El taxi de la vida


Ciudad de México.-

Algunas anécdotas inolvidables me han sucedido en un taxi y muchas de las historias más increíbles me las ha contado algún taxista, hombre o mujer. Como aquella vez que mi esposo y yo abordamos un taxi (un vochito verde) en la Ciudad de México en un día lluvioso. Mientras estábamos atascados en el tráfico característico de esta ciudad, nos percatamos de que el taxista venía escuchando Opus 94, una estación de música clásica, y que parecía estar realmente compenetrado con una sinfonía (no recuerdo si de Brahms) y completamente ajeno a nuestra charla.

Cuando vimos que aquello no tenía para cuando, se nos ocurrió preguntarle si le gustaba la música clásica. Como si de pronto hubiese despertado de un largo sueño, nos contestó “me encanta”. Decidimos entablar plática con él y resultó ser no sólo un gran melómano y conocedor de los grandes compositores y directores, sino un hombre culto, cuyo lenguaje parecía más el de un académico que el de un taxista.

Le preguntamos su nombre y el apellido nos sorprendió. El nombre no lo recuerdo, pero se apellidaba List y era el hijo menor nada más y nada menos que de Germán List  Arzubide, el gran poeta estridentista quien peleó en la Revolución al lado de los carrancistas,  quien vivió cien años y a quien (seguramente por cuestiones políticas), no se le homenajeó hasta un año antes de morir. 

Al llegar por fin a nuestro destino, nos despedimos de nuestro querido taxista dándole toda clase de muestras de admiración y respeto no sólo por su padre, sino por ser él mismo una persona excepcional y deseamos con el alma volver a coger su taxi. Nunca más lo pudimos abordar. Tal vez haya sido un sueño. Reproduzco aquí un fragmento de uno de los poemas más conocidos de su pade:

tus adioses

solo rigen

en el eclipse de los panoramas

nos hundiremos en las riberas 

de la perspectiva

y nadie

hojeará mañana

nuestro nombre

Don Germán retratado por Rogelio Cuéllar

En otra ocasión, esta vez en Mexicali, tomé un taxi de la “línea” (así le decimos al paso fronterizo con Calexico) a mi casa. Hacía un calor horrible y yo iba cargada de bolsas de mandado. Eran aproximadamente las 3 de la tarde un día de julio. Esa hora donde no se ve ni un alma afuera y en la que, quienes pueden, duermen la siesta para reponer un poco de fuerza y volver al trabajo o a sus quehaceres diarios. El taxista debía tener unos 45 años, aunque las arrugas lo hacían ver mayor, delgado, quemado por el sol, aunque debió haber sido güero de niño. 

Me ayudó con las bolsas y en cuanto subí me ofreció un poco de agua embotellada que traía en una pequeña hielera. La acepté con gusto y le di las gracias. Le dije a dónde iba y quise pestañear un poco en el trayecto pues el calor me había agotado. Fue imposible. En cuanto pudo, sin dudarlo, comenzó a contarme su trágica vida.

-Mija, yo pisteaba mucho, perdido, valiendo madre, mija, pero nada de drogas, puro alcohol.

Yo no sabía qué decir y él seguía:

-Mira, ¿ves esto? (me mostró su brazo izquierdo y vi una cicatriz enorme desde la muñeca hasta el codo) Me filereó una morra porque no le capié, allá en el barrio, hace mucho.

Yo seguía sin saber qué decir y vi que tenía tatuado al sagrado corazón en el otro brazo. Se me ocurrió preguntarle si era creyente. Nunca lo hubiera hecho.

El hombre se detuvo, puso el carro en neutral y me extendió un folleto. Era de su iglesia. Un templo cristiano en la colonia Baja California, una de las más bravas de Mexicali. “Ahí está todo”, me dijo. Yo no entendí bien y luego:

-Ahí dice que los pobres son la sal de la tierra y que los pecadores que se arrepienten y retoman el buen camino serán salvos, que el que busca encuentra y que al que toca se le abrirá la puerta.

Reanudamos la marcha del carro. Intenté leer un poco el folleto pero el calor y el cansancio me lo impidieron. Retomamos el viaje y me puso un cassette con música cristiana mientras me decía “Yo andaba muy mal, mija”, “pisteaba mucho y me la llevaba de vago, era cholo, pues. Mi pobre jefita no se la acababa conmigo. Hasta que un día mi carnala me llevó a su iglesia allá en el gabacho, en Los Ángeles. Ahí conocí la palabra de Dios y me transformó. Y ahí mismo conocí a una gabacha y nos casamos. Tengo papeles y una morrita de tres años, nomás que me regresé a Chicali a cuidar a mi jefita que acaba de fallecer, en paz descanse”. 

Le di el pésame y le dije que lo sentía mucho. También le dije que qué bien que ya no tomara y que hubiera encontrado una razón para vivir Le pregunté cuándo pensaba volver con su familia a Estados Unidos y me dijo que pronto, nomás que vendiera el taxi. Al llegar a mi casa abrió la cajuela del taxi para bajar mis bolsas de mandado y alcancé a ver una hielera. Mientras le pagaba le deseé buena suerte y me dio un abrazo. Me quedé un rato viendo mientras se alejaba y vi que paró el taxi a unos cuantos metros de mi casa. Se bajó, abrió la cajuela y sacó un bote de Tecate de la hielera. Se me hizo agua la boca.

Pero de todas las anécdotas que tengo con los taxistas, la que más me gusta y que recuerdo con más cariño me sucedió en Hermosillo hace 20 años.  Recién habíamos llegado a vivir ahí mi esposo y yo después de cinco años en la Ciudad de México y luego de una huelga en la UNAM (donde él trabajaba y yo estudiaba) que se había prolongado por más de un año. De inmediato y gracias a la ayuda de amigos entrañables hallamos buen trabajo. Él en la universidad y yo en el Consejo Estatal Electoral (se avecinaban las elecciones del 2000). Al poco tiempo de haber llegado comencé a sentirme extraña físicamente. A media mañana en el trabajo sentía un hambre atroz y mucho sueño. Se lo atribuí al cambio de ciudad y de ritmo de vida.

Una tarde de principios de febrero (recuerdo el frío y el sol poniéndose como un hermoso incendio rosado) decidí visitar al médico. Cogí un taxi en la calle Reforma, en la colonia Centenario, y le pedí que me llevara al hospital CIMA. En cuanto subí el taxista me preguntó, como si fuéramos amigos de toda la vida, “¿qué pasó, mija?”, “¿tas enferma o qué?”, le dije que no, pero que sospechaba que estaba embarazada. Dejó de verme por el retrovisor, le bajó al volumen del radio y volteó con una sonrisa enorme que enseñó unos dientes manchados de nicotina y me dijo “¡hijoelachingada, qué suave!” “¿es el primero o qué?” Le respondí que sí y de inmediato preguntó, “¿ya sabe tu viejo, eh?”. Le dije que no, porque quería estar segura.

Llegamos al hospital y me dijo que me iba a esperar. Le dije que no era necesario, pero insistió, “no me voy a ir de aquí hasta saber si estás panzona”. Salí después de cuarenta minutos con un sobre con los resultados y el ultrasonido. Ahí estaba, pasándole un trapo a su taxi, escuchando a Creedence Clearwater Revival y fumándose un cigarro.

“¿Qué pasó, pues? ¿Sí o no?”, me vio la cara llena de lágrimas y gritó “¡Uta, qué chingón! ¡Se va poner bien contento tu viejo!” “Súbete, te voy a llevar gratis a tu casa, pero primero me voy a comprar una caguama y me la voy a tomar a tu salud. Nomás que me voy a quedar arriba del taxi afuera de tu casa porque quiero ver qué cara pone cuando le digas que estás panzona, ¿eh?” Llegamos a un OXXO y bajó un envase de caguama Tecate de la cajuela. Regresó con ella y con una caja de Marlboro .

Él fue el primero en enterarse de que yo estaba embarazada y también el primero en felicitarme y en celebrar de corazón, como sólo hacen quienes te quieren y conocen desde siempre. Como sólo pasa allá, en mi tierra, en el norte. Bajé del taxi y no quiso aceptar dinero. Ahí se quedó. Dejé abierta la puerta para que pudiera ver cuando le daba la noticia. En cuanto vio que nos abrazamos y lloramos y saltamos de alegría, se fue. Oí que encendió el motor de su viejo taxi, alcancé a ver su cigarro prendido en la mano izquierda y la otra diciéndome  adiós con una sonrisa. A lo lejos escuché su voz tarareando “Have You Ever Seen the Rain”.

Por Teresa de Jesús Padrón Benavides

Fotografía de bochito por Mercado Libre


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Acerca de

Originaria de Mexicali, avecindada en el DF, con casa en Hermosillo. Estudió las licenciaturas en Traducción en la UABC y en Letras Inglesas en la UNAM.


'El taxi de la vida' tiene 8 comentarios

  1. enero 6, 2020 @ 9:41 am Oscar Cedillo

    Que historias !!! narradas de manera perfecta, que te llevan como en montaña rusa cada una con su cúspide hermosamente planteada. Gracias por ésta fantástica lectura.

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  2. enero 6, 2020 @ 1:22 pm Elisa Macías

    Coincido, muy buena narración, muy ligera, muy clara, muy padre el tema de los taxistas de la vida, felicidades!

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  3. enero 6, 2020 @ 9:16 pm Cipriano Durazo Robles

    Me mantuve interesado leyendo el texto de principio a fin.

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  4. febrero 12, 2020 @ 1:22 pm Roman Yocupicio

    lei sin parpadear y esperando el final de cada anécdota…… se relata la bondad de la gente de Sonora.
    muy buena redacción! saludos!

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