«Sin llorar, mi catracha, que hoy nos tocó pelear la guerra en otro país». Crónica de la Casa del Migrante en San Luis Potosí


Mientras unos se emborrachaban y otros tiraban línea en las redes, Fernando Mósinet se ponía las pilas y en qué forma


Hermosillo, Sonora.-

Soy un perro sin raza. Soy, como canta Drexler, de ningún lado del todo y de todos lados un poco. Esta idea la viven al máximo los hombres, mujeres, niños y niñas que llegan a una de las casas para migrantes de Latinoamérica. La casa de migrantes de San Luis Potosí del programa Cáritas. Yo estuve ahí, los conocí. Este escrito está construido principalmente por ellos.

En verano del 2018 quise ir un mes a vivir allá y trabajar. No pude. Yeraldí, la madre, como le dicen; que coordina este lugar, me dijo vía telefónica que recién recibían a un grupo de seminaristas y no había espacio para más voluntarios, pero que no perdiera la intención y me reportara más adelante. Así lo hice y, en un acto más de orgullo que de excitación, me volví a comunicar acercándose las vacaciones decembrinas. Fui acompañado de la maestra de inglés Yocelyn Padilla y la aventura comenzó el viernes 28 de diciembre. Con la emoción recuperada, llegamos primero en avión a Guadalajara a las 11 de la noche. De Guadalajara tomamos el autobús a San Luis Potosí que salía a las 2 am. Llegamos a las casi 8 am hora de allá y rápido a trabajar. 

Nuestra labor se centró en abrir las áreas que por razones vacacionales habrían permanecido cerradas. Estoy hablando de la tiendita, ropería, área de teléfonos, entre otras. Todas nuestras actividades eran excusa para la labor central: convivir con los habitantes. Hay otras áreas donde no podríamos habernos capacitado en tan solo una semana y que siempre están para el apoyo de los asilados: Trabajo social, Psicología, Orientación Jurídica y más.

El autor frente a grupo

No se necesita licenciatura para ser voluntario. Ni siquiera una postura bien definida sobre un tema tan delicado como la migración. Yo solo sé que hay gente que quiere trabajar, lo sé, me consta, yo estuve ahí, y que necesita de hermandad. Yo lo puedo dar, o lo puedo ignorar. Pero decidimos darlo y por eso fuimos. Dijo Fernando Landeros en una de las emisiones del Teletón algo que trato de recordar: No nos mueven las piernas, sino la voluntad. El migrante José Manuel es prueba de ello. Él perdió sus piernas en algún punto de esta odisea, pero sigue caminando. Yo a veces no camino, aunque tenga mis piernas y más de un par de zapatos. Pero a veces sí y trato de aprender cuando lo hago.

Me acuerdo que una vez, de niño, me entretuve bailando con una bolsa de supermercado en el patio. Me llamaron a comer y la dejé en el suelo, pero sentí una ligera inquietud de dejarla ahí sola: era mi juguete, por lo menos en ese momento. Ahí descubrí el apego. Trato, con mis alumnos de secundaria, de hablarles del apego y lo negativo que puede ser en nuestras vidas. Para que lo identifiquen en ellos y traten de trabajarlo a su ritmo. ¿Pero que les puedo decir del apego cuando hay cientos de personas que cada día lo dejan todo, realmente todo, y se van? Su hogar, su trabajo, su gente. Ellos llegan a México o a Estados Unidos y hablan a su manera, acarician su bandera y recuerdan cada vez que pueden sus estrellas. ¿Puedo hablar de apego con ellos? No me atrevo. No entiendo su dimensión y me limito a escuchar:

“Es la primera Navidad que paso sin mi familia” Dijo Abel.

“Yo mejor me fui de Honduras, porque cuando iba a la escuela me encontraba cuerpos de chicos de mi edad en las calles” Dijo Osman.

“A mi madre no le gustaba la idea que yo me fuera del Salvador, pero me fui. La vi 5 años después.” Dijo Nelson.

Fernando con Jaidi, Melany y Carolina

Hay algunos casos que simplemente son difíciles de describir. Dos anécdotas de las clases que dimos.

Cuando propusimos a Yeraldí sobre utilizar el comedor una hora al día para dar clases a los migrantes, a Yocelyn, que propuso clases de inglés, le dijo:

―Excelente, puedes enseñarles frases básicas que van a utilizar como: “Tengo frío”, “Estoy perdido”, ”Auxilio”, “Tengo hambre”. 

Por supuesto que ella lo dijo sin malas intenciones. Pero nos resultó triste que le recomendara estas frases como las que habrían de necesitar. Nos causó gracia aquella ironía como golpe de realidad.

Durante las clases de valores que pude impartir, conversamos sobre la bondad y la maldad y que, escribe Amos Oz, la maldad es simplemente causar un daño. Todos lo sabemos, ellos lo saben, pero a veces es fácil hacernos tontos. Nos tendimos un momento en dejar algo muy muy claro: hay bondad en ellos. Aunque esté el mundo en contra, aunque a veces nadie entienda su situación y decisiones: hay bondad en ellos. Aunque les llamen ilegales, delincuentes, indocumentados, vagos: hay bondad en ellos. Aunque lo sean: hay bondad en ellos. Yo le apuesto a esa bondad que hay en todos, o por lo menos en la bondad de los que estuvieron en la Casa del Migrante de San Luis Potosí.

Yo estuve ahí. Yo también estuve ahí. Pero ahora estoy de regreso. Mi maleta guardada, limpia y lista por si quiero viajar de nuevo… o no. Yo tengo esa elección. Hay personas que no la tienen. Y mientras ellas estén y yo esté, buscaré una aventura donde podamos coincidir. Te invito.

6622 56 64 94, mi teléfono.

¡La aventura apenas comienza! 8:o)

#QuiénDijoQueFueraFácilVolar

Por Fernando Mósinet

Fotografía de Fernando Mósinet y Yocelyn Padilla

Don Jorge y sus hijas. Una familia hondureña migrante.


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Acerca de

Fernando Mósinet es escritor, maestro y superhéroe. Es voluntario con niños en situación vulnerable con risoterapia, cuentacuentos y cualquier aventura a la que lo inviten. Contacto: fernando.mawcinitt@cambridgehills.edu.mx


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