Volar es fascinante: abrir las alas, hacerlas vibrar, apreciar el viento en todo el cuerpo, regocijarse con los seductores aromas, sentirse feliz y no pensar en nada más que solamente volar y volar y volar.

 

Aquella tarde yo era feliz. Volaba como lo hacemos las reinas, altivas, con garbo. Nada era imposible para mí porque confiaba en mi fuerza y en mi perfección y nadie se atrevía a interponerse en mi camino. Absolutamente nadie se atrevía.

 

El aire acorralaba las suculencias de la carne y me hizo recordar aquella vez que viajé en un tren sin rumbo fijo y me dejé llevar, en calma, hacia no sé dónde. Quizá era mi deseo de encontrar nuevas historias, una vida que se antojaba fascinante. Fascinante como el acto mismo de sentir que vuelas.

 

Iba en el tren, decía. Había un ventanal fresco que palpitaba lánguidamente, casi como un susurro, y me adormecía a ratos.

 

Mis sentidos se alertaron cuando, por una hendidura, el vagón se impregnó con el suculento aroma de las carnes. La cocina, supuse. Era lo más lógico. En las cocinas me había pasado horas y horas, aletargada por los sabores.

 

Es curioso, pues aunque me consideraba altiva e inalcanzable siempre se exaltaba en mí esa debilidad maldita por la comida aunque hubiera otros alrededor. ¿Por qué no fui diferente? ¿Por qué no pensaba mejor en nadar, por ejemplo? ¿Por qué siempre era la comida? ¿Por qué? Volar es tan fascinante como comer y comer es tan fascinante como la insolencia.

 

Seguí el orgásmico halo de la carne. Había un trozo jugoso, enorme, que me enloqueció. No me inmuté y comencé a saborearlo, a disfrutarlo sin pensar en nada más, sin pedir permiso, como una maleducada de cara buena.

 

Aquella tarde era miércoles y no me importaba que me vieran. Estaba perdida en un festín que nadie había preparado para mí, pero del que me apropié sin pena. Nosotras no sentimos pena, pensé, y me perdí otra vez, absorta.

 

Escuché un estruendo y me quedé inmóvil, asustada, concentrada en lo que estaría pasando. Todo eso transcurrió, en orden estricto, en el mismo tiempo que dura un parpadeo.

 

No comprendo. ¿He perdido a caso la razón?

 

Quiero hacer lo mismo de siempre. No puedo. Simplemente no puedo.

 

_______ o_______

 

¿CÓMO LLEGAMOS A ESTO?

La pobre mosca murió el miércoles 18 de marzo de 2015 y su proceso de descomposición fue muy lento. Una mañana amaneció en pedazos. No había más que ver.

 

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Texto y fotografías por Javier Quintero

Sobre el autor

Javier Quintero es periodista. Nació el año de 1980 en Ciudad Obregón, estudió en Hermosillo y a falta de oportunidades emigró a la Ciudad de México en 2014. Ganador del Primer Premio Nacional de Periodismo en Salud 2003 por el reportaje “Ingreso del virus del Nilo a Sonora”.

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