Crónica de una tarde snuff


A los 27 años sigue habiendo primeras veces, incluso las que creíste nunca llegarían. La ventaja de tener 27 años y tener primeras veces es que ya logras evaluarlas, clasificarlas y decidir si a esa primera vez le seguirán otras. Era noviembre y empezaba mi prueba de un mes sin cerveza. Un amigo me invitó a una corrida de toros. Mi primera reacción fue negarme, decirle que no, que considero que es una pelea injusta entre dos seres vivos y ahí acababan mis razones. Aunque admito eran suficientes, decidí ir con él para no estar contra algo que nunca había vivido. Y así fue.

 

Mi amigo es un apasionado, está convencido de la unión familiar que vive alrededor de las corridas de toros, de la tradición, de la crianza de estos animales para el acto, su único fin en la vida. Son criados para ir al ruedo. Desde un principio le advertí que tendría que guiarme durante el proceso. Su paciencia fue amplia y volví a descubrir la pasión que tiene por esa actividad que algunos llaman deporte, pero como no me sumo a su idea, lo dejaré en actividad.

 

Me habla de las leyendas del toreo, del hombre español que practicaba a escondidas y lo descubrieron en varias ocasiones, lo que lo obligó a ensayar en las noches con la luz de la luna. Poético, ¿no? Me habló de los jueces, que son quienes como en la vida toman las decisiones: “Ellos deciden si el toro se ganó el derecho a vivir”, me dijo, como si el toro fuera una máquina luchando por una alma. Algo como Pinocho, un ente que tiene que comprobar su bravía, amenazar al torero, emocionar al público para seguir viviendo la vida que ya tiene.

 

Hasta ese momento yo no sabía que todos los toros morían, yo asumía que si los navajazos no lo habían destruido el toro podía salir de ahí. Pero no, en el toreo la bestia se tiene que ganar la vida que ya tiene. Ese día en Guadalajara hubo seis toros, todos murieron. Los toreros, dos mexicanos y uno español, salieron ilesos y con orejas de sus compañeros toros como trofeos.

 

Cuando salió el primero empezó de verdad el juego: el toro ingresa y la gente se vuelve loca. Luego llegan los hombres en caballo con lanzas que dejan una distancia segura entre cuadrúpedos; ellos pican en varias ocasiones al toro con el pretexto de hacerlo sangrar y que el animal no muera de un infarto, porque si el toro muere antes no habría diversión, ¿no?

 

Después el matador, siempre rodeado de sus Sanchos para que no le pase nada, encaja en el animal las agujas gigantes con moños y a cada picada un «¡Ole!». Queda el toro con los recuerdos -esas varitas de colores en el lomo- colgándole del pellejo.

 

Tres toreros y las escenas fueron similares. Con ciertos toques de arrogancia, algunos se arrodillaban frente al toro, otros también menos precavidos se volteaban. “¿Hoy no me toca ver que le encajen el cuerno a uno?”, pregunto, y mi amigo me dice que no haga esas preguntas en voz alta. No ahí.

 

Esas horas de snuff animal fueron las de mi primera vez. Hasta entonces, yo en mi inocencia pensaba que el torero se enfrentaba al toro solo, pero no: el hombre en el traje brillante tiene ayuda, y no sólo de sus armas, sino de otros hombres, quienes a su vez tienen otras armas, como ya he descrito. Lo curioso es que al final el triunfador es el hombre del traje brillante. Por valiente.

 

Me dijo mi amigo que: “No hay muerte más digna para un animal que esto, porque peleó por la vida, luchó por ella y porque en el ruedo siempre se le midió como igual y al hombre se le midió por la valentía del toro, por su bravura”. Yo difiero, pero entonces: ¿qué sería del torero sin el toro?

 

De mi primera vez en los toros aprendí que no quiero volver a los toros, que lo único que valdría la pena es verlos uno a uno: solos, cuernos contra brazos, bravura contra bravura, midiendo lo que cada uno tiene, sin más, pero bueno: ¿qué sería del torero contra el toro?

 

* Comparto estas letras a sabiendas de lo que socialmente implica admitir en público haber ido a una corrida de toros. No me justifico. La curiosidad me arrastró, no lo volveré a hacer. Y esto no es una promesa y ni un “disculpen”. Sólo es.

 

**Recordatorio del editor.

El término snuff alude a grabaciones videográficas de escenas reales (o pretendidamente reales) de violencia extrema «con la finalidad de distribuirlas comercialmente para entretenimiento» (Wikipedia dixit).

 

Texto y fotografía por Perla J. Noriega

la buena



Acerca de

Perla Noriega nació en Hermosillo, ahí estudió periodismo y no acabó Letras. En la Universidad de Guadalajara cursó la Maestría en Ciencias Sociales. Gusta del humor negro.


'Crónica de una tarde snuff' tiene 11 comentarios

  1. febrero 17, 2016 @ 12:03 pm Carlos Mal

    Me recordó a un cómic que hice y que levantó mucho polvo y me hizo merecedor de un montón de vituperios. Buena crónica.

    http://pre06.deviantart.net/1b97/th/pre/i/2013/214/1/3/torero_by_thecarlosmal-d6gcsn2.jpg

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    • febrero 17, 2016 @ 4:25 pm Perla J. Noriega

      Gracias. Y algo así como tu cómic no sería tan injusto, pero quizá igual de innecesario.

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  2. febrero 17, 2016 @ 3:04 pm Astrid

    Me gusta leerte, se va rápido por lo ameno del texto. Gracias por describir ese «deporte» y por reafirmar lo injusto (innecesario) del enfrentamiento.

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    • febrero 17, 2016 @ 4:27 pm Perla J. Noriega

      Muchas gracias. No sé si te has encontrado ante la necesidad de describir algo que viviste y te impactó. Algo así.

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  3. febrero 17, 2016 @ 3:48 pm Luis

    Nada mas triste que contar una verdad a medias y usar calificativos sarcásticos para tratar de desvirtuar algo, la demagogia antitaurina sólo se basa en falsedades e interpretaciones a su conveniencia. Y sólo una aclaración que mentes cerradas no entienden, el toro es el rey de la fiesta, el centro del espectáculo, no el torero.
    Olé

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    • febrero 17, 2016 @ 4:30 pm Perla J. Noriega

      Válido, también.
      Habemos quienes no entendemos esas alabanzas a la realeza.

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    • febrero 18, 2016 @ 4:19 pm Sergi

      Luis… qué osadía la tuya la de tratar de defender una fiesta IRREFUTABLEMENTE sangrienta, violenta, y cruel con sutilezas acerca del estilo literario del contertulio… Eso está en otro plano de realidad que el del sarcasmo. Yo le llamo brutalidad primitiva y ciega.

      ¿Que los que detestamos tal «estremecedor espectáculo de sangre» podemos no estar viendo alguna sutil y exquisita razón para cambiar de opinión respecto al mismo? Tal vez… pero en todo caso, por favor, la próxima vez ayúdanos a ver la «verdad» con argumentos de peso, no con retórica demagógica. Es curioso que fueras tú quien acusó de demagogia a otros. En tu «defensa» del polémico espectáculo tan solo hiciste notar algo que es obvio: que el toro es el centro del espectáculo. ¿Eso lo legitima? … si no aclaras mejor ese punto no veo ninguna legitimación en ello, es tan solo una afirmación por otra parte difícilmente negable.

      En fin, que como la mayoría de cosas absurdas de la vida, la gente las sostiene así, sin más… porqué es «lo natural», lo de «toda la vida», o lo «auténtico»… Me vas a disculpar lo sarcástico, pero amigo, estamos aún esperando alguna razón de peso para respetar la legitimidad de un espectáculo como ése.

      Buenas tardes, y espero tu reposada respuesta. Tal vez, después de 40 años habiendo crecido en España (aunque ahora resido desde hace 10 en Hermosillo) entienda lo que nunca he entendido. Un saludo!

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  4. febrero 17, 2016 @ 6:40 pm Inés

    Agradezco que la gráfica de tus letras no me salpique. La lectura fue suave como vino alemán aunque la memoria sea la irremediable que se encarga del snuff. Me pregunto qué pasará con las segundas veces

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    • febrero 18, 2016 @ 12:20 pm Perla J. Noriega

      De mi parte, no creo haya segundas veces. Esa pregunta será para otros.

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      • febrero 18, 2016 @ 9:53 pm Ines

        Las segundas veces, las que no quedan en primeras…las que continúan por convicción. (no la fiesta brava) 😉

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  5. septiembre 1, 2016 @ 1:43 pm Crónica de una tarde snuff | pjnoriega

    […] (Publicado en Crónica Sonora). […]

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