Los “indios” de mi familia


Corría la primavera de 2016 cuando un par de yaquis gringos me invitaron a ser parte de un simposio en la Universidad de California en Davis. Ahí, ante un selecto público, hablé del famoso caudillo conocido como “el indio Cajeme”. En un trastabillado espanglish confronté la encomiosa visión historiográfica que el yori tiene de Cajeme con la leyenda negra que el propio yaqui tiene de Cajeme.

Cuando vino el momento de las preguntas y las respuestas luego luego se me fue recio una antropóloga peruana que trabajaba por allá: “No se dice indio, eso es racista, se dice indígena”, me espetó. “Ya sé que acá no puedo decir negro, chino y no se cuántos vocablos más. Pero yo no tengo problemas con eso, es más me pueden decir beaner, no pasa nada”. Y ya embalado, agregué:

-Y eso de que indio es racista también lo piensan en México, pero no la gente común sino los académicos. He trabajado con los yaquis y ellos dicen que son indios y que son una tribu. Pero para mí, que soy un yori hecho y derecho, la palabra indio me remonta a mi infancia y a mi familia.

Les expliqué que buena parte de niñez la vivía rodeado de mi familia materna, los Rascón, en Villa Juárez, pueblo situado en la frontera entre los valles del yaqui y mayo. Y que a mi tío Lalo todos lo conocían como “el indio”. Y que a mi tía Angelina, en la familia y a veces, le decían “la india”. Y que el tío Rubén también era conocido en el pueblo como “el indio”, y que ya adolescente supe que antes que ellos mi tío Jesús fue «el indio» y aun antes que él lo fue mi tío abuelo Ernesto Rascón Quijada.

-Total -proseguí- que nunca me pareció un insulto ni mucho menos. Al contrario, recuerdo que mi tío Lalo tenía una funda de cuero para guardar su navaja con la inscripción “el indio”. Para mí el apodo de indio es motivo de orgullo, y eso de indígena me suena a laboratorio.

Se quedaron pensando algunos y otros le siguieron al debate. 

Y eso que no les conté que en la primaria tuve un buen amigo que le apodaban “el indio”. Se llamaba o se llama Aurelio, era buenísimo para los deportes y siempre portaba una sonrisa, además de una tez prieta casi colorada. Tengo un recuerdo onírico con él: una mañana pasó por el amplio patio de mi casa, que era la casa de mi abuelo Eduardo y la de mi nana Cruz. Iba en bici, yo tenía en mis manos el Diccionario Larousse Ilustrado 1989 que tanto atesoré, y quién sabe por qué salió a cuento el nombre del conducto de 24 Horas, don Jacobo Zabludovsky. El indio, en un lance creativo, me reviró: “¿Don Jacobo Cagadosvsky?”. Muchos años después, yo estudiando la carrera de Comunicación y escuchando vivas críticas al periodista, me pregunté si el indio sabía algo que yo no, si sólo le hacía al payaso o era una combinación de ambas, es decir una forma creativa de tomar distancia del poder. Como los indios, pues.

Texto y fotografía por Benjamín Alonso Rascón

FOTO DEL PATIO DE LA CASA?


Acerca de

Premio Nacional de Periodismo 2007. Director de Crónica Sonora. Contacto: kiktev@gmail.com


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