Anotaciones (secretas) sobre el ocioso ejercicio de la memoria


Dos cosas hay para hacer este domingo:

1.- Leer esta magistral pieza de Baldemar de los Llanos (íntimo de Joel García), y 2.- Comentarla al calor de la Gran Posada Crónica Sonora 2016.

Nada más, nada menos


I

Dicen que los viajes y los veranos lo cambian todo. Y en ocasiones es verdad. Sobre todo cuando eres adolescente y tiendes a sobredimensionar la realidad a cada rato. Ese verano del 96’ el destino me tomó por sorpresa. Lo acepto, no estaba preparado para la andanada de bizarras experiencias que estaban a punto de sucederme. Tan sólo tenía 15 años y lo único que me interesaba en esos días -en los que  practicaba con mucho éxito el exquisito ejercicio de la contemplación- era:

 

1.- Que no se me terminaran nunca las baterías del Walkman que me había regalado papá la navidad anterior

2.- Llegar a casa a encender el viejo televisor marca “zonda” y ver MTV

3.- Jugar baloncesto y videojuegos

4.-Masturbarme cada vez que iba al cuarto de baño

 

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Era feliz llevando ese estilo de vida frugal, y era consciente de ello. Pero de alguna manera intuía que, muy pronto, esa entrañable etapa de mi vida encontraría su final.

 

Les decía.

 

Por esos días mis preocupaciones oscilaban entre querer ser el mejor jugador de baloncesto en la historia de la secundaria donde cursaba el segundo año, y en contemplar con religiosidad mi programa favorito: Conexión MTV. Su conductor, Arturo Hernández, me despertaba sensaciones extrañas. A tal grado que en una ocasión lo llegué a topar por casualidad en la estación del metro Chapultepec y lo seguí varias calles hasta que se metió en un edificio de apartamentos.  Arturo llevaba una soberbia patineta Santa Cruz (no cualquiera reconocía a lo lejos una San-ta-Cruz) y al salir del metro se trepó en ella y me fue imposible mantenerle el paso. Pero fue genial ver a mi ídolo en persona. Duré varios días pensando en nuestro azaroso encuentro.

 

Recuerdo que Arturo iba enfundado en una chamarra de cuero negro y portaba un par de Vans Old School del mismo color. Esa misma noche al llegar a casa -aún con la emoción en el rostro por haber visto a Arturo-, le urgí a papá a que me comprara una patineta para mi siguiente cumpleaños, igual a la de mi ídolo de televisión. Por supuesto que la patineta nunca llegó.

 

Tengo que confesar que lo que experimentaba cada tarde recostado en aquel destartalado sofá de casa, al ver en la televisión a un chico “cool” hablar sobre música alternativa y presentarme a enormísimas bandas que, invariablemente, terminarían por influenciarme, era algo muy cercano a la atracción. O tal vez era la idealización que uno hace en la adolescencia sobre los otros, o sobre ciertas personas a las que uno admira. O no lo sé, tal vez estuve cerca de reconocerme ligeramente gay o bisexual. Honestamente no lo tengo muy claro. Los recuerdos de esa lejana edad son cada vez más brumosos. Además, como buen adolescente que era, me encontraba inmerso en una etapa de definiciones. Ahora lo entiendo. Digamos que mi identidad sexual estaba en tránsito y en construcción.

 

De lo que no tengo la menor duda es que esos días del verano del 96’ fueron extrañamente gloriosos.

 

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II

Mariana, a pesar de ser un par de meses menor que yo, contaba ya con varios encuentros sexuales en su haber.

 

-Me gustan los chicos malos y mayores que yo. -Me confesó una vez que caminábamos por Eje Central

 

De igual forma, en el vecindario todos sabíamos que a Mariana la había desvirgado “el Frisky”, un tipo que se hacía pasar por su mejor amigo y le daba clases de guitarra. Eso era lo que ambos decían cuando los veíamos entrar en casa de él un par de veces por semana. Aunque curiosamente nunca les vimos tocar o cargar dicho instrumento.

 

El Frisky era mayor que mis amigos y yo;  se ganó nuestro respeto el día que nos enteramos que tenía varios años practicando taekwondo, y que por tanto era  capaz de lanzar al aire unas patadas voladoras con las que fácilmente podía arrancarte la cabeza. Desde el momento en que supimos de su habilidad en ese arte marcial, decidimos evitar cualquier posible confrontación con ese sujeto de rostro afilado y mirada siniestra.

 

Pero vayamos a Mariana.

 

Mariana era hija de la clase media venida a menos por el “error de diciembre” de 1994, error que mandó  a la bancarrota a varios millares de mexicanos (¿se acuerdan?). Era una niña bien educada, de exquisitos modales. Cursaba clases de francés, sabía tocar el piano y jugaba ajedrez. Poseía todo un lindo estuche de habilidades. Usaba vestidos color pastel que por lo regular olían delicioso. Sus ojos eran increíblemente claros y podían desarmarme con facilidad en una mirada. Su cabello era largo y claro, sus labios carnosos, sus piernas largas y sus muslos de capitana porrista de La Salle. Le gustaba leer libros de ciencia ficción y fue ella quien me prestó una de mis primeras lecturas de temática adolescente.

 

El padre de Mariana era catedrático de la facultad de Física de la UNAM, a quien alguna ocasión le escuché decir –estúpidamente- palabras más, palabras menos, que “no había que confiar en algo que sangrara poco más de cuatro días continuos y no se muriera”. Tiempo después comprendí atónito y con completo desagrado a lo que se refería el viejo asqueroso. El tipo estaba completamente chiflado, como todos los físicos.

 

Su madre, una señora de cuarentaypico años, era ama de casa y dueña de una figura que era imposible ignorar. Por las tardes, Doña Katy salía a caminar para ejercitarse por las calles del vecindario enfundada en unos breves shorts de mezclilla deslavada con barbitas. Cada vez que lo hacía todos experimentábamos –incluido mi padre y los papás de mis amigos- cómo el tiempo se paralizaba, el viento paraba de soplar, el agua dejaba de correr, los pájaros se petrificaban, los autos se detenían por completo, y todo sucedía como en cámara lenta. Nadie, absolutamente nadie, se perdía aquél increíble espectáculo de ver pasar a Doña Katy por las calles del vecindario. La señora era poseedora de una cola MO-NU-MEN-TAL. Y le gustaba lucirla. Y a todos nos fascinaba observarla. Fue a Doña Katy -y no a Mariana- a quien le dediqué mis primeras y tímidas estimulaciones sexuales.

 

Mariana era sagrada para mí, no le podía hacer esa vulgaridad. Papá siempre me había instruido en ser un caballero educado con las niñas.

 

Esa tarde de verano del 96′ la chica de mis sueños llamó a la puerta de casa con el pretexto de regresarme unos videojuegos que días atrás le había prestado. Ella, al igual que yo, estaba colgada del Zelda y de otros videojuegos que ya no recuerdo. La invité a pasar y nos sentamos en el sofá de la sala para ver televisión sin ver en realidad. Con la mirada perdida. En ese momento lo único que pasaba por  mi cabeza eran los labios carnosos y recién pintados de mi invitada. Y en cómo sería mi estrategia para tratar de acercarme a ellos. Por su parte, Mariana -que estaba cómodamente instalada del lado izquierdo del sofá- me dijo una frase que me desconcertó por completo.

 

-No recordaba lo cómodo que es tu sofá.

 

Asumí que me estaba jugando una broma, porque estaba seguro que ella jamás había entrado a mi casa, por lo que dejé pasar su extraño comentario. El televisor proyectaba la miniserie The Wonder Years. A mí me gustaba Winnie Cooper y me identificaba con el personaje perdedor de Paul Pfeiffer. Pfeiffer me recordaba a mí mismo y a mi gris existencia.

 

Para mi buena suerte, mis padres no estaban en casa ese día. Habían salido de vacaciones a la playa. Era la primera vez que me dejaban a cargo del hogar. Claro, no sin antes darme mil y un indicaciones sobre las cosas que debía y no debía hacer mientras ellos estuvieran ausentes. No quisieron llevarme porque iban en plan de reconciliación.

 

Papá, un gris abogado burócrata de medio pelo, acababa de regresar a casa después de varios meses de vivir en el exilio forzado debido a que mi madre, de oficio secretaria y vendedora incansable de Tupperwarelo había corrido de casa porque descubrió que sostenía una relación carnal con una compañera de oficina.

 

Lamentablemente, aún lo recuerdo con pasmosa claridad, me tocó ser testigo de la desaforada discusión donde mi madre le pidió que se fuera de casa. Le reprochó con furia su eterna promiscuidad -no era la primera vez que lo descubría con otra mujer- y la relación adúltera que estaba sosteniendo secretamente, y al parecer desde hacía varios meses, con esa “grandísima puta” de su oficina.

 

-¡Lo volviste a hacer! ¡Te odio! ¡¡Jamás vuelvas a poner un pie en esta casa, hijodeputaaa!!- Le gritaba enloquecida.

 

Nunca había visto tan histérica a mi madre como aquel día. Qué va. Ni tampoco estaba enterado de las palabras tan hirientes e insultantes que podían salir de su boca cuando estaba desquiciada. Ay, mi madre, pobrecita. Era increíble cuán histérica se ponía. Pero amaba a mi padre.

 

Y desde que fui testigo de ese crudo episodio de género doméstico fue que empecé a dimensionar las consecuencias de las bajas pasiones en la vida adulta. Después de todo, presenciar aquella escena dantesca entre mis padres fue algo aleccionador.

 

En cambio, la reacción de papá ante aquella delirante discusión fue más bien parca y ligeramente cínica. Se limitó a negarlo todo y a decir que lo sentía, que no era lo que mamá creía, que se tranquilizara, que su compañera de trabajo era solamente su amiga, mientras agachaba la cabeza y empezaba a empacar sus cosas y a asumir las consecuencias de su lujuria.

 

Vaya actitud tan extraña e indiferente la de mi padre. Nunca olvidaré la forma en que agachó su mirada y movió la cabeza de un lado a otro como cuando alguien se sabe perdido y con la certeza de que algo se ha ido a la mierda y ya no tiene remedio. Hasta la fecha no he conocido a otro sujeto como papá, que asuma tan bien una derrota. Se veía tan entero enfundado en su derrota marital.

 

Pero regresemos a Mariana y a mí.

 

Cuando pasamos a mi habitación para buscar sus videojuegos la noté ligeramente nerviosa, como que le temblaba la voz al hablar y tropezaba juguetonamente con algunas palabras. Nos sentamos en el suelo frente a la consola de Nintendo -la intención era jugar un rato al Zelda- cuando reparé en la brevedad de la prenda de mi hermosa invitada. Mariana portaba un diminuto vestido azul pastel que momentos antes yo no había advertido, pero que al estar tumbados en el suelo se le recorrió casi hasta el triángulo de la vicisitud. Y entonces sucedió.

 

En mi defensa tengo que decir que luché con todas mis fuerzas para comportarme como un caballero, y en realidad me esforcé sobremanera para que mis ojos no se posaran sobre la púber entrepierna de Mariana. Y mientras lo hacía, no dejaba de pensar en papá. En cómo él -muy seguramente- se habría sabido comportar a la altura de una situación similar. Estaba seguro que mi padre jamás se habría dejado vencer por el deseo. Pero me fue imposible, y la imagen de papá en mi cabeza siendo un caballero educado no funcionó. La entrepierna de Mariana era demasiado ponderosa para mí. Me derrotó.

 

-Estoy acabado. Soy un barbaján y de aquí en adelante siempre lo seré.- Me repetía a mí mismo mientras contemplaba atónito los diminutos calzones a rayas de mi invitada.

 

No dejaba de pensar en lo irreal de todo aquello. ¡Estaba con Mariana! ¡Mi morrita del amor en mi habitación! No entendía qué había hecho bien para merecerlo.

 

Me sudaban las manos y sentía cómo la emoción se me acumulaba en la boca del estómago. Sentí miedo. Incluso me pasó por la cabeza salir corriendo y abandonar a Mariana. Yo era primerizo en el tema de las chicas. Jamás había estado a solas con una mujer. Pero de pronto y contra todo pronóstico, mi racionalidad y mi incipiente hombría se hicieron manifiestas y empecé a dimensionar el potencial de aquella escena para acabar con la infame maldición que cargaba desde el día en que nací y que pedía a gritos ser finiquitada de una vez por todas. Al fin había llegado el momento de desvirgarme.

 

-Es ahora o nunca.- Pensé.

 

 

Sobrevino un largo silencio incómodo que duró varios minutos en el que Mariana y yo nos quedamos congelados. Fue el tiempo suficiente para imaginar la forma de sus senos y en cómo se sentirían éstos al tacto de mi mano. O en el aroma que éstos emanarían al posar mi nariz sobre ellos. No sabía qué hacer ni qué decir. Nunca había estado en una situación remotamente similar.

 

Nerviosamente, encendí la consola y el pequeño televisor marca Mitsubishi, pero el videojuego se atascó en la consola, las manos me temblaban y yo no podía resolverlo, desatascarlo.

 

En eso, Mariana con voz suave me invitó a que dejara de insistir con los aparatos.

 

-Abandona eso, ven aquí. -Me dijo, muy segura de sí misma.

 

Seguidamente tomó mi mano derecha y mirándome a los ojos con aquella mirada que me desarmaba me lanzó la pregunta más insólita y sorprendente que jamás alguien me había lanzado:

 

-¿Te la puedo mamar?

 

Pero en seguida Mariana corrigió su lúbrica proposición y levantando sus virginales cejas me dijo categórica:

 

-Te la puedo chupar todo el tiempo que quieras pero no me puedes penetrar por la vagina, porque mi vagina le pertenece a tu padre.

 

Por Baldemar de los Llanos

Fotografía de Alejandro Pereira

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Acerca de

Vio la primera luz en Huatabampo, Sonora, el año de 1980. Es matemático del lenguaje por la Oregon State University. Ha investigado temas tan dispares como el fundamentalismo ideológico como estrategia de vida en el mundo contemporáneo, o los efectos colaterales de la posverdad en asentamientos humanos alienados. Asegura que en una ocasión casi conoció a David Foster Wallace, mientras hacia fila en un Walmart de Tucson, Arizona. Actualmente radica en Lisboa donde dirige una revista especializada en aves y frutos salvajes.


'Anotaciones (secretas) sobre el ocioso ejercicio de la memoria' tiene 3 comentarios

  1. diciembre 6, 2016 @ 5:57 pm Magaly Vasquez

    Me encantó, es fascinante de principio a fin. No pude evitar pensar en Carlitos de José Emilio Pacheco y sus Batallas en el Desierto. Felicidades, creo que es momento de leer más crónica y cuentos de los épicos noventas, también fue época y una época genial. 🙂

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  2. diciembre 6, 2016 @ 6:41 pm Julia Corral Villegas

    Me encantó tu prosa. Un estilo muy particular, simpático y ameno de narrar. Pero, sobre todo, me encantó ese giro que le da el final a la historia. Me pregunto cuál sería la reacción del caballerito puberto ante tremenda declaracion/invitacion de la jovencita jajaja

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  3. octubre 9, 2017 @ 6:35 pm Jorge Chapa

    Buena historia, confieso que desde que Mariana te dijo: «No recordaba lo cómodo de este sofá» (letras más letras menos) supe con quién había estado y que habían hecho.

    Responder


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