La ciudad maquillada


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Hermosillo, Sonora.-

De una u otra forma, a todos nos gusta estar en buenos lugares, saborear una rica comida o un café en un buen restaurante, en un centro comercial o en una avenida importante de la ciudad. Aunque no es sólo el servicio lo que pagamos, también el estatus del sitio. Lo anterior es debido a la necesidad de enmarcar el sitio en que estuvimos, acompañados de tal persona, como un indicador de (buen) estilo de vida y (buen) gusto, gusto que en las urbes se ha homogenizado debido al empuje de los desarrollos inmobiliarios conducidos por el capital privado. Con dicha referencia podemos sugerir que a partir de la arquitectura (pos)moderna, en nuestra ciudad se cambiaron los fines sociales -entendidos como bienestar común- por la venta de estatus a través de la apropiación de espacios públicos por la iniciativa privada, que así orientó una suerte de remedio al imaginario del miedo.

Pero, ¿qué entiendo aquí como privatización de espacios públicos? Es la auto segregación residencial que se lleva a cabo mediante el cierre de calles realizado por los propios habitantes. Dicho fenómeno inicia con la arquitectura actual acompañada con el urbanismo (pos) moderno, la cual surgió a raíz de la ciudad neoliberal. Un ejemplo de ello son los suburbios de las ciudades norteamericanas, difundidos con fuerza en los años de la segunda posguerra, luego cercados por razones de seguridad. En los años 90 este modelo urbano llega a América Latina y con ello la exclusión y la polarización social, como es el caso de Hermosillo, donde sus formas de organización espacial han sido transformadas por la proliferación de proyectos inmobiliarios cerrados y controlados por dispositivos de seguridad privada, los cuales se estratifican de acuerdo con los sectores sociales a los que están destinados.

A partir de proyectos urbanos privados se difunden proyectos arquitectónicos blindados, así como el cierre de áreas urbanas anteriormente abiertas, como si fuera una moda. Han surgido complejos urbanos multifuncionales que se construyen lejos del espacio urbano tradicional, como viene siendo el complejo del boulevard Morelos al norte de nuestra ciudad.

 

Pero la privatización del espacio público no es únicamente una forma de protegerse frente a la inseguridad creciente, como se vendió en sus inicios ante el crecimiento desmedido de las ciudades en los años 80´s por las migraciones que se dieron del campo a la ciudad, debido al desarrollo de las maquilas, la cuales impulsaron una dinámica compleja en las ciudades. Sino atrás de estas formas de privatización urbana se maneja el mensaje exclusivo de la “gente bien” para diferenciarse del entorno tradicional de “la ciudad antigua” y distinguirse como “gente moderna” ante los otros.

Dichos lugares cerrados promueven un estilo de vida con características específicas para dar status, antes exclusivo de la élite, ahora también demandadas por la clase media, dándose con ello la imitación de estilos de vida y glamour a partir de los complejos urbanos, igual que sucede con la ropa. Quiero decir con ello que las ciudades chicas copian de las grandes ciudades sus estilos urbanos para acercarse a ellas, en este caso la clase media hermosillense tiene una inclinación a copiar el estilo urbano de Tucson, Arizona, debido también a la relación fronteriza.

Un ejemplo de ello, los jóvenes de Hermosillo que han ido a estudiar a Tucson o alguna otra ciudad de Arizona contagian su imaginario de lo moderno, “lo gringo”, olvidándose algunos de ellos de su identidad y de las lógicas espaciales de su ciudad natal con sentido histórico. Al igual sucede con las personas que van y compran allá, las cuales son miles de hermosillenses que en cada puente pasan “al otro lado” para hacer sus compras. Después de hacer esos viajes lo que queda es una comparación de su ciudad con aquélla y se termina pensando en querer vivir en una con organización espacial tipo “gringa”. Tales gustos de una u otra forma se hacen realidad a través de nuestro imaginario, el cual se concreta en hechos, como es el caso de Hermosillo y su nuevo urbanismo.

Mural en el downtown de Tucson, Arizona. Fotografía de Mario Ezra, tomada ayer 24 de junio de 2019

Retrato en mural del centro de Hermosillo. Fotografía de Benjamín Alonso, tomada el 17 de noviembre de 2017

Si sucediera lo contrario a lo dicho arriba, se podría haber elegido resaltar la identidad de la ciudad a través de un diseño acorde al entorno natural e histórico, sumando a ello las vivencias de la ciudadanía, ya que ella hace sus lógicas espaciales ricas de significados de pertenencia. De esa forma es como se hacen las simbologías de los lugares. Constituyéndose así la ciudad con elementos propios como es Hermosillo, los cuales podría haberse potencializado en lo arquitectónico. Todo especialista y profesionista sensible en la materia sabe de ello.

Fue un error que lo hayan ignorado y evadido tal conocimiento. Se fueron por lo fácil: lo maquillado. Y enterraron todos los significados urbanos que han sido sellados a través del correr de los años en cada una de sus calles y parques, a lo extranjero. 

Para esta reflexión retomo la calle Serdán, Parque Madero, Cerro de la Campana. Jardín Juárez y bulevar Morelos para explicar las construcciones que se realizaron allí, las cuales revelan que no han partido de un buen proyecto urbanístico ni mucho menos de una rehabilitación y conservación del patrimonio. Más bien, lo que se hizo fue maquillar la calle para ajustarse a los lineamentos urbanísticos y decretos internacionales sobre cómo debe ser una ciudad para ser vendida al exterior y atraer inversionistas. Ya que una ciudad con buena imagen convence más fácilmente para la inversión de empresarios extranjeros. Ante tal necesidad, el gobierno local optó por una decisión fácil para cumplir con una agenda de promesas gubernamentales y para convencer que en esta ciudad se está logrando el cambio (positivo).

Por esta razón hago una crítica a los trabajos urbanos de la calle Serdán. La estructura física debe contar primeramente con un buen proyecto para construirse el escenario de la vida urbana y con ello obtener la calidad de vida. Dicho escenario debe poseer una imagen identificable, que sea legible, capaz de permanecer en la memoria de sus habitantes y de quienes la visiten, para esto debe ser atractiva y necesariamente bella; además ha de servir como instrumento de educación ética y estética. Y quienes manejan esta ciudad parecen no tener el sentido estético que ayude a transformar a la ciudad en la ciudad deseada. Lo que se está haciendo es sólo maquillarla: así como se maquilla a la chica para su fiesta de quince años que espera ansiosa, así sucede con nuestra ciudad. Los elementos para maquillar a la adolescente son la pintura, vestido, zapatos, el tocado en su cabeza, aretes, pulsos, anillos, todo lo necesario para verse grandiosa en su festejo, una fiesta que sólo durará unas cuantas horas, pero ella sabe que su imagen quedará en la memoria de los invitados. Lo mismo sucede con la ciudad de Hermosillo, se maquilla para atraer a los inversionistas estadounidenses, pero el maquillaje durará muy corto tiempo.

He recorrido la calle Serdán cámara en mano para registrar todos esos elementos del maquillaje, como la tabla roca. En esta calle existen varios edificios modernos, otros de principios del siglo XX y unos más de arquitectura de franquicias, como el Woolworth. No hay definición clara de ordenamiento de edificios, es una mezcolanza de todo tipo de arquitectura, sin un orden estético.

Está claro que se maquillaron edificios. Por ejemplo, a los edificios conocidos como arquitectura moderna no se les restauró, sólo los pintaron, es decir, le pasaron la brochita para aparentar reconstrucción. Todo con el fin de ofrecer una imagen que no corresponde con la arquitectura que se inició años atrás de donde se partió para construir el centro de la ciudad.

Parque Madero, el cual era un lugar abierto con fácil acceso donde diversos grupos sociales se mezclaban sin interferirse entre sí. Por ejemplo, muy temprano, a eso de las seis de la mañana, se alcanzaba a ver algunos indigentes levantándose después de haber descansado en ese suelo público que ellos tienen como derecho ciudadano y humano. Ellos sabían que ese lugar no era de ellos, sino comunitario, que podían hacer uso de él dentro de un horario establecido por la comunidad, ya que después de las siete de la mañana se utiliza como espacio para la recreación y socialización en general.

Tal parque ha desaparecido al igual que su dinámica social. Hoy vemos un parque cerrado y de cemento en la mayor parte del área edificada, con ausencia en el diseño de jardines. Desaparecieron los caminos de tierra color rojo ladrillo y con ellos el olor a tierra mojada. El anterior escenario natural y libre se cambió por uno de concreto. Para colmo, la única fuente de agua que tiene está cercada por una valla metálica y no se alcanza a comprender su función: ¿es para proteger a las personas y niños de la fuente o es para proteger a la fuente de las personas? El mensaje es transmitido a través de una funcionalidad poco clara al tiempo que han sido desalojados los indigentes que recurrían al parque a descansar y protegerse de la noche. El parque se ha fragmentado.

El siguiente espacio público a señalar es el Cerro de la Campana, el cual también fue remodelado, con ausencia de diseño de jardín optando por el concreto en toda su superficie con el fin de dar una imagen de limpieza y modernización. Como si esto fuera la mejor opción para definir el buen estilo que hoy se maneja en el diseño de las ciudades. Se ha ignorado la creatividad y lo que el entorno natural ofrece al imaginario arquitectónico interesado en ofrecer sensibilidad a través de los elementos espaciales y el buen diseño material. Con sensibilidad arquitectónica se habría permitido a los ciudadanos identificarse con el lugar de su niñez y luego éstos transmitir un sentido de pertenencia a sus hijos y posteriores nietos.

En esta dirección es como se conjugaría lo simbólico y la expresión cultural. Surgirían así particularidades que identificarían como única a la sociedad local gracias al grado de pertenencia que desde tiempo atrás puede lograr un lugar sobre la comunidad. Se incrementaría así el aprendizaje de la vida en las calles y en esos lugares al aceptar al otro que es diferente, y ante esa diferencia el desarrollo de nuestra intuición se potencia en saberes de protección. Aprendizaje que sólo se realiza a través de la relación que mantenemos con aquéllos diferentes a nosotros. Lejos de inclinarse por lo anterior, el gobierno decidió privatizar para “proteger” a ciertos grupos sociales de “los otros”. Y se “limpia” la ciudad de los indigentes, tal sucede en el parque Madero y en el Cerro de la Campana. Como si la ciudadanía no tuviera autonomía de decisión. Crecer como sociedad madura se limita con esta “sobreprotección” gubernamental.

Limpieza (que levanta un polvaredón) por trabajador del ayuntamiento de Hermosillo en Plaza Hidalgo

El tercer espacio de la lista es el Jardín Juárez, también remodelado. Hay una diferencia, este espacio público tiene la característica de ser un espacio del dominio público a diferencia de los dos anteriores. En él se puede observar que hay encuentros de grupos sociales en la jornada diaria. En sus alrededores se encuentran desde adultos indigentes hasta boleros; por las tardes se ven familias al igual que jóvenes. Con la particularidad de que la fuente de éste no está cercado como en el Parque Madero. Así, los niños y sus padres se acercan a observar el agua y a escuchar el sonido que hace su fuente. Destaca un letrero donde se avisa que no se puede tocar el agua, ya que está tratada con químicos, mensaje funcional dirigido a comunicar y prevenir algún accidente. Dicho aviso es respetado. En este lugar se observa el sentido de pertenencia social. Este jardín no tiene que ver con el parque Madero y el Cerro de la Campana, ya que éstos son excluyentes, mientras el Jardín Juárez no. Con esto podemos decir que el tejido urbano se fractura. Por la segregación imaginaria que se encuentran entre ellos, con esto los objetivos de secuencia urbana hegemónica se reafirma más en la ciudad.

El Parque Madero y el Cerro de la Campana son ahora espacios elitistas porque están dentro de una lógica mercantil privada, a su vez ligada con el desarrollo arquitectónico que se ha construido a lo largo del boulevard Morelos, llamado por la autora “El nuevo Tucson”. Estos dos parques están ligados con la privatización del espacio impulsada por el gobierno con la creación de burbujas espaciales de consumo y desarrollo económico para un determinado grupo social. Lo mismo sirve para vender la ciudad como ciudad “moderna” a la inversión extranjera. Tal dinamismo social y espacial provocará deficiencias urbanas en un futuro.

La apariencia prevalece sobre la realidad. El encuentro del nosotros y los otros no entra en esa conjunción de la realidad, pero en esta sintonía se está entretejiendo la ciudad, es lo que está definiendo a Hermosillo: se están creando burbujas urbanas para mantener el control del otro. Esta dinámica urbana impedirá relacionarse con el otro, perderemos capacidad para aceptar la diversidad social y retrasaremos el proceso de maduración ciudadana que cuaja en la lucha por la igualdad en la calle. Estos obstáculos alimentan la fragmentación de oportunidades de vivir en una ciudad donde se ofrezca calidad de vida y tolerancia: lo ciudadano.

En pocas palabras, no se ha partido de un proyecto estético definido que resalte la identidad del lugar. Sino de justificar el hecho de que esta ciudad se está modernizando a través del gasto público. Y que tal remodelación obedece a un maquillado de bajo costo y simplista el cual traerá más gastos para las próximas generaciones, ya que la tendencia del mercado actual es que las ciudades entre a competir con otras para atraer inversión extranjera. La estética en esta ciudad no se asume como importante, el escenario urbano que desean nuestros gobiernos no está a la altura para competir con otras ciudades del país para atraer inversión y con ello el empleo. Una ciudad donde no se resalte la identidad a través de la estética es una ciudad de baja calidad de vida.

Hoy en día quienes están tomando decisión de lo que es nuestro, lo nacional, son constructoras y agencias de arquitectos de otro país que presentan modelos arquitectónicos simples e iguales a otras ciudades pequeñas como la nuestra. Convencidos nuestros gobiernos de que eso es la arquitectura actual, “lo moderno”, aceptan ese camino, ya que es más fácil y sin complicaciones de logísticas urbanas y de diseño. Por lo tanto, los complejos arquitectónicos del Morelos, “El nuevo Tucson”, el cierre del parque Madero, el del Cerro de la Campana y el maquillado del Centro es parte de un fenómeno global, el cual no es nuevo, pero hasta ahora nos llega a nosotros, aceptado por la ciudadanía como imitación y creencia de que eso es lo moderno y seguro.

Conclusión

El tema de la auto-segregación contribuye de manera importante a poner en tela de juicio la identidad misma de Hermosillo como entidad provista de elementos y significados propios por la ciudadanía. Lo cual nos debe llevar a reflexionar sobre el maquillado de edificios con tendencia extranjera que se está llevando a cabo en nuestra ciudad con el fin de repensar el urbanismo como el arte de vivir juntos mediado por la ciudad y los actores que contribuyen en su transformación. Con el fin de que se respete los significados urbanos que se han logrado a través del tiempo por sus ciudadanos. Y así lograr una sociedad con espacios públicos abiertos en donde se reafirme más la ciudadanía como sociedad madura que teje con su vivir diario lo urbano.

Por Yadira Sandoval

Fotografía de Benjamín Alonso



Acerca de

Hermosillense autoexiliada en el Gabacho. Fotógrafa y maestra en ciencias sociales por El Colegio de Sonora.


'La ciudad maquillada' 1 comentario

  1. julio 5, 2019 @ 2:42 am Anónimo

    Gracias por poner en palabras algo que muchos de nosotros percibimos, pero que no habíamos expresado tan certeramente. ¿Tiene HMO, salvación? La mayoría de sus habitantes que he conocido en mi vida, dicen que no. Y otros tantos arrojan rumores sobre todas las formas posibles en las que la ciudad se extinguirá dentro de 20, 30 años. No quiero sonar como lunático alarmista, pero creo que ese es el consenso general de quienes vivimos aquí: esta ciudad es un bote hundiéndose.

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