Desde 2013 me he desempeñado como docente en un programa federal de la Secretaría de Cultura que por más de veinte años ha generado una participación ciudadana sin parangón en todo el país, integrando a los miembros de la sociedad civil de todos los sectores en un ejercicio de transformación de sus entornos inmediatos a través de la promoción de la lectura y el arte, desde el entendimiento de que solo los esfuerzos compartidos, focalizados, realizados con compromiso y apegados a una visión de anhelo emanada desde la comunidad pueden fortalecer desde adentro la vida democrática, facilitando en principio el acceso a la literatura, al arte, a nuestros relatos y ritos, y promoviendo así un diálogo ciudadano fraterno, horizontal, que detona necesariamente una serie de acciones que nos impactan de manera positiva.

Me he desempeñado también como docente y promotor de lectura en el estado, y tallerista de literatura para niños y jóvenes. En este camino, en mi contacto con voluntarios de todo el país, con hombres y mujeres de todas las edades y todos los espectros socioeconómicos, que realizan un verdadero ejercicio de gestión y promoción cultural desde Yucatán hasta la Península de Baja California, he aprendido que la política pública en materia de cultura, para impactar positiva y verdaderamente la vida del ciudadano, debe estar orientada desde las propias dinámicas de la comunidad y debe promover la participación voluntaria de quienes vivimos, hacemos, gestionamos, acervamos y pensamos la cultura, es decir, todas y todos nosotros.

Trabajando con las comunidades he comprendido que cuando la ciudadanía participa activamente en la política cultural, lo que emerge es un desarrollo animado por la autogestión y por el conocimiento real de las necesidades de cada sector en el que los ciudadanos ponen lo mejor de sí para impactar a sus comunidades. En Hermosillo, quienes vivimos y hacemos la cultura, quienes bregamos en ella, es decir todos y todas las ciudadanas, necesitamos es una política que integre de manera efectiva los múltiples ejes que componen el «vivir en comunidad»; hablo de integrar a la sociedad civil y a la iniciativa privada, a los artistas y a los trabajadores de la maquila, a quienes se dedican a un oficio y a los intelectuales, a los académicos, a los estudiantes,  al peatón, al marchante, al padre de familia y a las amas de casa, a las madres y sus hijos, en la ejecución de acciones afirmativas bien coordinadas y que partan en principio de una visión de anhelo humanista, horizontal, sensible, compleja y abarcadora, de un proyecto que nos contemple a todos.

Desarrollar un programa cultural para el municipio de Hermosillo para la próxima administración municipal exigirá que quienes participan en la planeación y ejecución de proyectos, en la asignación de partidas presupuestales, etc., se planteen una visión de anhelo que, en principio, les permita representarse el Hermosillo que deseamos los ciudadanos, y en función de esta imagen ideal se finquen metas y prioridades. Sin lugar a dudas esta visión de anhelo debe estar sustentada en un conocimiento sensible del entorno, de nuestro contexto e historia, de los distintos sectores que componen la ciudad,  un mapeo previo de Hermosillo que permita reconocer las necesidades y los problemas más acuciantes de los distintos sectores,  y plantear en ese sentido acciones que incidan en nuestro desarrollo a través de un programa de largo aliento que contemple todas las colonias, desde estación Zamora hasta el Poblado Miguel Alemán, desde los cinturones de pobreza que crecen en las periferias de la ciudad hasta las colonias donde habitan las clases económicamente más privilegiadas, orientados por objetivos claros que nos permitan medir nuestros esfuerzos.

Porque la cultura no es, per se, la realización de un festival, o una serie de exposiciones fotográficas,  o un concurso de bel canto; por el contrario, la cultura es todo aquello que se encuentra implicado en nuestra identidad como pueblo y como comunidad, nuestra forma de entender el mundo, de disponernos para los alimentos o para velar a nuestros muertos, nuestros valores, nuestras ansiedades compartidas, nuestra visión de comunidad y los ritos y discursos que le dan sustancia, nuestros proyectos, las tribus urbanas, los discursos de las minirías étnicas o sexo-genéricas, el modo en que, como vecinos, dialogamos unos con otros, etc., nuestras maneras de ser y estar y de relacionarnos con el entorno; sirva para ilustrar este punto la definición de cultura de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, que a la letra dice como sigue:

La cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias y  la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden.

En ese sentido, los verdaderos indicadores de una política cultural efectiva deben articularse en el eje del desarrollo humano, nuestro propio desarrollo como hermosillenses. Ello implica un cambio de paradigma, es decir, un nuevo modo de entender la cultura como el quehacer humano en sus múltiples dimensiones y que parte del principio de comunidad, de eso que en palabra de Elena Socarrás[1] es «algo que va más allá de una localización geográfica, es un conglomerado humano con un cierto sentido de pertenencia. Es, pues, historia común, intereses compartidos, realidad espiritual y física, costumbres, hábitos, normas, símbolos, códigos, etc.».

No será poca cosa definir quién estará al frente del programa de desarrollo cultural del cabildo en los próximos tres años, y cabría preguntarse con mucha seriedad cuál es el perfil más idóneo que desde el IMCA puede impulsar y coordinar una política cultural incluyente que se convierta en un verdadero motor para la transformación de nuestra ciudad y de nuestro municipio, y creo que la palabra clave en este sentido es el diálogo, una herramienta para reconocernos partícipes de nuestras problemáticas pero también de las soluciones que podemos encontrar de manera conjunta. Y apelando a esta herramienta, simple motor de la civilización y condición sine qua non de la democracia, me dirijo a usted para realizar una petición que sin duda hallará muchos ecos y a la que estoy seguro se sumarán muchas voces, y esta es, sin más preámbulos, la realización de un foro público, como se ha realizado en diversos municipios en el país, que nos permita a todos exponer de manera ordenada cuáles son las prioridades y las emergencias que constatamos en el terreno cultural en nuestra comunidad, una palestra, un ágora al estilo griego en que reflexionemos ordenadamente sobre el rumbo que es necesario tomar en el rubro de la cultura, un diálogo que sume pareceres e inquietudes pero también voluntades comprometidas a colaborar en esta cuarta transformación, desde la calle y desde la casa, desde el espacio abierto de la plaza pública y el espacio cerrado de nuestros comedores domésticos, desde el teatro y el aula, desde el pequeño comercio y la galería emergente, desde la invasión en la periferia y desde el centro comercial, desde el corazón de la ciudad que se encuentra en cada ciudadano.

¿Qué otra cosa podemos pensar por democracia sino la posibilidad de asentir o disentir en igualdad de condiciones, y buscar a través del diálogo las mejores soluciones a nuestros dilemas compartidos? Hacer una política elevada y virtuosa, como resultado de un ejercicio democrático, implica necesariamente recuperar el sentido del vocablo, es decir, recordar que la Politiké techné es el arte propio de los ciudadanos, es un arte social, el de vivir en conjunto, en comunidad y tomar las decisiones que nos competen, como pudimos ver con gran alegría este primero de julio.

Con pesadumbre recibimos las noticias de que una decisión tan trascendental se hará a puertas cerradas, y se especula que hay negociaciones de por medio, que el puesto del IMCA ya está comprometido, o que es un estímulo, una prenda de agradecimiento para tal o cual personaje, o que la designación obedece a ciertos nexos familiares. La cultura es la piel y es el corazón de la ciudad, es lo que vemos a simple vista y lo que late en la profundidad de quienes somos, ¿cómo no estar profundamente preocupados por las decisiones que marcarán el rumbo del municipio en los próximos 3 años?

Desde esta voz, que es solamente una entre muchas otras, yo apelo a su vocación democrática, y le solicito como ciudadano que quienes tengan la voluntad y el deseo de servir a Hermosillo se presenten y expongan en un encuentro abierto, dialógico, horizontal, cuáles son esas visiones ideales del Hermosillo que deseamos construir con todos nosotros en los próximos tres años. Queremos saber cuáles serían los programas y las estrategias que nos impulsarán hacia la tan anhelada paz social, que transformarán nuestros indicadores de desarrollo y nos convertirán en un municipio en el que se vive con tranquilidad y calidad de vida, que creo es, al fin, la aspiración de todo gobernante virtuoso y de quienes le hemos elegido.

Le reitero a usted mi compromiso ciudadano para este trienio a punto de comenzar.

Reciba un saludo cordial, y mis mejores deseos.

[1] En “Participación, cultura y comunidad”, en Linares Fleites, Cecilia, Pedro Emilio Moras Puig y Bisel Rivero Baxter (compiladores): La participación. Diálogo y debate en el contexto cubano. La Habana. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, p. 173 – 180.

Omar Bravo

Maestro en Humanidades y licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora

Hermosillo, Sonora. 15 de septiembre de 2018

[1] En “Participación, cultura y comunidad”, en Linares Fleites, Cecilia, Pedro Emilio Moras Puig y Bisel Rivero Baxter (compiladores): La participación. Diálogo y debate en el contexto cubano. La Habana. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, p. 173 – 180.

En portada, «Pájaros en el alambre», fotografía de Benjamín Alonso

Sobre el autor

Escritor

También te puede gustar:

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *