Los éxodos yaqui y coreano en Yucatán. Los plebeyos del henequén


Mérida, Yucatán.-

¿Qué es más difícil: atravesar un océano infinito o recorrer un desierto para llegar a la otra punta de un país? 

A medio mundo de distancia, coreanos fueron embarcados a Yucatán con la esperanza de tener una mejor vida. Al otro lado de México, yaquis fueron traficados desde Sonora para Yucatán, sin esperanza y quitándoles las ganas de vivir.

Éxodos. Obra de teatro que muestra la historia de los exilios de las personas que han formado la historia yucateca. Yaquis y coreanos se cruzan en las haciendas henequeneras para trabajar la planta que era comerciada a Estados Unidos y Europa en forma de sogas y bolsas.  

Érika Torres, Carlos Caballero y Rebeca Ruiz son actores y parte del equipo de producción de Éxodos. Los tres se convierten en los distintos personajes: el indio yaqui, el coreano, el Gordo Rey del Henequén.

Los yaquis fueron traídos a Yucatán por obligación. Casi se puede decir que fueron deportados.


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–Necesitamos más esclavos –dijeron los hacendados yucatecos, tras agotarse los recursos humanos (la gente, pues) que trabajaban el henequén.

–Necesitamos más manos agrícolas –dijo el gobierno de Porfirio Díaz, para debilitar la rebelión yaqui en Sonora, los primeros indicios de la Revolución Mexicana que estallaría en 1910. Separó a las familias.

El primero en escena es un yaqui, que añora su tierra. Es 1912 y está en un puerto yucateco, mirando la soledad de la arena, la arena que le recuerda al desierto sonorense. Le prometieron regresar en barco pero aquí sigue, frente al Golfo de México, teniendo que cruzar al otro lado, a la costa que bordea por el Océano Pacífico.

Recuerda las aves de Sonora y las compara con las de Yucatán, con el pavo de monte, y también con la jarana, ese baile que bailan los mayas, también esclavos, en sus fiestas. 

¿Regreso por mar o por tierra? Se pregunta él y otros yaquis. Solo 44 serían repatriados por el gobierno mexicano de Madero como presidente y Pino Suárez en la vicepresidencia. Irían por tierra.

Se encuentra con Kim Suu-Bon, el coreano. Ambos recuerdan lo que es partir de su hogar.

Con la esperanza y la promesa de una mejor vida al otro lado del Océano Pacífico, los coreanos se embarcaron en 1905 para llegar al puerto de Salinas Cruz, en Oaxaca, y cruzar el sureste mexicano hasta Yucatán. Fueron mil coreanos los que llegaron a México y tres mil chinos, muchos de ellos cruzaron el Canal de Yucatán hasta Cuba.

–Si nos quitan el nombre somos nada. Somos cosas, somos nadie.

Dicen. A ellos, los yaquis y los coreanos y los mayas, a ellos les quitaron sus nombres. Les despojaron de sus nombres. Adquirieron nombres castellanos y apellidos de la casta divina, la realeza yucateca, dueña de haciendas y henequenes. Los Ek mayas se convirtieron en Estrella y Kim Suu-Bon se volvió Susano García. 

–¡Chemulpo, Chemulpo!

–¡Chemulpo!

Gritan borrachos los coreanos en la cantina del Barrio de Santiago, en la esquina de la 72 con 57.

–¡CHEMUUULPO!

–¿Qué andan gritando ustedes? Seguro se están insultando –les dice el cantinero.

–No, Chemulpo es el puerto de dónde partimos –le responden. 

Son los años cincuenta.

El henequén es un agave. En Éxodos dicen que “es un agave nacido para atar”. Ata lo que sea: armas, cajas, personas.

Ata a los coreanos y yaquis a Yucatán. Los ata a los hacendados mayas.

El Gordo Rey del Henequén entra en escena. Su acento aporreado, yucatequísimo, ordena y se ríe de su imperio de sogas. Tiene el poder y, con él, construye casonas que emulan palacios parisinos sobre Francisco de Montejo, la principal vía de Mérida.

John Turner graba un video en una hacienda. Susano García lanza su látigo contra pieles mayas. Las espaldas son castigadas por el coreano, quien continúa con los latigazos. 

¡Zast! ¡Zast! ¡Zast! Le toca seguir órdenes, así lo indica su cultura. Tiene que hacer el mejor trabajo posible, le dice al público. El mejor.

Don Irigué, le dicen los mayas a Susano García, a Kim Suu-Bon. Irigué, en coreano, significa “vamos”. Su identidad se divide en tres: el coreano, el yucateco, el maya. Don Irigué, Susano, Kim, se adapta a la tierra, brota en Yucatán y crece familia.

Tras 24 años de vida útil, el henequén se debe quemar. De lo contrario, su putrefacción se impregna a la tierra y se esparce a través de sus raíces. El fuego arrasa el agave yucateco.

Por Paul Antoine Matos

Fotografía de Daniela Tarhuni


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Acerca de

Periodista y cronista de la península de Yucatán. Premiado múltiple a nivel regional, en 2019 parte de la Beca Prensa y Democracia de la Universidad Iberoamericana y del programa Edward R. Murrow de periodismo del Departamento de Estado de Estados Unidos.


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