Un adiós para el Rey


Abrimos semana con un tributo de la Tere Padrón al meramente de la batería


“Those who wish to be must put aside the alienation

get on with the fascination, the real relation

 the underlying theme…”

Neil Peart

Descubrí a Rush a través de mi mejor amigo de toda la vida, Alonso Hernández, allá por 1985 en el COBACH plantel 1 en Mexicali. En aquella época nadie (excepto el Alonso) tenía un “walkman” de disco compacto. De hecho, casi nadie habíamos visto un CD por aquel entonces. Estábamos reunidos en el parque junto a la prepa otros dos queridos amigos, Víctor Arrizon, Jorge Arcos, Alonso y yo. Nos fue pasando a uno por uno el extraño aparato con los audífonos. Las primeras notas que escuché me volaron la tapa de los sesos. Eran unos tambores contundentes y precisos que marcaban el ritmo de una de las mejores canciones de la banda “Tom Sawyer” del Moving Pictures de 1981. 

Después de los primeros compases, quedé pasmada. El ritmo de la batería acompañaba a un sintetizador y a una voz que parecía la de un duende salido de alguna leyenda infantil. Además, se escuchaban los acordes melódicos de una Gibson que sonaba como nadie la había tocado y un bajo rotundo y exacto que la acompañaba. Toda esa amalgama de sonidos creaba una atmósfera irreal. Era un sonido pesado y armónico, energético y melódico. Era el rock progresivo en su más pura expresión pero con un sello único e irrepetible. Era Rush.La primera pregunta que le hice a mi amigo fue ¿cuántos son? Cuando me dijo que sólo eran tres pelados,  no le creí. Me enseñó la cubierta del CD y leí: Geddy Lee, voz, bajo y sintetizadores; Alex Lifeson, guitarras; Neil Peart, percusiones. Seguía sin dar crédito a mis oídos. Más tarde conseguí prestados algunos de sus LP anteriores.

El primer disco de Rush que escuché completo fue el Fly by Night, de 1975. Mucho más burdo y más rupestre pero no por ello menos bueno que Moving Pictures. Aquí no había sintetizadores ni efectos especiales. Sólo tres músicos geniales en pleno dominio de sus instrumentos creando un sonido pesado y progresivo al mismo tiempo. Mi favorita resultó ser “Anthem” que, como su nombre lo dice, se volvió un himno para mí desde entonces. Puse atención en la letra y me di cuenta de que el mensaje que contenía y era uno de rebeldía, igual que la mayoría de las canciones de rock, sólo que esta era una rebeldía que te incitaba a librarte de las opiniones de los demás y a ver la vida con tus propios ojos y no a drogarte ni auto destruirte. Eso me gustó. Pero lo mejor era la música. De nuevo, me cautivó el sonido que provenía de sólo tres personas con sus instrumentos tradicionales y sin trucos ni efectos electrónicos. Seguí con el primero, llamado simplemente Rush, de 1974,  continué con el 2112 de 1976 y terminé la tarde con el A Farewell to Kings de 1977 . 

Fui notando los cambios sutiles no sólo en la música que se volvió cada vez menos pesada y más progresiva, sino en los temas que fueron transformándose de canciones sencillas en temas más críticos recurriendo a leyendas conocidas de todas las culturas y épocas y a poemas épicos que sirvieron como telón de fondo a Neil Peart para hacer una crítica social y política pero no a la manera del rock tradicional que incitaba a la anarquía, al desorden o a la auto destrucción sino que estas canciones, como “Cinderella Man” o “The Trees”, apelaban a buscar la verdad, la justicia y el amor a través de la inteligencia y la sensibilidad y recurriendo a metáforas sencillas que todos pudiéramos comprender y con las que todos pudiéramos identificarnos. También canciones como “Subdivisions” hablaban de la alienación de la sociedad de consumo y de sus nefastas consecuencias en la vida de las personas.

Fui a escuchar a Rush tres veces. La primera con el Hold Your Fire en 1987 en San Diego. Me gustó mucho porque fui con mis mejores amigos de la prepa y salimos extasiados y llenos de energía (teníamos 20 años).

Pero la segunda vez que los vi sucedió algo mágico. Fue en 1992 con un álbum llamado Roll The Bones (algo así como “gira los dados”) de 1991. Había quedado con mi gran amigo Roberto Pons que iríamos juntos al concierto y me encargué de comprar los boletos con anticipación. En una época en que aún no había internet o que no todos teníamos acceso a éste, era más complicado pues había que ir personalmente a San Diego a comprarlos. Por fin llegó el tan esperado día. Yo estaba ansiosa, pues mi amigo había quedado de recogerme en mi casa temprano y eran casi las dos de la tarde. De Mexicali a San Diego son aproximadamente dos horas y media en carro (en un buen carro), pero no en un Fairmont 1979 usado y con mil detalles mecánicos, así que la espera se hacía insoportable. Como no había celulares, no podía saber qué estaba pasando y por qué demoraba tanto. Más tarde me enteré que había ido al funeral de un compañero de trabajo y el sermón había durado una eternidad.

Finalmente llegó por mí y cruzamos la línea casi a las cuatro de la tarde. Era febrero y hacía mucho frío, pero nuestra emoción y nuestras ganas de escuchar a Rush, además de un café del Seven Eleven, nos hicieron entrar en calor. Conforme subíamos la montaña, la neblina comenzó a hacerse más densa y apenas si podíamos ver los focos del carro de enfrente. El Fairmont empezó a jalonearse y vimos la aguja de la temperatura y estaba casi en la parte roja. Ya había oscurecido y temimos lo peor. No sabíamos cuánto faltaba para llegar y si llegaríamos a tiempo para el concierto. No sabíamos si el carro respondería y podríamos seguir. El frío se colaba por todas partes en el viejo “milky way” (así lo bauticé porque era cafecito). El límite de velocidad era 55 millas por hora pero nosotros apenas íbamos a 35 porque el carro no daba para más. Temí lo peor: no llegaríamos a tiempo para el concierto.

Cuando comenzó el descenso de la cuesta, el carro respondió y con un chicotazo recuperó la velocidad. Ya sólo faltaba media hora para llegar y con un poco de suerte, estaríamos en nuestros asientos, cómodos y alientitos justo a tiempo para el show. 

Llegamos al San Diego Sports Arena con media hora de retraso pero no nos importaba mucho porque abriría una banda que ni conocíamos. El guardia de la entrada del estacionamiento nos informó que ya no había lugares disponibles. Buscamos desesperadamente un espacio para el carro por los alrededores. Todo lleno. Rodeamos el recinto y en cada entrada el guardia nos hacía señas de que no había lugar. Faltaban sólo unos minutos para que saliera Rush a escena. En la última de las entradas al estacionamiento, la de la parte trasera, un guardia nos dejó pasar. Era un chicano que nos sonrió y nos dijo “Enjoy the show, man”. 

Debo confesar que estaba muy molesta con mi amigo por haber salido tan tarde, pero él me decía que viera lo bueno: ya estábamos a punto de entrar a ver una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos. Respiré aliviada y mientras buscábamos lentamente un espacio para el carro, se abrió otra de las puertas del estacionamiento y apareció una limusina negra y misteriosa. Mi amigo y yo volteamos a vernos con las bocas abiertas y la cara de incredulidad. Nos acercamos al vehículo en dirección opuesta y cuando quedamos justo frente a él, se detuvo, se prendieron las luces de adentro y alguien bajó despacio el vidrio de la ventana de nuestro lado. Pudimos habernos desmayado. Era el rostro amable y tranquilo de Neil Peart que nos saludó con una sonrisa. Al  otro extremo iba Alex Lifeson. A Geddy no lo alcanzamos a ver. Mi amigo volteó a verme y me dijo: “¿Ves? Yo lo tenía todo planeado para que esto sucediera”. Casi le pego, pero mi alegría desbordaba mi enojo.

La limusina siguió su marcha y nosotros permanecimos como petrificados por unos momentos. Por fin hallamos un lugar y corrimos de inmediato hacia dentro del recinto. Justo al encontrar nuestros asientos comenzaron las primeras notas de una de las más grandes canciones del rock progresivo de todos los tiempos “Spririt of the radio”. Nuestras lágrimas se mezclaron con un grito al unísono mientras entonábamos “Begin the day with a friendly voice and a sound that’s unobrtrusive…” Más tarde vino la que es, a mi juicio, una de las letras más perfectas del rock (y mi canción preferida de la banda), “Limelight”, en donde el gran Neil hace gala de su habilidad como letrista para decirnos cómo se vive bajo la luz de los reflectores y cómo esa luz no debe deslumbrarnos porque el verdadero escenario es la vida y los verdaderos actores somos nosotros, cada uno actuando el papel que le toca y que nuestro público son todos los que nos rodean. No recuerdo el resto de las canciones. Fue hace muchos años y yo permanecía en un estado de placer absoluto, extasiada con cada nota, cada acorde y cada verso.

Cuando dejamos el lugar, el cielo ya se había despejado y hacia el poniente, hacia el mar, brillaba una estrella enorme (Júpiter, según los astrónomos). Recordé cuánto le gustaban a Neil Peart los astros, cómo los estudió y cómo plasmó sus misterios en canciones como “Cygnus X-1” del A Farewell to Kings (Invisible to telescopic eye, “Infinity” the star that would not die…)

Jamás olvidaré esa noche mágica en que tuve el encuentro más afortunado de mi vida con un gran músico. Tal vez el más grande baterista de rock de las últimas décadas, Neil Peart. Espero que él tampoco haya olvidado mi cara y la haya llevado consigo a través de las “ondas permanentes” y de los “hemisferios” del espacio sideral hasta la constelación de Cygnus.

Farewell, Sweet King!

Por Teresa de Jesús Padrón Benavides

Retrato del joven Peart disponible en el álbum Fly by Night de 1975


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Acerca de

Originaria de Mexicali, avecindada en el DF, con casa en Hermosillo. Estudió las licenciaturas en Traducción en la UABC y en Letras Inglesas en la UNAM.


'Un adiós para el Rey' 1 comentario

  1. enero 20, 2020 @ 9:01 pm Roberto Pons Monreal

    Mi queridísima y rockerisima Tere yo también recuerdo con mucho cariño aquella mágica noche que fuimos a San Diego.
    Las dificultades para irnos temprano, la lluvia horrible y los brincos y gritos que diste como loca (los recuerdo bien) cuando nos topamos con ellos en su limousine a 4 metros de distancia. Muchos detalles que yo no recordaba tu los volviste a traer a mi memoria con tu excelente y sabrosona redacción.
    Eres muy hábil para hablar y escribir, y aparte simpática. Por eso tienes tantos amigos, y déjame decirte algo que cabe mencionar ahorita después de tantos años. Siempre hemos llevado una bonita amistad sin rupturas ni enojos, hermanados por nuestro amor, que no gusto, al rock, la literatura y gente pensante. Te mando un fuerte abacho y becho, y sigue con tus crónicas, ya soy uno de tus fans…..y no creo ser el único.

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