Un cimarrón en Londres


Hay seres en este mundo que aún se rigen por valores morales como la paridad, la lealtad, la equidad y la verdad, no obstante la popularidad actual de dividir los hechos entre “verdaderos” y “alternativos”, dependiendo el espectro político a través del cual se estén observando. Para dichas personas morales, el evento al cual me referiré, ocurrido el pasado 15 de febrero, fue algo no difícil de digerir, pero sí difícil de mirar. Sobre todo si se es neutral, si uno admira la justa competencia entre iguales que da, como defecto, un entretenimiento a espectadores y un crecimiento a participantes.

Pero no me refiero al hecho de que Marc Anthony se fue sobres de una señorita de 21 años de edad (¿al cabo, qué es una diferencia de 27 años de edad?, algo en común han de tener), segundos después de que la rúbrica del señor se secase en el documento que oficializaba su (tercer) divorcio. No, no; me refiero a algo todavía más dramático: “La masacre en Baviera” (que si retomamos el cauce de los “hechos alternativos”, ésta tiene más cimientos que “la masacre de Bowling Green”, la que una residente actual de una casa incolora se chutó).

Fue algo, nuevamente dependiendo de la posición en que se observe, o terrible o glorioso. En aproximadamente 40 minutos, las fuerzas combinadas de la resistencia europea en el estado federal alemán de Baviera terminaron con las fuerzas combinadas internacionales que contenían ingleses, chilenos, franceses, españoles, nigerianos, colombianos… ¡y hasta suizos! –quienes normalmente nunca le entran al tiro.

A final de cuentas, el resultado de la masacre fue el mismo… el mismo del año pasado: Arsenal Football Club, 1; FC Bayern München, 5.

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Yo no sé cuantas personas compartan mi visión característica, peculiar y exquisita (Je t’adore! C’est magnifique!, me decía Cole Porter) de la vida, las artes y el deporte; pero me atrevo a proponer que todos aquellos quienes decidimos aventarnos un evento deportivo completo, lo hacemos a la espera de dos cosas: entretenimiento y calidad. Esto lo opino no porque me considere un experto dentro del mundo del deporte, sino porque a final de cuentas se le está invirtiendo tiempo al asunto, mismo que puede variar desde el par de horas, en el caso de un partido de fútbol asociación, hasta una eternidad con quince minutos, en el caso de un juego en las grandes ligas (MLB) actualmente.

Personalmente, y como jugador aficionado amateur –gracias a la liga “universal de 11 contra 11” del Río de Los Ángeles y su constante patrocinio– puedo tangencialmente entender ese sentimiento fugaz que puede atacarte cuando estás dentro de la cancha, no has tocado el balón en los últimos quince minutos, te la has pasado corriendo lateralmente sin dirección precisa, levantas la mirada y observas al equipo morado arremetiendo contra tu lado de la cancha por enésima ocasión. Ese sentimiento que te hace decir: “ya mamó”.

Pero eso es algo que compartimos cinco o seis jugadores del Real Zamora (honroso nombre para el equipo amarillo), no es algo que abiertamente admiten los profesionales que han entrenado en fuerzas básicas desde los diez u once años de edad y quienes firman contratos por exorbitantes miles de euros o dólares por semana. Uno pensaría que, mínimo, por amor al salario, correría de lado a lado el mediocampista Mesut Özil, aunque se conozca abiertamente su incapacidad de defender y su aversión a las barridas defensivas.

Uno pensaría que, tan siquiera, por amor propio iba a dar la cara David Ospina cuando le llovieron los goles en un segundo tiempo, el cual causará que hasta sus nietos sean víctimas de un bullying futurista.

Uno pensaría que, como mínimo, el director técnico Arsène Wenger, al timón del equipo Arsenal por más de 20 años, entendería el momento anímico de su equipo y la función de jugar visita-casa dentro de la Champions League, y trataría de defender una derrota “honrosa” y el espejismo de la oportunidad que da el “gol de visitante”. Eso sí, sus cambios fueron ofensivos, incluyendo el atacante francés Giroud, quien respecto a similitudes lamentablemente nomás tiene la nacionalidad y la “G” de Gignac, no el talento.

Sin embargo, tanto el técnico del equipo y los jugadores otrora mencionados –a excepción, en mi opinión, del chileno Alexis Sánchez, quien ya necesita equipo nuevo y no me refiero a sus compañeros dentro del Emirates (estadio sede del club Arsenal en el norte de Londres)– ni las manos metieron… ni amor propio demostraron… ni amor al salario… y menos amor a la camiseta.

Quizás la escena que transpiró en el segundo tiempo fue la culminación de una serie de accidentes deportivos (de esos que pasan en la vida): sí, el capitán y defensa central francés Laurent Koscienly salió lesionado a los minutos de reanudado el segundo tiempo; sí, Alexis Sánchez y Mesut Özil tuvieron oportunidades claras de gol antes del medio tiempo. Pero tampoco hay que olvidar dos posibles infracciones dentro del área del club inglés que no fueron marcadas por el árbitro (ambas manos “dudosas” a cada lado del medio tiempo); ni una entrada fuerte con los tachones por delante por parte del mediocampista suizo Granit Xhaka. Qué fácil pudo haber sido juzgada como una tarjeta roja directa por “Chiqui” Marco, Antonio Marrufo y hasta el recién retirado Mark Clattenburg.

En fin, si Arsenal Football Club fue víctima de algo en su más reciente carroceada, en el sur de Alemania, no fue precisamente de la injusticia.

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Para víctimas están los “Gooners”. Siendo éstos los fanáticos de Arsenal (el curioso apodo de los fanáticos es debido a que al club Arsenal se le conoce como los Gunners: pistoleros o artilleros, en el inglés de su majestad la reina, dieu et mon droit).

Los que me conocen ya lo saben, pero como aquí no me conocen (salvo Don Chon, quien me sigue de un lado a otro como si le debiera a sus abarrotes) debo hacer hincapié respecto a mi pasión, fervor, predilección y fanatismo por el equipo alemán. Tanto así que mi sangre es roja como el color de la casaca del Bayern, o Die Roten (los rojos). A pesar de esta peripecia biológica, puedo admitir cuando otro equipo, o en su defecto sus fanáticos, están sufriendo de manera indebida o innecesaria.

Como ejemplo están los Cimarrones, pero no nada más los borregos mexicanos en quasi peligro de extinción, sino los Cimarrones de Sonora Fútbol Club. No hace poco me encontré con una transmisión de la Copa BienX donde disputaban un encuentro animalístico los Cimarrones en contra de los Xolos (que en ese entonces eran el líder de la Liga MedioX), y al ver el estadio Héroe de Nacozari un poquito más allá de medio vacío me pareció triste para el equipo de un mercado naciente; equipo que a final de cuentas sí ganó contra su oponente de la división mayor, a pesar de ser abandonado tan cruelmente por su afición (al menos en lo que vi de la transmisión televisiva, ya que yo todavía no tengo la capacidad de Silvio Rodríguez cuando dice “debo partirme en dos… debo partirme en dos…” en la canción homónima, y no podía estar al mismo tiempo viendo el juego en Los Angeles y en el estadio Héroe de Nacozari).

Lo sentí al punto de escribir un haiku en su honor:

Cimarrones, no

Ivanobski o Vidrio

ánimo ciego.

Esas palabras tienen el mismo alivio para los Cimarrones en su vestidor como la conferencia de prensa de monsieur Wenger después del partido: ninguno en absoluto.

Dentro del universo del fútbol asociación por lo regular no me adentro en equipos ajenos, hay suficientes preocupaciones con las lesiones anuales de los jugadores del Bayern, y de igual manera trato de no burlarme de los destinos finales de la competencia –ahí podemos recordar cómo, a final de cuentas, quedó el legado de Guardiola en Alemania: Eigenlob stinkt.

Pero el caso de Arsenal, los Gooners y Wenger es único hasta cierto punto. Es único, ya que trata en específico respecto a ellos, en este momento en el tiempo y bajo sus propias circunstancias. Aunque es algo que se ha repetido una y otra vez en distintos ámbitos, en distintos lugares del planeta y en distintas épocas. Se podría afirmar que el tiempo de Arsène ha terminado.

Yo no soy ni un experto ni un especialista, pero aun así estoy al tanto de la existencia de muchísimos Gooners que ligan a sus respectivos Gunners con Wenger. Jóvenes, hombres y mujeres, cuyas primeras memorias de su club londinense son de Emmanuel Petit y Arsène, o de Thierry Henry y Wenger. Ellos, con la inclusión de los fanáticos que ya existían pre-Wenger, debaten como lo hacen los fanáticos y hay quienes defienden al francés y quienes lo atacan; hay quienes lo consideran un fracaso y hay quienes lo consideran una leyenda en vida; hay quienes prefieren el uniforme amarillo de visita y hay quienes prefieren el tradicional rojo-blanco; en fin, ahí los van a encontrar hablando hasta que se pongan de acuerdo.

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Bueno, esa es mi opinión a final de cuentas. Pero no me tienen que hacer caso a mí, si prefieren pueden escucharlo a voz de un compatriota de los Gunners, Charles Darwin, quien dijo: “no son los equipos más fuertes los que sobreviven, ni los más inteligentes, sino los que más responden al cambio”. Bueno, no dijo eso exactamente, pero su premisa puede ser parafraseada de esa u otras maneras para menesteres futbolísticos.

No se está negando el hecho de que en el 2004 Arsène y Arsenal le regalaron al fútbol moderno un equipo invicto después de una temporada de 38 juegos. Pero si aquellos que importan dentro de su enorme y moderno estadio continúan observando lo que sucedió hace trece años, en vez de contemplar lo que puede suceder en 13 horas, días o semanas, entonces, me parece, corren el riesgo de encontrar el Emirates con un nivel de asistencia comparable al Héroe de Nacozari (nuevamente, en lo que yo vi en televisión en aquella gloriosa victoria del equipo hermosillense ante los perros aztecas comandados por un piojo: ¡ah, la idiosincrasia!).

Ya lo que decida el Arsenal en el plano de la realidad es su asunto. Ya que, si he de ser honesto, la verdad es que si gustan seguir como van, y por ende regalándole dos semanas de relajación al año al Bayern durante la Champions League, pues bienvenidos.

 Por Alí Zamora

Fotografía de Luis Gutiérrez / Norte Photo,

relativa al encuentro referido por Zamora, Cimarrones vs Xolos, 17 de enero de 2017, con un graderío despoblado en el Héroe de Nacozari.

Cimarrones de Sonora vs Xholos de Tijuana durante el primer juego CopaMX. 17ene2017
©Foto: LuisGutierrrez/NortePhoto.com



Acerca de

A. Zamora – Departamento de Vías y Transportes. Estudiante de música, lenguas y el prójimo (hasta el ajeno de vez en cuando). En su momento compositor de ritmos y, cuando se requiere, de enunciados llenos de palabras. Muestra un interés por las artes, la música, las leyes incongruentes, las tortugas y que dejen jugar a los chiquitos. Hace algunas décadas inició un viaje que no termina, pero comienza nuevamente cada día…


'Un cimarrón en Londres' tiene 2 comentarios

  1. febrero 21, 2017 @ 8:45 pm Jesusinho da Silva

    Qué bueno que volviste con tus crónicas futboleras de la Europa europea, Alí: ya se te extrañaba en este rancho.
    Ci-ci-ci-ci… ¡Cimarrones de Munich!

    Responder

    • febrero 22, 2017 @ 5:07 pm A. Zamora

      Antes de nada, gracias por la lectura.
      Y ya viendola bien, si tuviese el talento (o la valentía), y hubiese dibujado al Wenger con unos cuernos de cimarrón ad hoc, hasta «de adevis» pareciera la crónica…

      Responder


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