salvaje primitivo, o simio, simplemente rebusca en la selva para encontrar una compañera. ¡El ario eminente debe elevar sus ojos a los mundos de más allá y considerar su relación con el infinito!”, escribió Lovecraft a un amigo. Dejando de lado el fantástico mundo creado en sus obras, hay que tener siempre en cuenta su profundo racismo, demasiado presente en muchos de sus textos y su vida cotidiana.

 

No promuevo una defensa de Lovecraft y mucho menos de su filosofía, absolutamente contraria a la mía. Más bien propongo una lectura consciente de los perjuicios que conlleva asimilar una concepción del mundo peculiar, por retorcida y terrorífica, y tan evidentemente popular aún en nuestros días.

 

Muchos de los personajes de Lovecraft son imágenes literarias del autor, por lo que comparten su visión profundamente racista. Ahora la pregunta clave: ¿Debemos leer obras de autores tan abiertamente racistas y prejuiciosos? Mi respuesta, sin dudarlo, es sí. De hecho yo lo hago todo el tiempo, me interesan siempre las razones del otro, y muchas veces el producto es maravilloso, sin importar lo que el autor piense o haga.

 

Lovecraft es un caso peculiar en las letras, ¿o no? Fue criado en un hogar culto de Providence, Rhode Island, EU, por una familia distinguida, de gran linaje; hijo único, consentido, vivió siempre con la idea de un pasado glorioso –en Inglaterra– y despreciando todo aquello que representara su corrupción o decadencia.

 

Rafael Llopis, una autoridad del género de terror (y psiquiatra) nos da mucha luz sobre la personalidad de este oscuro autor:

 

Se alimentaba preferentemente de dulces y helados y desde niño sufrió terribles pesadillas, lo que no es de extrañar, ya que, como enseña la psicología, el horror cósmico deriva de ese horror al vacío que con tanta frecuencia resulta inducido secundariamente por una educación superprotectora.

 

Y continúa:

 

Educado en un santo temor al género humano (exceptuando de éste a las ‘buenas familias’ de origen anglosajón), creía que nadie es capaz de comprender ni de amar a nadie y se sentía extranjero en su patria.

 

Por lo general, en las obras de Lovecraft se asocia la virtud, la inteligencia y todo tipo de atributos positivos a la raza blanca; en cambio las demás razas son representadas como feas, corruptas, idiotas, y con todo tipo de desgracias provocadas por la degradación racial.

 

En su vida cotidiana es conocida su fama de vecino asceta y antipático, “y así fue su vida que luego se convirtió en leyenda”, narra Llopis, “una vida de penuria económica, de represión y soledad, de amargura y pesimismo. Odiaba la luz del día. Pero en las noches revivía para leer, para escribir, para pasear por las calles solitarias –sin enemigos ya– y, sobretodo, para soñar. Lovecraft vivía por y para sus sueños. En ellos experimentaba ’una extraña sensación de expectación y aventura, relacionada con el paisaje, con la arquitectura y con ciertos efectos de las nubes en el cielo‘. Este goce estético fue el que, según Derleth le impidió suicidarse”.

 

Era ateo, aunque Llopis, con autoridad clínica, lo llama “religioso reprimido”, y se aventura aún más en su análisis: “Su afán de maravillas indica, sin embargo, que, tal vez por el ambiente en que se educó, Lovecraft, aun radicalmente ateo, siempre sintió un profundo anhelo religioso que él mismo reprimió y sublimó.”

 

“Filosóficamente, se consideraba monista dogmático y materialista mecanicista y era en realidad un escéptico radical, absoluto, autodestructor. Para él, el colmo del idealismo era pretender mejorar la situación del hombre”, remata Llopis en su análisis.

 

Se dedicó a trabajar en todo lo concerniente a la escritura, como escritor de relatos de terror, corrector de estilo y otros, lo que provocó que dejara su aislamiento social, comenzando una serie de relaciones, sobretodo por correspondencia, que dejarían ver otro lado de su contradictoria figura. Así, muchos de los que lo conocieron en este ambiente encontraron un tipo afable, razonable, comprensivo, divertido y en general un encanto de tipo.

 

No podemos dejar de notar las similitudes de la personalidad de Lovecraft y sus circunstancias de vida con las circunstancias de vida de millones y millones de personas de nuestros días y su “aislamiento en conexión en las redes sociales digitales”. En parte por eso Llopis lo llama un adelantado,:

 

Lovecraft fue un adelantado y un hombre enfermo (o fue un adelantado por ser un hombre enfermo). Como enfermo, supo sintonizar con la angustia de su mundo. Pero desde sus años treinta hasta ahora, el terror ha ido en aumento y hoy siente todo el mundo lo que entonces sólo percibía un hombre angustiado. Lovecraft es un adelantado porque, a través de su ansiedad supo expresar, aún más que los miedos de su tiempo, los del mismo porvenir.

 

Así es, en Lovecraft el terror es el de hoy, lo que ignoramos, lo que no asimos, y su revelación, como lo descubren los personajes de sus historias, es equivalente a la locura o la muerte. Hoy en día uno de los más grandes terrores se llama atentado terrorista, un terror fomentado en lo más profundo del racismo, que no es más que miedo producto de la ignorancia, la ignorancia voluntaria del otro, la negación del otro.

 

Lovecraft ya no es tan raro, incluso es común hoy en día, con tanta tecnología y tanta oportunidad de aislarnos en conexión. Al respecto, Robert Bloch dice: “La rareza de Howard Phillips Lovecraft –si es que hubo tal rareza–  residió en que su torre de marfil estaba mejor construida y era más bella que la mayoría de ellas y en que invitaba al mundo entero a visitarla y a compartir sus riquezas”. Y sus riquezas son muchas, su racismo es sólo un aspecto de sus mundos literarios (no podemos ignorarlo como no podemos ignorarlo en la vida real), pero no por eso debemos echarlo a la hoguera (aunque a algunos sí se me antoje echarlos, pero ese es otro tema).

 

Cuando preparaba este texto Eve Gil publicó lo siguiente, con lo cual concluyo:

 

Dios me libre de elegir a mis autores de cabecera con base en sus ideologías o tendencias políticas. Si alguien me pidiera realizar una lista de mis diez autores más amados, Mario Vargas Llosa aparecería en los primeros lugares. Sí, amo sus ensayos literarios pero en gran medida evito los políticos porque no concuerdo en lo absoluto con sus ideas. Pero sus novelas no son panfletarias, no son espejo de esa parte de él que no me gusta, por consiguiente no tendría por qué no reconocerlo como un gran novelista…lo mismo que a Céline, otro de mis ídolos. Hace algunos años di un curso sobre Ezra Pound, uno de mis diez poetas favoritos….sí, Pound era simpatizante de Hitler; yo deseo cada segundo que el infierno exista nomás para tener el infantil consuelo de que Hitler arda por la eternidad….¿Acaso Pound debería NO gustarme por sus nefastas simpatías? ¿Acaso no tengo derecho a adorar a Mishima porque era imperialista y se hizo el seppuku? ¿Por qué resulta tan vergonzoso para algunos reconocer que Héctor Aguilar Camín es uno de los más grandes autores mexicanos, sólo por sus vínculos con Salinas? Por favor, seamos más serios y maduros a la hora de juzgar a los autores importantes, porque si a esas vamos, al rato alguien me va a reclamar que me guste Murakami porque es del signo Capricornio…o Bolaño porque era alcohólico y fumador….¡YA!

 

 

Por Aldo Barrios

En portada, fotografía de Howard Phillips Lovecraft

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Jesús Montalvo al micrófono en el evento celebrado en Casa Madrid. Fotografía de Jesús Madrid.



Acerca de

Autopresentación: Soy literato y librero de profesión, escritor y disidente de afición (y anarcovegano). He escrito un par de colecciones de relatos dos tres y un par de novelas pésimas (las cuales no publicaré nunca a no ser que ganen un chingado premio y que parte del premio sea la edición impresa lo cual veo muy remoto). He participado en todos los concursos literarios habidos y por haber que den más de $5,000 de premio. Nunca he ganado ninguno, de hecho he invertido demasiado en copias, engargolados y fletes; una verdadera pena. También soy colaborador en Mambo Rock, Libera Radio, Turbia, ISC Radio y Pez Banana.


'Lovecraft y el racismo' tiene 2 comentarios

  1. marzo 23, 2016 @ 5:23 pm Don Poyo CorE

    En tal caso… podríamos aplicar el mismo criterio sobre Octavio Paz y su relación amorosa con Televisa y el PRI… o de plano, del bloqueo y boicot de Monsivais contra Abigael Bohórquez… o del apoyo de Borges a Pinochet… en fin, es imposible ser políticamente correcto 24 horas al día. Yo no puedo… ni quiero.

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  2. diciembre 5, 2016 @ 9:45 pm Eve Gil

    Muchas gracias por la cita. El artículo es espléndido. Felicidades!

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